La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 1
1%
La mujer que sobrevivió al silencio

La mujer que sobrevivió al silencio

Por Arturo A. Gomez

© inepub.com

CAPÍTULO 1

LA GITANA

D e la época de la guerra apenas tengo recuerdos.

Tal vez porque los he bloqueado, quizás porque fueron años vividos en una tensa calma a lo largo de los cuales los adultos se esforzaban por disimular el terror de que cualquier día pudiera ser el último.

Sólo una vez escuché a mis padres cuchicheando tras la puerta de su habitación y me acerqué a curiosear.

Hablaban de muertes, de sangrientas luchas, de locura, de cientos de miles de fallecidos.

Creo que mi mente infantil quiso imaginar que compartían el relato de algún libro de ficción, porque la realidad era demasiado dura para asimilarla, y así prevaleció en mi memoria hasta que años más tarde, lo recordé por casualidad y entendí que, hasta ellos, tan lejos de la civilización y perdidos en aquella pequeña villa, también habían oído hablar del conflicto.

Por fortuna, los combates de la guerra nunca llegaron a nuestra zona. A nadie le interesaba una pequeña aldea de sólo cinco casas, en mitad de la nada. No obstante, la posguerra fue algo muy distinto…

​ En mi casa vivíamos, por aquel entonces, sólo un año después de la guerra, diez personas.

Mis dos hermanos varones, mi hermana mayor Raquel y la pequeña Lucinda, que sólo tenía un año menos que yo.

También estaban mi padre, mi madre, mi abuela materna y dos vecinas que ayudaban en las tareas del hogar y del campo a mamá, que, a pesar de su delicada salud, trabajaba de sol a sol para sacar adelante a nuestra familia.

​ Cuando comenzó el reparto de las cartillas de racionamiento para paliar el hambre y compensar la escasez que la guerra había provocado, mi madre fue una de las primeras en guardar cola para hacerse con la suya.

Y en ningún caso porque la necesitara… Por suerte, en nuestra casa jamás faltó de nada…

​ A pesar de que mi padre venía de una familia muy humilde, había trabajado desde muy joven y traía todos los meses a casa un buen sueldo como oficial mecánico de camiones.

Mis abuelos paternos habían querido que su buen hijo aprendiera un oficio y, en aquellos duros tiempos en los que no había dinero para comprar vehículos nuevos y todo se reparaba o reciclaba, un hombre experto en motores como él era un tesoro para cualquier taller.

Eso no quita que mi padre fuera un auténtico titán como trabajador.

Todos los días se levantaba muy temprano, a las cinco de la mañana y, antes de salir hacia el trabajo, se ocupaba de ordeñar a las vacas y dar de comer a los animales.

Después, se preparaba el desayuno con la leche recién extraída todavía caliente y se marchaba.

Recorría a pie los cinco kilómetros que separaban la aldea del pueblo, calzado con duros y poco flexibles zuecos de madera, ya lloviera, granizara o nevara, bajo una intensa niebla o un diluvio monumental.

Hasta tal punto alcanzaba su responsabilidad, que jamás llegó un solo día tarde al trabajo en cincuenta años.

​ En cuanto a mi madre, provenía de una familia noble, muy respetada en toda la comarca y propietaria de gran número de fincas y tierras por todos los alrededores.

Como testigo de nuestro privilegiado origen, el heraldo familiar lucía majestuoso, grabado en relieve en el portal principal de entrada a nuestro hogar.

Y no es que nos sobrara el dinero, pero con lo que mi padre traía de su trabajo como mecánico y la renta de las fincas, era más que suficiente para vivir con desahogo en aquellos duros tiempos.

​ Por si ya era poca fortuna, mi madre se ocupaba de las tierras y teníamos jornaleros que la ayudaban a cultivar y cosechar, por no hablar de los animales; gallinas que nos daban huevos y carne, conejos, vacas, cerdos y hasta patos.

Gracias a este enorme inventario de recursos, nunca faltó dinero ni comida en mi casa…

​ Tampoco escasearon jamás buenas ropas para vestirnos.

Y no era por dinero, que para eso mi padre trabajaba duro.

El problema era que ni tan siquiera había tiendas en dónde comprarlas.

Por suerte, mi padre tenía un buen amigo que compraba lotes de ropa rescatados del frente…

Sí, así es. Tan duro como suena… Ropa de los cadáveres, heridos o mutilados y que los pobres combatientes ya no iban a necesitar, se reciclaba para vestir a una población hambrienta, desnutrida y desnuda envuelta en la más cruda de las miserias.

Pues bien, mi padre compraba la ropa en mejor estado a su amigo y la traía a casa en grandes bolsas de rafia que nosotros aguardábamos con ilusión cada vez que él llegaba a casa.

​ Mi hermana Lucinda y yo nos peleábamos por los mejores recortes hasta que llegaba mamá y nos las quitaba de las zarpas antes de que nos encontráramos entre las ropas algún casquillo de bala o Dios sabe qué otra barbaridad…

Después, teñía las ropas de alegres colores, más apropiados para sus hijos y cortaba las telas en patrones que entregaba a mi tía Matilde.

Ella tenía un gran taller de costura con veintidós empleadas y en él aprovechaba las telas teñidas para confeccionarnos la ropa con la que vestíamos.

​ ¿Para qué entonces querría mi madre la cartilla de racionamiento?

Pues la respuesta es muy sencilla: porque de la comida que obtenía del régimen a través de ella, jamás ni una sola miga fue destinada a alimentar a su familia, sino que la donaba íntegramente a las personas con menos recursos de la comarca.

​ Mi madre siempre había sido muy generosa.

Tanto que, en ocasiones llegaba a sacar de quicio a mi abuela materna, que vivía con nosotros.

Al respecto, vienen a mi memoria gran número de situaciones en las que mamá facilitaba comida, dinero o ropa a todo aquel que llegaba por casa mendigando, pisoteando su orgullo en aras de sortear un día más en aquella Galicia rural tan dura de la posguerra.

Pero si de una de las ocasiones en que mamá sacaba a lucir su generosidad guardo un intenso recuerdo fue durante las fiestas de San Jorge.

Por aquel entonces, se reunían allí vecinos de toda la comarca vendiendo los productos de sus tierras para sacar algo de dinero y se celebraban largas verbenas en las que se invitaba a orquestas a tocar música alegre con la que los más jóvenes disfrutaban sus primeros bailes.

De hecho, la mayoría de las futuras parejas de la zona, se conocieron durante los bailes de las fiestas locales.

Era el evento del año y el único momento en el que los adultos, embriagados por el vino de las comidas familiares, lograban olvidar por unos instantes los malos y duros tiempos que corrían.

Nos visitaba por esa época un pequeño teatrillo itinerante de gitanos.

Hacían un espectáculo con el que sacaban algo de dinero para ir tirando; tenían equilibristas, músicos, payasos, actores que nos deleitaban con funciones populares y hasta un mago que nos entretenía y con el que los adultos procuraban guardar distancia, dadas sus preocupantes habilidades con las manos.

Y es que tanto podía hacer desaparecer un conejo de una chistera como la cartera del bolsillo al hombre más prudente…

El problema con este teatrillo itinerante, y en este punto de la historia es donde mi madre entra, era que no tenían en dónde alojarse durante los días de los festejos.

Y así es como, a pesar de la oposición de mi abuela Graciela, mamá se ocupaba de hacer un hueco en el corral a toda la tropa y les preparaba jergones a cubierto para poder dormir.

Nos enviaba a mi hermana Lucinda y a mí a segar matorral y luego lo cubría con sábanas viejas que guardaba en el sótano para estas ocasiones.

Así era como los agradecidos feriantes pasaban la noche en nuestra casa, la más grande de la aldea.

Entre todos ellos, había una joven muy guapa que se decía era capaz de leer el futuro de las personas en la palma de las manos y en los posos del café.

Durante las fiestas, buscaba un tronco de árbol o una piedra grande que le sirviera como mesa.

Después, le colgaba un cartel lleno de faltas de ortografía en el que se ofrecía como pitonisa y tomaba asiento en un taburete plegable de madera a la espera de clientes.

Como decía, era una joven preciosa, con unos ojos verdes tan claros como jamás he vuelto a ver en nadie más a lo largo de los noventa y cuatro años que llevo sobre mis espaldas.

En contraste con unos ojos tan claros, su piel era oscura, tan morena y curtida por el sol como la de un becerro y su pelo…

su pelo era rubio, de un amarillo tan intenso como el de las espigas de trigo antes de ser cosechado.

Una mañana, durante la época de fiestas en la que yo debía tener ya diez años, los gitanos habían pasado la noche en nuestro corral y se aseaban por turnos en el grifo que mi padre había instalado en el patio para su servicio.

Yo acababa de salir de ayudar a mi madre a ordeñar las vacas.

Era un día festivo y, como mi padre no tenía que trabajar, se le habían pegado las sábanas, olvidando su quehacer diario del que se había ocupado mamá con mi ayuda.

Recuerdo que salía del establo cargando un pesado cubo lleno de leche que mamá me había ordenado entregar a los feriantes, cuando la preciosa muchacha de la que hablaba se cruzó en mi camino, observándome con ojos curiosos.

—¿Por qué sois tan amables con nosotros? —me preguntó para después guardar un tenso silencio mientras me observaba.

Yo no supe qué decir. Admiraba en silencio a aquella joven tan hermosa y me preguntaba qué era lo que habría visto en mí para hacer una pregunta tan compleja a una niña.

—Contesta, niña —exigió—. ¿Es que te ha comido la lengua un gato?

La curiosa expresión, que nunca antes había escuchado, me resultó chocante y cerré la boca al instante. Después, froté la lengua contra los dientes para asegurarme de que todavía seguía allí.

—Aquí no tenemos gatos. Sólo perros —respondí ofendida.