10 EL LIBRO OLVIDADO #2
—Espera un momento —dijo Nieves, con una sonrisa que se le iluminó de una manera que a Tomás le pareció desproporcionada para lo que, al fin y al cabo, era solo un libro—. Creo que sé exactamente de quién es esto.
· · ·
Encontraron a Don Aurelio en la sala común, jugando una partida de dominó con un compañero, y cuando Nieves le explicó, con cierta emoción contenida en la voz, que un joven había venido con un libro que quizás fuera suyo,
Aurelio levantó la vista con una expresión de curiosidad cautelosa que se transformó, en cuanto Tomás le tendió el libro, en algo que Tomás no supo nombrar del todo pero que reconoció, sin poder evitarlo, como una alegría casi dolorosa.
—Dios mío —dijo Aurelio, cogiendo el libro con las dos manos, pasando los dedos por el lomo partido con una familiaridad que no dejaba lugar a dudas—.
Pensé que lo había perdido para siempre.
Se lo vendí a un librero cuando me mudé aquí, sin darme cuenta de que llevaba dentro treinta años de anotaciones que no había vuelto a mirar desde que las escribí.
—Las leí —confesó Tomás, un poco avergonzado—. En el tren, antes de saber de quién era. Perdone la indiscreción.
—No hay nada que perdonar, hijo. Un libro está para leerse, márgenes incluidos.
—Aurelio abrió el volumen por una página cualquiera, encontrando de inmediato una de sus propias anotaciones, y sonrió con una tristeza suave, la de quien reencuentra un fragmento de sí mismo que creía perdido—.
Esto era de mi mujer, en realidad. Bueno, el libro es mío, pero las anotaciones son sobre ella, sobre nosotros.
Se lo compré recién casados, y cada vez que lo releía, a lo largo de los años, añadía algo nuevo en los márgenes.
Era mi manera de hablar con ella sobre las cosas que nunca le decía en voz alta.
· · ·
Se quedaron hablando un buen rato, sentados en dos sillas junto a la ventana de la sala común, y Aurelio le contó a Tomás, con esa facilidad para la palabra que a veces da la vejez cuando por fin se pierde el miedo a parecer sentimental, la historia de Pilar,
de sus cuarenta y seis años de matrimonio, de las anotaciones que había ido dejando en aquel libro como quien lleva un diario secreto de las cosas que la timidez o el orgullo le impedían decir en voz alta.
—Era maestra, ¿sabe? Treinta y cinco años enseñando a niños de primaria.
Tenía una paciencia con las palabras que yo nunca conseguí igualar.
Yo era más de hechos que de palabras: le arreglaba cosas por la casa, le llevaba flores sin que fuera ninguna fecha señalada, pero decirle lo que sentía en voz alta, con todas las palabras, eso me costaba más de lo que me gustaría reconocer.
Así que lo escribía aquí, en los márgenes de este libro, que era el suyo favorito, el que releía cada dos o tres años.
—¿Y ella sabía que usted escribía esto?
—Nunca se lo dije. Ni ella lo leyó nunca, que yo sepa. Era un poco como hablar con ella sin que ella lo supiera, lo cual ahora, contándoselo a usted, me suena bastante más triste de lo que me sonaba en su momento.
—¿Y no se arrepiente de no habérselo dicho a ella directamente? —preguntó Tomás, pensando, sin poder evitarlo, en su propio abuelo, en las conversaciones que llevaban meses sin tener.
—Todos los días —dijo Aurelio, sin dramatismo, con la simple honestidad de quien ya no tiene motivos para fingir—.
Pero también aprendí, con el tiempo, que las palabras no dichas a tiempo con una persona, a veces, si uno tiene suerte, se pueden decir a tiempo con otra.
Con mi hija, por ejemplo. O con quien tenga la suerte de cruzarse con uno antes de que sea demasiado tarde.
Tomás se quedó pensando en esa frase durante el trayecto de vuelta a casa, con el libro ya devuelto a su dueño legítimo y una sensación extraña de haber cerrado algo que ni siquiera sabía que tenía abierto.
Pensó en su abuelo, en los dos meses de silencio que se habían acumulado sin que nadie tomara la decisión consciente de dejar que pasaran, y en la facilidad, casi vergonzosa, con que las buenas intenciones se convertían en nada cuando no se les ponía una fecha concreta.
· · ·
Aquel sábado, sin avisar previamente más que con un mensaje de camino, Tomás fue a visitar a su abuelo Emilio, que abrió la puerta con una sorpresa genuina que no se molestó en disimular.
—Vaya, qué milagro —dijo Emilio, con más cariño que reproche en el tono—. Pasa, pasa. Justo estaba haciendo café.
Se quedaron hablando toda la tarde, de cosas sin demasiada importancia al principio —el trabajo del abuelo antes de jubilarse, algún recuerdo de la infancia de Tomás—, hasta que Tomás, animado por algo que todavía no sabía nombrar del todo, le habló a su abuelo del libro, de Don Aurelio,
de las anotaciones para una mujer que ya no podía leerlas.
Emilio escuchó la historia entera sin interrumpir, con esa atención completa que Tomás recordaba de los veranos de infancia, y cuando Tomás terminó, se quedó un momento en silencio, mirando su propia taza de café.
—Tu abuela y yo también teníamos nuestras cosas sin decir —dijo, finalmente—.
No un libro con anotaciones, pero sí una caja de cartas que nos escribíamos cuando yo hacía la mili, hace ya muchísimos años.
Las guardo todavía, en el armario del pasillo.
A veces las releo, cuando la casa se queda demasiado silenciosa.
—¿Puedo verlas alguna vez?
—Claro que puedes. Aunque te advierto que son un poco cursis, para lo que se estilaba entonces.
—Deberías escribirle algo así a alguien, algún día —añadió Emilio, con una media sonrisa—. Aunque sea a mí. No hace falta esperar a que sea demasiado tarde para las palabras bonitas.
—Podría empezar contigo ahora mismo, si quieres.
—Podrías. Aunque yo prefiero las visitas los sábados a las palabras bonitas por escrito, si te soy sincero.
Tomás se rió, y se prometió, sin necesidad de anotarlo en ningún margen de ningún libro, que aquellos sábados de café con su abuelo no volverían a espaciarse tanto como antes.