CAPÍTULO 2
EL TÍO DELFÍN
M i tío Delfín era el menor de los cuatro hermanos de mi madre. Era un hombre fuerte y extremadamente inteligente, características que mi familia jamás pasó por alto. Es por ello que quisieron darle la formación académica que sus trabajadores hermanos no habían tenido la fortuna de recibir.
Así es como, cuando cumplió dieciséis años, mis tres tíos, que se habían instalado en Cuba y tenían sus vidas allí formadas, lo reclamaron.
La despedida de mi tío fue muy triste, según me contaba mi abuela Graciela, ya que era su hijo más pequeño y el favorito.
No había salido tan formal y trabajador como sus hermanos, pero su inteligencia era tan prodigiosa que había destacado en el colegio desde muy temprana edad.
Era todo alegría y espontaneidad… Ese muchacho que toda madre desea tener, aunque, sabe que será un adulto díscolo y le traerá problemas.
Nada más llegar a Cuba, mis tíos lo matricularon en un instituto privado para que pudiera sacarse el bachillerato.
Para ellos supuso un considerable esfuerzo económico.
Mamá llegó a contarme que se habían peleado porque a José, el hermano mediano, le parecía un gasto superfluo habiendo colegios más económicos para continuar los estudios del muchacho.
No obstante, prevaleció el criterio de Manolo, el mayor de todos, y finalmente mi tío Delfín pudo cursar el bachillerato con excelentes notas en el instituto más caro de La Habana.
Acabado el Bachillerato, Delfín continuó sus estudios en la Universidad de los Jesuitas, terminando en poco tiempo la carrera de contable como uno de los primeros de su promoción.
Por delante tenía un futuro prometedor y no tardó en encontrar trabajo.
Todos estaban muy orgullosos de él. El primer miembro de la familia en conseguir un título universitario y lo había hecho con mérito.
Su primer trabajo fue en una notaría en La Habana.
Allí no tardó en destacar y ascender de puesto hasta convertirse en la mano derecha del notario.
Mi tío Manolo no podía sentirse más feliz por haber perseverado en la decisión de proporcionarle la oportunidad de estudiar a su hermanito, no obstante, pronto su alegría se convirtió en tristeza.
Delfín echaba de menos España y, a pesar de que tenía por delante una brillante carrera como contable en Cuba, había crecido muy apegado a mi madre y notaba en falta la sencillez de la vida del campo.
Manolo no fue el único al que le rompieron el corazón cuando Delfín quiso regresar a España.
Se había enamorado de una preciosa muchacha, bajita, morena y de ojos verdes que no daba un solo paso sin saber antes cuáles daría mi tío para poder seguirlo.
No obstante, el peso de la “morriña” era demasiado fuerte.
Mi tío echaba de menos su tierra y ni tan siquiera el amor iba a poder construir un muro lo suficientemente alto como para impedirle atravesar de nuevo el océano.
Y así fue como regresó a España en los años previos a la guerra civil, tiempos difíciles de convulsión política en el que los muchachos como él encontrarían terreno abonado para manifestarse partidarios de uno u otro bando, justificándose con frases vacías extraídas de libros escritos por fanáticos.
Delfín pronto encontró trabajo en una gestoría.
Un joven como él, con una carrera de contable y experiencia en una notaría en Cuba, era un empleado tentador y, a pesar de que no ganaba tanto dinero como en las américas, se apañaba bastante bien.
Vivía con nosotros en la aldea y a día de cobro, lo primero que hacía era darle a mi madre la mitad del dinero y quedarse él la otra mitad.
El conocer cuál de los factores de su vida fue el que provocó el inicio de su declive sería muy complejo.
Tal vez fuera la suma de todos ellos… Un joven inteligente e impulsivo, con fuertes convicciones políticas de izquierdas, sin cargas familiares y con dinero disponible para gastarlo en la taberna del pueblo…
De haber nacido en la capital o en cualquier otra zona partidaria de la República, ciertamente mi tío habría encontrado la oportunidad de medrar, incluso dentro del ejército rojo.
No abundaban los jóvenes como él, altos, bien parecidos, con desparpajo, extremadamente inteligentes y con carácter, además de una sobresaliente formación universitaria.
Sin embargo, mi tío estaba en zona Nacional cuando estalló la guerra y no tardó en convertirse en prófugo de la justicia.
Sus arengas Republicanas, a pie de taburete en la taberna y con algunos vasos de vino Ribeiro encima, habían provocado que fuera bien conocido en la zona por sus inclinaciones políticas y, en tiempos de guerra, era firme candidato para encarcelar, o algo mucho peor. ..
Es por ello que, un día cuando mi padre regresaba de su trabajo en el pueblo, mi madre tuvo una conversación con él que me relataría muchos años más tarde.
—Jesús, tenemos que hablar —le dijo nada más llegar a casa.
—Pero, Concha, tengo que ir a recoger la hierba para los animales.
—Déjalo estar y subamos a la habitación. Ya se lo he pedido a los jornaleros. Tú y yo tenemos que conversar de algo muy importante.
En este punto he de hacer un alto en el relato para decir que en todos los años en los que viví en la casa de aldea con mis padres, jamás los vi discutir.
Y estoy seguro de que, como todos los matrimonios, tenían sus problemas y desavenencias.
Además, mi madre era una mujer de carácter fuerte que no se dejaba amilanar.
No obstante, siempre supieron mantener a sus hijos al margen y cuando había que hablar de algo importante, una mirada entre ellos bastaba para subir a su habitación a charlar.
—Jesús, tenemos que esconder a Delfín.
Así de tajante fue mi madre en su introducción.
No había más que hablar y la decisión era inapelable.
Ya estaba tomada y había sido acordada en connivencia con mi abuela Graciela y con el propio Delfín, que había recibido de un amigo con muy buenos contactos el soplo de que la Guardia Civil estaba a punto de emitir una orden de busca y captura contra él…
Y más no necesitaba saber. Una vez que lo trincaran, en una época tan convulsa, sabía perfectamente en dónde iban a acabar sus huesos.
Mi padre, adivinó en los ojos de su mujer que la decisión era firme y aunque tomarla suponía poner en riesgo a toda la familia por culpa de su cuñado y sus indiscreciones, la acató sin pestañear.
En el fondo, él mismo había sido perseguido hacía poco y como era un hombre muy bueno, su agudizado sentido de la empatía le permitía saber que su cuñado estaba aterrorizado.
La contestación de mi padre fue igual de rotunda que lo había sido la exigencia de mi madre.
—Temía que algo así iba a salir, Concha. Por mi parte no hay inconveniente. Esta misma noche dibujaré un boceto de un zulo en el piso de arriba y un túnel para comunicarlo con el exterior.
Sin más palabras, mamá lo abrazó. Después, se separó de él y lo miró fijamente a los bonitos ojos verdes que heredó mi hermano pequeño Fernando y le dijo algo que él jamás olvidaría.
—Eres un buen hombre, Jesús. No te merezco.
Mis padres bajaron de su habitación media hora más tarde. Los dos traían una sonrisa en los labios y mi madre estaba un poco despeinada, con la horquilla cambiada de lado. Mi hermana Lucinda y yo, que éramos aún unas niñas inocentes, pero que de tontas no teníamos un pelo, nos miramos.
—Papá y mamá se han estado dando besos —le espeté a mi hermana.
—Sí, seguro que han estado jugando a los papás —contestó ella.
La abuela Graciela había preparado la cena. Una de las últimas que recuerdo en la que mi tío Delfín compartió mesa con nosotros y que terminó tal y como lo hacían la mayoría de las veladas en mi casa; con mi padre cantando y todos sus hijos haciéndole coro.
De dónde le vino a papá la afición por la música, es algo que nunca llegué a saber, pero me consta que cantaba los domingos en el coro de la iglesia con su voz varonil y profunda y no porque fuera especialmente religioso, sino para al menos tener la oportunidad de dar rienda suelta a su afición favorita en algún lugar.
Se conocía de principio a fin la mayoría de las zarzuelas más populares, así que las sobremesas tras las cenas en familia solían comenzar con un solo por su parte y continuaban con mi hermana Lucinda y yo haciéndole los coros.
Luego se unían al grupo mis hermanos varones, mientras la mayor, Raquel, se quedaba al calor de la lumbre jugando a las cartas con mi madre pues, para ser justos, su voz no era tan armoniosa como las nuestras…
De papá no sólo recuerdo su afición por la música o el baile y las hermosas veladas en familia.
También era un hombre con un cerebro privilegiado.
Cada vez que llegaba a su taller un nuevo modelo de camión o autobús, era a él a quien encargaban repararlo.
Le bastaban un par de horas leyendo el manual de taller del vehículo para hacerse con los procesos de sustitución de las piezas estropeadas.
No obstante, destacaba en otros muchos campos del conocimiento, a pesar de no haber tenido estudios superiores.
Su padre había fallecido cuando él todavía era muy joven y se había tenido que poner a trabajar para ayudar a mantener a su familia.
Esta desafortunada circunstancia había hecho perder al mundo una prodigiosa mente matemática.
Aquella misma noche, cuando todos, incluida mi madre se metieron en cama, mi padre se quedó despierto a la mesa de la cocina con un trozo de papel y un lápiz y, a la luz tenue de una vela, dibujó el boceto del escondrijo de mi tío Delfín con tal precisión, que cuando ambos se pusieron manos a la obra a construirlo, no podían dar crédito a lo cercanos a la realidad que habían sido los cálculos.