CAPÍTULO 2 #3
Por descontado, que mi padre, tal y como había aconsejado el buen agente, reparó las marcas que la cómoda había dejado en el suelo al haber sido arrastrada para disimular en zulo.
E hizo tan buen trabajo que esta vez nadie llegó a sospechar.
Ni tan siquiera cuando unos inoportunos parientes vinieron a visitarnos por las fiestas de San Jorge y se autoinvitaron a pasar la noche en el cuarto de invitados, durmiendo a tan solo un metro de distancia de donde mi tío Delfín estaba pasando sus meses de martirio.
En una ocasión en la que mi tío se aventuró a pasear por la finca en una noche de luna llena fue cuando lo vio mi hermano Javier.
Se había levantado al baño en mitad de la noche y, al regresar a la habitación que compartía con mi otro hermano Alberto, se asomó a la ventana.
Había escuchado un ruido fuera. El crujir de una rama tal vez y sintió curiosidad por lo que podría ser.
Su ventana daba al gallinero y quizás imaginó que un lobo habría bajado de las montañas para darse un festín vespertino.
El caso es que nada habría ocurrido de haber sido cualquier estación del año menos el verano, porque dormíamos con las contras de las ventanas cerradas.
Pero aquella noche estival hacía mucho calor y, a pesar de lo molesto de los mosquitos, los chicos habían capitulado a la canícula en detrimento de ser picoteados por un ejército de insectos.
Mi hermano se asomó a la ventana y dirigió su aguda vista hacia el que suponía el origen del ruido.
En aquel mismo instante, mi tío caminaba bajo un árbol y la mala fortuna quiso que un rayo de luna se colara entre las ramas, iluminando su rostro.
Mi hermano pegó un chillido y saltó a su cama a taparse hasta arriba, temeroso de que hubiera visto al hombre del saco.
Alberto se despertó con el grito y molesto, preguntó qué ocurría.
—¿Se puede saber qué te pasa ahora? Ya te dijo mamá que no comieras chorizo a la cena, que luego tenías pesadillas.
—No ha sido una pesadilla. Es que he visto un hombre paseando por la finca.
—Pues sería papá. Hace mucho calor y habrá salido a tomar el fresco —protestó Alberto.
—Ni fresco ni leches. Y no se parecía nada a papá. Era más alto y llevaba un sombrero, como el hombre del saco.
—Vale, perfecto. Ahora ya sé que ha sido una pesadilla… Anda, duérmete otra vez y deja de dar el coñazo. Con este calor me va a costar un torrezno volver a quedarme dormido, papán.
Mi hermano Javier no quedó nada convencido y no pegó ojo en toda la noche. Aguardó a que Alberto empezase a roncar para cerrar la ventana y meter el pasador. Si el hombre del saco venía a por él, al menos se lo iba a poner difícil.
La experiencia habría quedado en tan solo un susto para Javier de no haber sido porque al día siguiente, mientras vigilaba a las vacas en el pasto, un vecino curioso se acercó a hablar con él.
—¿Cómo estás, Javieriño? Parece que hoy te ha tocado a ti sacar las vacas.
—Sí, señor Rogelio. Mis hermanas están ayudando a mamá en la casa y Alberto con mi padre en los campos.
El hombre, ocioso y relajado, decidió continuar el parloteo. Era un buen amigo de la familia pues su mujer era prima segunda de mi madre y por navidades siempre nos regalaba una tableta de turrón que le traían en tren de estraperlo desde Barcelona.
—Menudas ojeras tienes hoy, muchacho. Se ve que el calor no te ha dejado dormir bien.
—No ha sido el calor, señor Rogelio. Es que he visto un hombre en la noche paseando entre los frutales y me ha parecido el hombre del saco.
En este punto del relato, he de aclarar que el señor Rogelio, como miembro de la familia, estaba enterado de la situación con mi tío Delfín.
Además, un hermano suyo, que había sido militante del partido comunista, era el compañero de zulo de mi tío.
Y como no podía ser de otro modo, su cara se puso de todos los colores.
Si había alguien cuya indiscreción era difícil de controlar era la de un niño pequeño y si éste, como mi hermano, era inseguro y todavía temeroso del hombre del saco, todavía más…
Y así es como el señor Rogelio decidió averiguar algo más antes de sacar la artillería pesada. Quería saber hasta qué punto sería capaz mi hermano Javier de “cantar” la situación vivida a un extraño.
—¿Y cómo era ese hombre que viste?
—Llevaba un sombrero y era más alto que mi padre. La luz de la luna le dio de lleno en la cara y se parecía a mi tío, el que se fue a Cuba, sólo que, con la barba muy larga, como la de un mendigo.
—¿Te refieres a Delfín?
—Sí, ese.
Ya no le cabía duda al señor Rogelio de lo seria de la situación y no le quedó más remedio que asustar a Javier a un nivel tal, que ni por un momento se le ocurriera confesar a nadie lo que había ocurrido aquella noche.
—Escúchame bien, Javieriño. ¿Tengo tu atención? —preguntó el señor Rogelio solemnemente.
—Claro que sí, señor —contestó mi hermano, que no entendía porque aquel hombre se había puesto de repente tan serio con él.
—Tienes que prometerme que nunca contarás a nadie lo que has visto. Sabes que estamos en guerra y que hay muchos hombres malos por ahí sueltos.
La cara de mi hermano comenzó a palidecer al empezar a entender por dónde iban a ir los tiros…
—Si alguien se entera de que has visto un hombre en la finca por la noche, la guardia civil enviará a varios agentes a tu casa para llevarse a interrogar a tu papá y a tu mamá. Y si eso pasa…
—¿Qué pasa, señor Rogelio? —preguntó mi hermano a punto de romper a llorar.
No sabía que, con tan solo haber visto un hombre por la noche, había puesto en peligro las vidas de sus padres.
Lo que sí entendía era que la guerra estaba siendo dura y salvaje y que mucha gente había muerto en circunstancias mucho más misteriosas.
—Pues que, si se los llevan a interrogar, es muy probable que nunca más los vuelvas a ver y que tú y tus hermanos tengáis que crecer solos como huérfanos.
Mi hermano rompió a llorar y se abrazó al señor Rogelio pidiendo perdón por algo de lo que no tenía culpa alguna.
El buen hombre sintió una punzada en el corazón por haber asustado a Javier de una forma tan cruel, pero lo reconfortó el saber que la estratagema tendría efecto.
Al fin y al cabo, era una situación de vida o muerte en la que su hermano, compañero de prisión de mi tío Delfín, también estaba implicado.
Por descontado, mi hermano Javier jamás volvió a abrir la boca sobre lo que había visto, y ni siquiera se lo contó a mis padres.
Sólo años más tarde, adultos y con mi tío ya fallecido, se atrevió a confesarme un día lo que había ocurrido mientras tomábamos un café en el pueblo y es por ello que puedo dejarlo hoy día negro sobre blanco en las páginas de éste mi diario…
El trece de agosto de mil novecientos cuarenta y uno, mi tío Delfín salió al fin de su escondite.
Mi abuela era una mujer de recursos y la influencia de su origen noble se había hecho notar.
A través de un amigo de la familia había hecho desaparecer de los archivos de la guardia civil el expediente de mi tío.
Con su historial comunista borrado y la guerra ya finalizada, no tenía ya que temer y finalmente él y su compañero de zulo pudieron salir.
Me consta que antes de presentarse de nuevo en sociedad mi madre se ocupó de que se asearan y les dio a ambos un buen afeitado.
Para poder llevar a cabo la tarea con tranquilidad, mi padre nos llevó al pueblo.
Era fiesta en La Estrada y nos había prometido comprarnos un pato de colores a cada uno en el puesto de los gitanos.
Cuando regresamos a casa, mi tío Delfín nos esperaba.
Llevaba un traje nuevo y olía a perfume y desinfectante.
Tenía las manos llenas de eccemas y ronchas y el rostro plagado de cortes por el afeitado.
Su delgadez era extrema y no porque mamá no se hubiera ocupado de alimentarlo bien.
La ansiedad del encierro, la certeza de que cada día podría ser el último y la proximidad de la muerte habían hecho mella en su apetito y, durante las semanas previas a su liberación había dejado de comer más que lo mínimo y necesario para no caer en shock fruto de la inanición.
El cerebro humano era por entonces un misterio y lo sigue siendo hoy día.
La razón que impulsa a un ser humano a dejarse morir lentamente, el porqué la desesperación se somatiza de un modo tan virulento que puede llevar incluso a la muerte es algo que jamás entenderá una mente luchadora como la mía.
Una conducta autodestructiva con la que muchos años más tarde tendría que volver a lidiar en un ser muy querido para mí… tal vez el que más.
Sus ojos reflejaban la tristeza de un hombre que acababa de pasar los últimos años de su vida atrapado en un agujero de dos por dos metros, sabedor de que cada día que pasaba en aquel horrible encierro podría ser el último para él.
La experiencia había sido horrible, traumática, demoledora para el carácter, la personalidad y la estabilidad mental de cualquier ser humano y, tanto él como su compañero de zulo, sólo habían podido sobrellevarlo gracias a un veneno que terminaría siendo su perdición.
Los largos días y noches enclaustrado, apestando a sudor, devorado por las arañas, se habían hecho más cortos gracias al alcohol.
Y es que, por suerte o desgracia, el pasadizo que mi padre había construido con su ayuda y que conducía desde el zulo al exterior de la casa, terminaba en la bodega, justo detrás de los barriles de vino casero que reposaban tras la vendimia.
Por las noches, mi tío y su compañero de encierro se arrastraban a través de los muros de la casa por el estrecho pasaje hasta la bodega y usaban un único mugroso vaso de vidrio para apaciguar la congoja de su espíritu y poder llevar así su indefinido aislamiento.