CAPÍTULO 1 #3
Los dos hombres, decididos, caminaron hacia la puerta de la cocina sin esperarse que justo antes de cruzarla, mi abuela, convertida en un tren de mercancías, iba a pasar a su lado interponiéndose en su camino.
—¡No vais a llevaros a Jesús! —gritó mi abuela.
—Vaya, parece que se han terminado las bromas, señora —replicó uno de los agentes—. Entonces sí que vive un Jesús en esta casa, ¿no es así?
—Así se llama el marido de mi hija, pero no os lo vais a llevar —contestó mi abuela algo más calmada. Parecía como si por arte de magia hubiera recuperado la compostura y con ella los modales que su origen noble requerían.
—Lamento decirle que sí nos lo vamos a llevar, señora. Tenemos órdenes y estoy decidido a cumplirlas.
—¡PUES SI SE LLEVAN A ESE HOMbrE, QUE ES COMO MI HIJO, ME VAN A TENER QUE LLEVAR A MÍ Y A ESTAS CRIATURAS!
La abuela gritó esta última frase señalándonos a nosotras y a mis hermanos, que jugaban en la finca y habían salido al corral al escuchar la discusión. A continuación, nos reunió a todos y nos interpuso como una barricada delante de la autoridad que, viéndose impotente, reculó dos pasos.
—Vamos a ver, señora. Como no nos entregue a Jesús ahora mismo, le aseguro que esto se va a poner muy feo.
—Mi papá no está —interrumpió Lucinda, que estaba muy asustada y quería que aquellos hombres malos se marcharan de una vez de su casa.
Yo le solté un puntapié para que se callara, pero ya era demasiado tarde. Mi premonición había evitado que mi padre estuviera en casa, pero no así la indiscreción de Lucinda.
—¿A dónde ha ido tu papá entonces? —preguntó el mayor de los agentes, el del bigote.
—¡No le digas nada a ese hombre! —gritó mi abuela, aunque su orden llegó tarde porque Lucinda ya había comenzado a hablar.
—A mi hermana le dolía mucho la cabeza y ha ido a la botica del pueblo a por una medicina.
Las palabras de Lucinda debieron sonar muy convincentes, porque los agentes se dieron la vuelta y, sin mediar palabra, regresaron por dónde habían llegado.
Mi abuela salió al portal a despedirlos…
—¡Déjenlo en paz! ¡Por el amor de Dios! —les gritaba mientras se alejaban a lomos de sus caballos.
—Mira tú. Parece que a la vieja le ha salido ahora la vena religiosa —acertó a escuchar mi abuela como bromeaban—. Vamos, con un poco de suerte lo encontraremos en el camino de vuelta.
Lo que desconocían los guardias civiles es que mi padre hacía ese camino a pie todos los días para ir a trabajar al taller mecánico en el que reparaba motores de camiones.
Para ganar tiempo, algunas veces atajaba campo a través, por lo que en aquella ocasión no se encontrarían con él.
Papá, ante la urgencia y la preocupación por el fuerte dolor de su hijita favorita, había cortado el camino por el monte y a su regreso con la medicina, tan solo una hora y media más tarde, mi abuela ya había resuelto la grave situación…
El dentista familiar, que vivía en una bonita casa en una aldea cercana, era reputado activista del bando nacional y mi abuela había corrido hasta allí para darle la noticia y que intercediera por mi papá.
Él sabía perfectamente que mi padre era ajeno a cualquier ideología política y que todo aquello no podía ser más que un error, un malentendido o una denuncia anónima, de aquellas que tristemente abundaban tanto por la época…
Tanto fuera por desear a la mujer del prójimo, tratando de enviudarla, o si el motivo eran envidias a las tierras o las propiedades de algún hombre, una denuncia anónima era más que suficiente para arruinar la vida de toda una familia y que algún demente desquiciado se pudiera salir con la suya.
No existía más ley durante la guerra que la de disparo primero y pregunto más tarde. Y en la posguerra no fue mejor…
Y así fue como una serie de coincidencias afortunadas salvaron la vida de mi padre.
Primero, la premonición y la mentira sobre mi dolor de cabeza.
Después, el saber hacer de mi abuela enfrentándose a la autoridad y más tarde, su acertada decisión de recurrir al que sabía que sería su mejor recurso en aquel momento, nuestro buen dentista que convenció a las autoridades de que su amigo Jesús era un hombre sin vinculaciones políticas de ningún tipo, que se dedicaba a cuidar de la familia.
El susto nos duró varios días en los que mi padre iba a trabajar cada día al pueblo atajando por el monte.
Tenía miedo de encontrarse con la guardia civil por la carretera y que, a pesar de la influencia del amigo de la familia acabaran con él.
Pero los ánimos se fueron calmando. Pasaron los días, las semanas y los meses y todo regresó a la calma tensa que la guerra provocaba.
Mamá siguió con sus campos y nosotros creciendo.
En cuanto a papá, el destino tendría reservada para él una épica gesta años más tarde.
Una aventura en la que fue enrolado por pura casualidad y que cambiaría el destino de la Segunda Guerra Mundial.
Un ejemplo el suyo que me empujó décadas después a seguir sus pasos trabajando como espía…