La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

​ Y así fue como tan sólo un par de meses después de haber empezado y justo el día antes de que se publicara la orden de búsqueda de mi tío Delfín, el zulo y el pasadizo hacia el exterior, estuvieron terminados.

Durante esos dos meses, mi madre dejó de trabajar en los campos y los jornaleros que cosechaban para nosotros en las numerosas fincas que tenía la familia en propiedad quedaron a cargo de mi abuela Graciela.

La razón era que mamá no quería quitarnos ojo y nos vigilaba para que no entráramos en la casa mientras los hombres trabajaban.

​ Para poder compaginar sus tareas en el taller mecánico con la obra, papá pidió trabajar durante ese par de meses sólo en turno de mañana, poniendo como excusa que tenía que cuidar de mamá porque había enfermado.

La consiguiente reducción de sueldo, en cualquier caso, fue de sobra equilibrada con el dinero que mis tíos enviaban desde Cuba, aunque lo que ellos jamás pudieron compensar fueron los callos en las manos de mi padre y el que acabara las noches tan cansado que al día siguiente le era casi imposible levantarse de cama.

​ El día en que la misma pareja de la Guardia Civil que había venido a buscar a mi padre apareció a buscar a mi tío Delfín, él ya se había ocultado en el zulo.

Lo cierto es que habían hecho muy buen trabajo.

El escondrijo estaba oculto tras la cómoda del cuarto de invitados, nada más subir las escaleras hacia las habitaciones, a mano derecha.

Consistía en un estrecho habitáculo de cuatro metros cuadrados y un metro de alto, al que se accedía por una portezuela oculta tras la cómoda.

En la parte trasera del escondite, habían construido una trampilla que llevaba a un estrecho pasadizo por el que había que deslizarse a rastras.

Éste conducía a una portezuela que daba a la bodega, justo detrás de los barriles de vino que papá almacenaba tras la vendimia.

​ Había sido una complicada obra de ingeniería, llevada a cabo en tiempo récord, principalmente gracias al talento y trabajo duro de mi padre y en la que mi tío Delfín permanecería escondido durante los cuatro largos años que duró la guerra.

Al menos al principio, pues más tarde lo acompañaría en el refugio un vecino amigo de la familia y que también había sido perseguido por los falangistas.

​ —¿No vendrán ustedes otra vez a buscar a Jesús? —preguntó mi abuela Graciela que había salido al portal a recibir a la pareja de la Guardia Civil—. Ese problema ya está solucionado.

​ —En absoluto, señora Graciela. El malentendido con su yerno está resuelto —contestó respetuosamente el mayor de los agentes, muy cambiado desde la última vez que lo había visto.

Estaba más delgado y se había afeitado el bigote.

Por las afiladas líneas de su rostro y las ojeras, se diría que estaba pasando por una grave enfermedad.

​ —¿En qué puedo ayudarles entonces, agentes? —indagó inocentemente mi abuela con la intención de dilatar al máximo la visita y dar tiempo a mi tío a acomodarse en silencio en su escondrijo.

​ —Esta vez venimos a buscar a su hijo Delfín.

Lamento que las cosas sean así, pero nosotros sólo cumplimos órdenes —la extremada educación y delicadeza del agente daba a entender que las influencias de nuestro dentista iban más allá del cuerpo de la falange local y que a los guardias civiles les había caído una buena reprimenda cuando hacía meses habían venido a llevarse a mi padre.

​ —Pues creo que no van a tener suerte esta vez. Mi hijo partió en barco de regreso a Cuba hace dos días —mintió con deliberada calma mi abuela, que estaba bordando su papel.

​ —Qué extraño —contestó contrariado el agente—. No consta en nuestros informes que haya partido a ningún lugar. ¿Le importaría si echamos un vistazo?

​ Mi abuela, segura del buen trabajo que su yerno había hecho con el zulo, no tenía intención de impedir a los guardias que entraran a inspeccionar su casa, pero tampoco quería ponérselo fácil.

​ —No creo que sea necesario —contestó—. Si es a mi hijo a quien vienen a buscar, en casa no lo encontrarán.

​ —Son las órdenes que tenemos, señora. Si nos permite entrar por las buenas, creo que todos saldríamos ganando. De lo contrario, lo haremos igualmente por las malas —interrumpió el más joven de los guardias, que comenzaba a impacientarse.

​ —Está bien, pasen y les prepararé un café mientras revisan la casa. Si así se quedan más tranquilos.

​ Tal y como había ocurrido en su anterior visita, mi padre aquel día no estaba en casa pues por primera vez en dos meses le tocaba turno completo en el taller.

No obstante, mi madre esta vez sí que estaba, y su temple no era tan recio como el de mi abuela Graciela.

Cuando los guardias entraron en la cocina y la vieron con el rostro tan pálido como el mármol y las manos húmedas y temblorosas, supieron al instante que aquellas mujeres les ocultaban algo.

​ Los agentes se repartieron el trabajo.

El primero inspeccionó el piso de abajo y el mayor subió respetuosamente a las habitaciones, acompañado por mi abuela.

Todos los cuartos estaban vacíos. Los cinco hermanos jugábamos en la finca a escalar los árboles frutales y recoger membrillo y peras para hacer dulce, así que en casa sólo estaban en aquel momento mi madre y mi abuela.

​ Como no podía ser de otro modo, el más joven, no encontró nada en el piso de abajo, pero el mayor de los agentes, un hombre muy perspicaz, curtido en mil registros, vio algo en el último de los cuartos que le tocaba revisar; el de invitados.

Había comenzado por el resto de las habitaciones y se había dejado la más cercana a las escaleras para el final.

Conforme avanzaba en su registro, mi abuela se ponía más y más nerviosa al comprobar la minuciosidad con la que el agente hacía su trabajo y para cuando llegaron a la habitación de invitados, estaba tan pálida y nerviosa como lo había estado mi madre.

La vida de su hijo estaba en juego, al fin y al cabo y en manos de un hombre que parecía saber muy bien lo que se hacía.

​ —Esta cómoda parece haber sido movida recientemente —apuntó el agente nada más entrar en el cuarto de invitados.

​ —No sé a qué se refiere. Siempre ha estado ahí colocada —mintió mi abuela.

​ —¿Y esas marcas en el suelo? ¿A qué se deben? Parece como si alguien la hubiera arrastrado desde el otro extremo de la habitación para ocultar algo.

​ Mi abuela se puso tan nerviosa que a punto estuvo de tener un ataque de ansiedad y echar todo por tierra, pero el saber que la vida de su hijo pequeño estaba en juego la hizo recomponerse y contestó con voz trémula.

​ —Le digo que la cómoda siempre ha estado ahí —acertó a balbucear.

​ —¿Qué pasa aquí? ¿Has encontrado algo? —preguntó el guardia más joven que, inoportuno, entró en el cuarto en aquel delicado instante—. Abajo no he encontrado nada. ¿Te falta mucho aquí? Recuerda que vamos justos de tiempo hoy. Todavía tenemos que visitar cuatro casas más.

​ El mayor de los guardias civiles se quedó mirando a mi abuela con expresión muy seria, intentando escudriñar en sus ojos la respuesta que buscaba, pero ella, valiente y decidida, no llegó a apartar la mirada…

Al agente le habría bastado empujar la cómoda para descubrir el zulo y lo cierto es que parecía estar convencido de que ella ocultaba algo, pero el caso es que desistió en su empeño y, tomando del brazo a su compañero, lo invitó a continuar su camino.

​ —Venga, vamos, tienes razón. Aquí no hay nada y todavía nos queda mucho trabajo por delante.

​ Los agentes bajaron las escaleras y se despidieron de mi abuela y de mi madre.

​ —Muchas gracias por su hospitalidad, señoras. Vamos muy justos de tiempo hoy y tenemos que irnos. Y quédese tranquila por su hijo —añadió el mayor de los agentes— Dejaré nota en su expediente de que ha regresado a Cuba y no volverán a molestarla.

​ —Gracias a ustedes y que tengan un buen día —contestó mi abuela.

​ Cuando cruzaban el portal que daba a la carretera, el guardia civil al mando se giró de nuevo hacia mi madre y mi abuela para soltar una frase que ellas jamás olvidarían… una frase acompañada de un guiño de ojo…

​ —Por cierto, señora Graciela. Yo le diría a su marido que arreglen el suelo del cuarto de invitados. Esas marcas que ha dejado la cómoda no son nada estéticas y cualquiera que entrara podría sospechar de ellas.

​ El comentario las dejó sin palabras, ya que era el reconocimiento tácito de que sabía que tras aquella cómoda ellas ocultaban algo, pero no había querido denunciarlo.

Por qué aquel buen hombre tomó la decisión de salvar la vida, no sólo de mi tío, sino también de mi padre por cómplice, es algo que nunca supimos.

Era hijo de guardias civiles y nuestra familia jamás había tomado contacto con la suya, pero su conducta había sido el claro ejemplo de que todavía quedaba gente buena y sensata en aquella España de locos.

Buenos seres humanos que ni creían en la guerra ni en ningún otro tipo de conflicto fratricida, promovido por políticos caraduras que veían en el litigio una oportunidad de llenar sus bolsillos a costa de las toneladas de sangre que los españoles iban a derramar con dolor, tanto en campos de batalla como en paredones o cunetas.

​ La guerra fue larga y dura. Treinta y tres largos meses en los que lucharon hermanos contra hermanos y padres contra hijos. Una guerra en la que muy pocos creían y que tiñó de rojo los campos, otrora fértiles, de una España que ahora lloraría sus muertos durante décadas.

​ Mi tío Delfín pasó esos treinta y tres interminables meses, y alguno más, oculto en aquel estrecho y húmedo zulo de dos por dos metros durante el día, saliendo sólo un par de horas en las noches sin luna a estirar las piernas, entumecidas por haber estado encogidas tantas horas.