La mujer que prestó un paraguas 11 LA DECISIÓN DE SOLE
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11 LA DECISIÓN DE SOLE

Un año después de aquella tarde en la plaza de las Acacias, Sole seguía repartiendo paquetes, seguía yendo dos noches por semana al curso de acceso a enfermería, y seguía, cada domingo que podía, sentándose un rato en el banco de Don Aurelio antes de empezar su ruta de la tarde,

una costumbre que ninguno de los dos había roto ni una sola vez en aquellos doce meses, salvo las contadas ocasiones en que la lluvia o una gripe se lo habían impedido.

Se había presentado a la prueba de acceso seis semanas antes, después de un curso entero de estudiar entre entregas, de repasar fórmulas en los semáforos, de sacrificar horas de sueño que su cuerpo, a los veinte años, todavía le permitía sacrificar sin cobrarle la factura completa de inmediato.

El examen le había parecido, al salir, ni mejor ni peor de lo que había temido: había fallado dos preguntas de las que estaba segura al entrar y había acertado, para su propia sorpresa, dos de las que había dado por perdidas.

Llevaba seis semanas esperando los resultados con esa mezcla de esperanza y resignación que se instala en la gente cuando ya no hay nada más que pueda hacer para cambiar el resultado, solo esperar.

El año había traído también otros cambios, más pequeños pero igual de importantes a su manera: Yasmina, la otra repartidora con la que había coincidido tantas veces en los semáforos, había dejado por fin el reparto para trabajar en la administración de una clínica dental,

una noticia que había celebrado con Sole con una alegría genuina, sin ningún rastro de envidia por el hecho de que Sole siguiera adelante con sus propios estudios mientras ella cambiaba de rumbo por otro camino.

Su madre había conseguido, después de años en el mismo puesto de limpieza, un ascenso pequeño pero significativo a supervisora de turno, con un aumento de sueldo que, aunque modesto, había aliviado un poco la presión constante de las cuentas de casa.

Y Sole, en algún punto de aquel año que ahora, mirado en conjunto, le parecía haber pasado con una rapidez extraña, había dejado de sentir que estudiar de noche después de repartir todo el día era un sacrificio imposible de sostener, convirtiéndose, sin que ella se diera del todo cuenta del cambio,

en una simple parte más de su rutina, tan asumida como cualquier otra.

· · ·

La bicicleta eléctrica, sin embargo, no esperó tan pacientemente como Sole.

Llevaba meses dando señales de agotamiento —una batería que ya no aguantaba la ruta completa sin necesitar una recarga a mitad de turno, un motor que hacía un ruido nuevo y preocupante en las cuestas— y aquel martes, a solo diez días de conocer los resultados del examen,

se rindió del todo en mitad de una entrega, dejando a Sole varada a pie de calle con un paquete que llegaría tarde y un problema mucho más grande del que aquel paquete representaba.

—Va a costar repararla más de lo que vale, la verdad —le dijo el mecánico del taller de bicis del barrio, después de examinarla durante diez minutos con esa expresión compasiva que a Sole ya le resultaba familiar de otras malas noticias económicas—.

La batería está para cambiar, el motor tiene un desgaste serio.

Podría durarte otros seis meses, con suerte, pero yo no apostaría por ello.

Una bicicleta nueva, aunque fuera de gama básica, costaba más de lo que Sole tenía ahorrado, y pedir un préstamo justo en el momento en que sus ingresos dependían enteramente de poder seguir repartiendo era, evidentemente, una contradicción que no llevaba a ningún sitio bueno.

Sin bicicleta no había entregas. Sin entregas no había ingresos.

Y sin ingresos, ni siquiera podía plantearse ahorrar para una bicicleta nueva, un círculo cerrado que Sole conocía bien, de esos que la pobreza sabe construir con una eficiencia cruel.

Pasó los siguientes días alquilando una bicicleta convencional, sin motor, para poder cumplir al menos parte de sus rutas habituales, aunque el esfuerzo físico añadido, sumado al cansancio acumulado de las últimas semanas de estudio,

la dejaba cada noche con una sensación de agotamiento que hacía casi imposible concentrarse en repasar nada.

Se planteó, en más de una ocasión durante aquella semana, si debía pedirle un adelanto a su madre, o incluso volver a plantearse un préstamo pequeño, aunque la sola idea de empezar su nueva etapa como estudiante de enfermería —si es que llegaba a serlo— arrastrando una deuda le resultaba

profundamente desalentadora.

· · ·

Se lo contó a Don Aurelio el domingo siguiente, no porque esperara que él pudiera hacer nada al respecto, sino porque llevaba un año contándole las cosas que le preocupaban, buenas y malas, con la misma naturalidad con que se lo habría contado a un abuelo, y aquel domingo, sencillamente,

necesitaba decírselo a alguien.

—Así que si no encuentro una solución esta semana, no sé cómo voy a seguir trabajando —terminó, con un suspiro que intentaba sonar más despreocupado del que sentía por dentro—. Y encima con los resultados a punto de salir. Menudo momento para que se rompa la bici.

Don Aurelio la escuchó con esa atención completa que le dedicaba siempre, asintiendo en los momentos justos, y cuando Sole terminó de contarle el problema, se quedó un momento en silencio, con una expresión pensativa que ella no supo interpretar del todo en aquel momento.

—Dame un par de días —dijo, finalmente.

—¿Un par de días para qué?

—Para pensar. Déjame pensarlo, Soledad.

· · ·

Lo que Sole no sabía, y no llegaría a saber del todo hasta más adelante, era que Don Aurelio llevaba meses queriendo hacer algo por ella, sin encontrar la manera adecuada de ofrecerlo sin que pareciera caridad, una palabra que él sabía, por instinto y por experiencia,

que Sole rechazaría de plano si se la ofrecían con esas formas.

Aurelio, hombre de hechos antes que de palabras, entendía que ayudar a alguien con orgullo requería encontrar el marco correcto, la manera de que el gesto se sintiera como un intercambio justo y no como una limosna.

Llamó primero a su hija Cristina, a quien le contó la situación con el detalle suficiente para que ella entendiera la urgencia sin necesidad de insistir demasiado.

—Papá, no tienes tanto dinero ahorrado como para regalarle una bicicleta sin más —le dijo Cristina, con la preocupación práctica de quien lleva años vigilando las cuentas de su padre—. ¿Has pensado en cómo plantearlo?

—Había pensado en pedirle un préstamo a esa chica a cambio de que me ayude con algunos recados los fines de semana.

Cosas que ya no puedo hacer yo solo tan bien: la compra pesada, alguna gestión en el banco, acompañarme al médico de vez en cuando.

Le pago por su tiempo, ella tiene bicicleta nueva, y a mí me viene bien la ayuda. No es un regalo. Es un trabajo.

Cristina se quedó un momento callada al otro lado del teléfono, y cuando volvió a hablar, su voz sonaba distinta, más suave.

—Es una idea preciosa, papá. De verdad. —Hizo una pausa, y añadió, con un tono que mezclaba la ternura con una vieja culpa que Aurelio reconoció enseguida—: Últimamente pienso mucho en si hago lo suficiente por ti, con lo ocupada que ando entre semana.

Me alivia saber que tienes a alguien así cerca, aunque sea alguien a quien no conocíamos hace un año.

—Tú haces más que suficiente, hija. Y esta chica no me sustituye a ti. Simplemente me acompaña de una manera distinta.

—Ya lo sé. Aun así, me alegra. Cuenta conmigo para lo que necesites de la parte económica.

· · ·

Aurelio también llamó, con un poco de vergüenza que no esperaba sentir a su edad, a Ramírez, su compañero de dominó, para preguntarle si conocía a alguien en la residencia dispuesto a aportar algo a lo que él mismo llamó, sin mucha elegancia, «una colecta para una chica que se lo merece».

La respuesta lo sorprendió: media residencia conocía ya a Sole de vista, de las tardes en que pasaba a saludar antes de continuar su ruta, y varios residentes, sin que Aurelio tuviera que insistir demasiado, se ofrecieron a aportar lo que pudieran.

—Esa chica siempre saluda a todo el mundo, no solo a ti —le dijo Ramírez, entregándole veinte euros doblados con un gesto casi solemne—. Yo también quiero ayudar.

Nieves, la auxiliar, al enterarse de la iniciativa por casualidad, añadió una pequeña cantidad de su propio bolsillo y se ofreció, además, a preguntar en su grupo de mensajería si alguien tenía una bicicleta eléctrica en buen estado que ya no usara.

· · ·

El domingo siguiente, cuando Sole llegó a la plaza esperando encontrar a Aurelio con su respuesta, se encontró en cambio con una escena que no supo cómo interpretar al principio: Aurelio, Ramírez, y otros dos residentes que Sole conocía solo de vista, sentados juntos en dos bancos,

con una bicicleta eléctrica de aspecto casi nuevo apoyada contra un árbol cercano.

—¿Qué es esto? —preguntó, mirando la bicicleta con una desconfianza instintiva, temiendo ya, antes de que nadie dijera nada, la palabra que más le costaba aceptar.

—Un trabajo —dijo Aurelio, con una firmeza que no dejaba mucho margen para la discusión—.

Necesito ayuda con recados los fines de semana: la compra pesada, alguna gestión, acompañarme al médico de vez en cuando.

Te pago por tu tiempo, un sueldo justo, nada de caridad.

Y la bicicleta es tuya desde ya, la compramos entre varios porque nos hacía ilusión, no como regalo sino como inversión, para asegurarnos de que nuestra empleada llegue puntual.

Sole se quedó mirando la bicicleta, después a Aurelio, después a Ramírez y a los otros dos residentes, que la miraban con una expectación nerviosa, como si temieran que fuera a rechazarlo todo de golpe.

—Esto es demasiado —dijo, finalmente, con la voz un poco quebrada.

—Es exactamente lo justo —corrigió Aurelio—.

Llevas un año viniendo a hacerme compañía sin que nadie te lo pidiera, sin cobrar nada por ello, solo porque te dio la gana un día de ser amable con un viejo solo en un banco.

Esto no es un favor que te hacemos. Es un favor que te devolvemos, con mucho retraso.

· · ·

Sole aceptó, después de una resistencia inicial que todos en el grupo esperaban y que nadie tomó a mal, y aquella misma tarde empezó, de manera informal, su nuevo trabajo de fines de semana con Don Aurelio: lo acompañó a hacer la compra pesada que él ya no podía cargar solo,

charlando de camino sobre nada en particular, con esa facilidad que habían desarrollado a lo largo de un año de domingos compartidos.

—¿Sabes lo que más me sorprendió de todo esto? —le dijo Sole, mientras caminaban de vuelta del supermercado con las bolsas repartidas entre los dos—. Que ni siquiera dudaste. En cuanto te lo conté, ya tenías medio plan hecho para el domingo siguiente.

—A mi edad, hija, uno aprende que las oportunidades de hacer algo bueno por alguien no siempre esperan a que uno lo piense con calma. Si lo hubiera pensado más de dos días, seguramente me habría convencido a mí mismo de que no era asunto mío, y habría dejado pasar la ocasión.

—Me alegro de que no lo pensaras más de dos días, entonces.

—Yo también, Soledad. Yo también.

Diez días después, cuando por fin llegaron los resultados de la prueba de acceso, Sole los leyó sentada en su cama, con el móvil temblándole ligeramente en la mano, y descubrió que había aprobado, con una nota que ni en sus mejores previsiones se había atrevido a imaginar.

Llamó primero a su madre, que lloró de una manera que Sole no la había visto llorar desde la marcha de su padre, aunque esta vez las lágrimas tenían un signo completamente distinto.

—Mi hija, la enfermera —repetía su madre, entre lágrimas y risas, por teléfono—. Vas a ser tú la que me cuide a mí cuando sea vieja, ¿eh? Vas a tener que aguantarme en el hospital, contándole a todo el mundo lo lista que eres.

—Mamá, todavía me queda todo el ciclo por delante. No adelantemos tanto.

—Déjame adelantarlo. Llevo un año entero esperando poder adelantarlo.

Sole colgó con una sonrisa que no se le borró de la cara durante un buen rato, pensando en las noches en que su madre había vuelto de limpiar oficinas de madrugada y se había sentado con ella en la cocina, en silencio, sin ofrecer consejos sobre cómo aguantar, solo compañía,

y en cómo aquel silencio compartido, sin que ninguna de las dos lo supiera entonces, había sido su propia manera de sostener a Sole durante los meses más difíciles.

Después, sin poder esperar hasta el domingo, cogió la bicicleta nueva y pedaleó hasta la plaza de las Acacias, encontrando a Aurelio en su banco de siempre, con la chaqueta de pana y el bastón apoyado al lado.

—¡Aprobé! —gritó, todavía a cierta distancia, sin poder contener la noticia ni un segundo más.

Aurelio se levantó, con una lentitud que contradecía la sonrisa enorme que se le había dibujado en la cara, y la abrazó con un cariño que ninguno de los dos había planeado del todo.

—Lo sabía —dijo, con la voz un poco tomada—. Lo supe desde el primer domingo que te vi. Tenías esa cara de quien no se rinde fácilmente, aunque en ese momento estuviera dudando de ello.

· · ·

Aquella noche, ya en casa, Sole pensó en todo lo que había cambiado en un año: la nota que había encontrado en un buzón que no era el suyo, la decisión de entregarla a un desconocido en lugar de tirarla, la amistad inesperada que había surgido de aquel gesto pequeño, y ahora, un año después,

una bicicleta nueva y un futuro en enfermería que empezaba a sentirse real por primera vez desde que había abandonado el instituto.

No podía saber, y quizás nunca llegaría a saberlo del todo, que la nota que había entregado a Don Aurelio aquel día había sido escrita, meses antes, por un hombre al borde de rendirse que había encontrado la fuerza para seguir adelante gracias al gesto de una desconocida con un paraguas.

No sabía que su propia decisión de aquel día —desviarse de su ruta para entregar un papel que no le pertenecía— había sido, sin que ella lo supiera, un eslabón más de una cadena que llevaba meses moviéndose por la ciudad, tocando vidas que nunca llegarían a conocerse entre sí, y que ahora,

de una manera que ella tampoco podía prever del todo, aquella misma cadena había vuelto a ella, multiplicada, en forma de una bicicleta eléctrica y un trabajo de fines de semana que le permitiría, por fin, dedicarse a lo que de verdad quería hacer con su vida.

Pedaleó a casa esa noche con las piernas ligeras y la cabeza llena de planes, pensando que quizás las cadenas de favores, después de todo, sí que tenían una manera de encontrar el camino de vuelta hasta quien las había puesto en marcha, aunque tardaran un año entero, y una bicicleta rota,

en conseguirlo.