La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

A la muchacha le debió hacer gracia mi respuesta, porque me sonrió luciendo una dentadura blanca y perfecta y acarició mis cabellos con la palma de la mano, dejándola después quieta por unos segundos encima de mi cabeza.

Cerró los ojos y se quedó en trance, como si estuviera leyendo mi mente, lo que me asustó sobremanera.

A pesar de todo, permanecí en mi posición sin moverme, sintiendo como una paz inconmensurable invadía mi espíritu.

Para cuando terminó su lectura, la bella gitana se dirigió de nuevo a mí.

—Eres una chica lista. Creo que tú serás la elegida. Harás grandes cosas cuando crezcas.

—¿Elegida? —pregunté.

—Sois muy buena gente. Muy amable. Todos los años nos ayudáis, dándonos cobijo y comida. Al tocarte he notado que no somos los únicos a los que proveéis de alimento y un techo, así que voy a hacerte un regalo.

—¡¿Un regalo?! ¡Qué bien! —contesté—. ¿Y qué será? ¿Una muñeca?

—Me temo que no, pequeño tornado. Más bien una habilidad. Pero no la disfrutarás hoy. Vas a tardar un tiempo en controlarla y entenderla…

No sabía muy bien a qué se refería la gitana, pero estaba tan cautivada por la palabra “regalo”, que me dejé llevar.

Y así es como la muchacha, de nuevo posó su mano sobre mi cabeza y, entonando un mantra, permaneció queda unos minutos hasta que terminó su ritual.

Para cuando volvió a abrir los ojos, la leche recién ordeñada ya se había enfriado y sus compañeros de teatrillo itinerante habían desayunado sin haber esperado por ella.

En cuanto a mí, había recibido un don como premio a la generosidad de mi familia: algún tipo de percepción más allá de lo común, metafísica, por llamarle de algún modo a la capacidad de presentir acontecimientos o situaciones que afectaban directamente a mí o a los míos…

Pocos meses más tarde de la experiencia con la joven gitana, experimenté por primera vez su regalo y entendí…

Me encontraba jugando con mi hermana en el corral, cuando presentí que algo terrible iba a ocurrir aquel mismo día.

Era lunes y, a pesar de estar en el mes de agosto, el día era oscuro y desapacible.

Una lluvia fina mojaba los campos y habíamos elegido quedarnos a jugar en el corral en lugar de hacerlo en la finca, subiéndonos a los árboles, escondiéndonos o saltando a la comba.

Jugábamos a preparar la comida llenando de tierra mezclada con agua unas viejas tarteras agujereadas que mi madre había desechado, cuando me quedé paralizada y con los ojos en blanco.

El proceso no fue progresivo, en absoluto.

No fue algo como sentir un mareo o perder la conciencia lentamente…

en ningún modo. El fenómeno fue instantáneo y me quedé bloqueada sin respirar durante un largo minuto, mientras visualizaba como dos hombres armados, vestidos con un uniforme verde, sujetaban a mi padre con fuerza y se lo llevaban de casa a rastras.

Pasado el fatídico minuto, y como si nada hubiera ocurrido, regresé a la realidad y lo primero que vi fue a mi hermana zarandeándome con lágrimas en los ojos.

Estaba muy asustada y no era para menos, porque yo también lo estaba.

Había sido la primera premonición de mi vida y, a pesar de que después vendrían muchas más y casi siempre anunciando nefastos acontecimientos, supe qué hacer al instante.

Mi joven cerebro trazó un plan rápidamente para salvar a mi padre, que se encontraba reparando el portal de entrada a la casa desde el corral, a pocos metros de nosotras. Aproveché que estaba muy pálida para acercarme a él y le tiré de la manga de la chaqueta.

—Padre, me duele muchísimo la cabeza —le dije.

Papá dejó en el suelo a toda prisa la aceitera que usaba para lubricar la cerradura del portal y me puso sus gruesas y curtidas manos en la frente.

—¿Estás bien, Isabeliña? No parece que tengas fiebre, pero te veo muy pálida.

Ciertamente que lo estaba y no debería ser así. Me había pasado todo el verano jugando bajo el sol y mi piel se había tostado tanto, que destacaba todavía más la lividez que la premonición había provocado.

—No, padre, estoy mareada y me duele mucho la cabeza. ¿Podrías darme una aspirina de las de mamá?

Aquí empezaba la segunda parte del plan que había elaborado en mi inocente e infantil cabeza en décimas de segundo…

Y es que sabía perfectamente que no quedaban aspirinas, porque había escuchado el día antes cómo mamá le pedía a mi padre que las fuera a buscar al pueblo.

Claro está, sabía que se había olvidado o que lo iba a hacer nada más reparar el portal del corral, pero como mi padre me vio tan pálida y el teatrillo me estaba saliendo tan bien, decidió abandonar la reparación y se calzó los zuecos que usaba cada día para recorrer los cinco kilómetros hasta el pueblo.

—Escucha, pequeña, voy al pueblo y estaré de vuelta en un par de horas. Tú vete con la abuela y dile que te encuentras mal y que te quieres meter en cama. ¿Lo harás?

—Claro que sí, padre —mentí deliberadamente, satisfecha de ver como mi plan había funcionado.

Lo cierto es que presentía que los hombres de uniforme verde estaban cada vez más cerca y apremié a mi padre a darse prisa, fingiendo nuevos dolores.

Él abrió el portal recién engrasado y desapareció de mi vista carretera abajo tan rápido como sus pies le permitían, preocupado por la salud de su hija favorita, la más bonita e inteligente de sus vástagos y su mayor orgullo.

Por aquel entonces, el hecho de que una pareja de la guardia civil visitara una casa preguntando por el patriarca en edad superior a la de combatir, sólo podía significar dos cosas.

Una era que lo tomaran prisionero e interrogarlo, para después descerrajarle un tiro en la cabeza, dejándolo abandonado en alguna cuneta cercana a su hogar y que así todos los vecinos vieran lo que le pasaba a los que traicionaran al bando de la guerra en el que te tocara por ubicación geográfica.

La otra era para reclutar al hombre para el frente, a pesar de su edad, porque demasiados jóvenes estaban muriendo y había que ampliar los criterios de selección para así no quedarse sin combatientes.

En ambos casos, yo desconocía estas cosas.

Era una inocente niña, demasiado pequeña, pero mi presentimiento había sido claro y debía sacar de escena a mi padre a la mayor brevedad.

Como mi plan había funcionado, me sentía satisfecha…

Mi madre se encontraba en los campos con los jornaleros y en casa ya sólo quedábamos mi abuela y los pequeños, pues las dos vecinas que nos ayudaban con las tareas de casa y del campo se habían tomado el domingo libre.

Y así es como tan solo diez minutos más tarde de que mi padre hubiera partido carretera abajo en dirección a la botica del pueblo, escuchamos como alguien aporreaba con fuerza el portalón de metal, el mismo que presidía con orgullo el heraldo de mi familia materna.

—¡AbrAN A LA GUARDIA CIVIL! —se escuchó al otro lado pronunciar a una voz grave y que parecía muy enfadada.

—¡RÁPIDO! ¡AbrAN A LA GUARDIA CIVIL O ECHAMOS ABAJO EL PORTAL A TIROS!

Mi abuela Graciela, que tenía más arrestos que la mayoría de los hombres de la época, apareció atravesando la puerta de la cocina hacia el corral y pasó a nuestro lado con una tranquilizante sonrisa en los labios, como si con ella no fuera la cosa.

Cuando llegó a la altura del portal, deslizó el pasador que mi padre acababa de engrasar y abrió la puerta…

Al otro lado, una pareja de la guardia civil aguardaba con cara de pocos amigos. Uno de ellos, panzón y grande como un día sin pan, acarició su bien poblado mostacho y, sabiéndose dominador de la situación, pronunció las tan temidas palabras de todas las familias de la España rural de la época.

—Venimos a buscar a Jesús.

Jesús era el nombre de pila de mi padre y el hecho de que no hubieran pronunciado su apellido, era todavía más terrible que el que hubieran dicho su nombre.

Aquella familiaridad, denotaba que el ser humano que venían a buscar ni tan siquiera merecía el respeto de ser tratado como señor o de articular su apellido y sólo podría significar que los días de mi padre estaba contados.

Mi abuela, casi sin inmutarse y con una calma y un temple más propio de un general que de una matriarca y ama de casa, les soltó una frase que todavía resuena en mis oídos a día de hoy, ochenta y seis años más tarde…

—Pues si ustedes están buscando a Jesús, les aconsejo que se den prisa. La primera misa del día está a punto de comenzar y, por su aspecto, pienso que no les vendrá mal una buena homilía y una confesión.

Los guardias civiles se quedaron allí plantados con cara de papanatas como si acabara de echarles una bronca el mismísimo general Franco.

Ciertamente, se notaba que no estaban acostumbrados a que les plantaran cara de ese modo.

Por aquellos tiempos, la guardia civil era la autoridad más temida y respetada y, si te visitaban en casa por la razón que fuera, lo mejor era llevarse bien con ellos…

Como era lógico y no podía ser de otro modo, la conversación se fue calentando y el sarcasmo de mi abuela no fue suficiente para hacer cejar en su empeño a la pareja de militares.

Habían pillado hueso y no tenían pensado soltarlo tan fácilmente y menos ante una anciana que les faltaba el respeto tan descaradamente.

—Se ve que usted no sabe muy bien con quién está hablando, señora —soltó finalmente el guardia civil del bigotón.

—Sí que lo sé. Dos buenos hombres religiosos que están buscando a Jesús. Y no seré yo quien se lo impida —insistía mi abuela con su retranca.

—Está bien, señora. Si usted no quiere ayudarnos, tendrá que ser por las malas.

Fue entonces cuando la cosa se puso tensa de verdad… Uno de los guardias pegó una patada al portal, apartándolo de su camino y llevándose por delante a mi abuela, que cayó al suelo como un saco de patatas ante la mirada de espanto de mi hermana Lucinda y la mía propia.