10 EL LIBRO OLVIDADO
Tomás —no el mismo Tomás que llevaba veinte años viviendo en Canadá, aunque la ciudad, una vez más, insistiera en repetir los nombres— encontró el libro en el asiento de al lado, en el tren de las siete y cuarto que lo llevaba, cada jueves,
de la universidad a casa de sus padres para la cena semanal que su madre insistía en mantener pese a que Tomás ya tenía veintidós años y una independencia que a ella, visiblemente, todavía le costaba aceptar del todo.
Era una novela vieja, de tapa blanda ya blanda de verdad, con el lomo partido por la mitad de tanto abrirse siempre por las mismas páginas, y un título que Tomás reconoció vagamente de alguna lista de lecturas obligatorias del instituto, aunque nunca la había leído entera.
La cogió, más por curiosidad que por intención de quedársela, pensando en dejarla en objetos perdidos al llegar a la estación, y la abrió por la mitad, sin ningún propósito concreto.
Lo que encontró lo detuvo antes de poder cerrarla de nuevo: los márgenes de casi todas las páginas estaban llenos de anotaciones a lápiz, con una letra pequeña y algo temblorosa, del tipo de letra que Tomás asociaba, sin poder evitarlo, con la de su propio abuelo.
· · ·
Tomás estudiaba cuarto de Ingeniería Informática, una carrera que había elegido a los dieciocho años más por sentido práctico que por vocación real, y que ahora, a las puertas de terminarla, le generaba una ambivalencia que no sabía bien cómo resolver: no la odiaba, se le daba razonablemente bien,
y probablemente le abriría puertas laborales que agradecería en el futuro, pero tampoco sentía por ella ninguna pasión particular, y a veces se preguntaba, con una inquietud que procuraba no examinar demasiado a fondo,
si había elegido aquel camino porque de verdad lo quería o simplemente porque parecía la opción más razonable a los dieciocho años, cuando todavía no tenía ni idea de lo que de verdad le importaba.
Sus padres, ambos funcionarios con trabajos estables y horarios predecibles, habían recibido con alivio evidente su elección de carrera, un alivio que Tomás entendía y hasta agradecía, pero que también le pesaba de una manera difícil de explicar: la sensación de que su vida entera había sido,
hasta entonces, una sucesión de decisiones razonables tomadas para no decepcionar a nadie, sin que él mismo se hubiera detenido nunca a preguntarse, con total honestidad, qué habría elegido si el único criterio hubiera sido su propio deseo.
Su abuelo, Emilio, vivía solo desde hacía cuatro años, cuando había muerto la abuela de Tomás, y aunque la familia entera coincidía en que estaba «bien, dentro de lo que cabe», Tomás sabía, sin que nadie se lo hubiera dicho explícitamente,
que las visitas de la familia se habían ido espaciando con el tiempo, como suele ocurrir con las buenas intenciones cuando chocan contra la rutina de la vida diaria.
Tomás mismo llevaba más de dos meses sin visitar a su abuelo, aunque vivía a solo veinte minutos en metro, una distancia que en su cabeza siempre parecía mayor de lo que era en realidad cuando llegaba el momento de decidir si dedicar la tarde a la visita o a cualquier otra de las mil cosas que
parecían, en el momento, más urgentes.
De niño, Tomás había pasado veranos enteros en casa de sus abuelos, aprendiendo de Emilio a jugar al ajedrez, a identificar pájaros por su canto, a arreglar pequeñas averías domésticas con una paciencia que su abuelo parecía tener en cantidades ilimitadas.
Aquella cercanía se había ido diluyendo con los años, como suele ocurrir cuando la adolescencia y después la universidad llenan la vida de urgencias propias, y Tomás sentía, cuando se permitía pensarlo con honestidad, una vaga culpa por haber dejado que la relación se enfriara tanto,
sin que mediara ningún distanciamiento real, solo la erosión silenciosa de la falta de tiempo.
· · ·
Las anotaciones del libro no eran comentarios académicos ni correcciones gramaticales, sino algo mucho más personal: reflexiones que el lector anónimo había ido dejando en los márgenes a lo largo de lo que parecían múltiples relecturas a lo largo de los años, algunas fechadas incluso,
con años que abarcaban más de tres décadas.
Junto a un pasaje sobre un personaje que dudaba si declararse a la mujer que amaba, alguien había escrito, con una letra que en esa fecha debía de ser más firme: «Yo tardé seis meses en atreverme con Pilar. Ojalá hubiera sido más rápido, nos habríamos ahorrado seis meses de tontear sin decir nada».
Junto a una escena de una pareja mayor discutiendo sobre una decisión importante, la misma letra, ya más temblorosa, con una fecha treinta años posterior: «Pilar y yo discutimos así, por la mudanza. Ella tenía razón, como casi siempre.
Ojalá se lo hubiera dicho más veces en vida en lugar de guardármelo para las páginas de un libro que ella nunca leyó conmigo».
Más adelante, junto a un pasaje sobre la vejez de uno de los personajes secundarios, encontró una anotación más reciente, con una letra ya visiblemente temblorosa: «Hoy cumplo setenta y cinco. Pilar lleva tres muerta. Cristina vino a comer, trajo a los niños. Fue un buen día,
de los que ya no doy por sentados».
Y unas páginas después, la última anotación del libro, fechada apenas un año antes de la nota de venta: «Me mudo a la residencia la semana que viene. No sé si me llevaré este libro o no. Quizás sea hora de dejar ir algunas cosas, aunque duela».
Tomás leyó aquella última anotación dos veces, sentado en el tren mientras las luces de la ciudad empezaban a encenderse al otro lado de la ventana, sintiendo una punzada de algo parecido a la vergüenza ajena, la sensación incómoda de estar leyendo algo demasiado íntimo,
escrito para nadie más que para el propio lector, y sin embargo no pudo dejar de seguir pasando páginas, buscando más fragmentos de aquella conversación silenciosa entre un hombre y los márgenes de un libro que llevaba, evidentemente, media vida acompañándolo.
· · ·
Al llegar a la última página, encontró, doblado dentro de la contraportada, un papel más reciente que el resto: un resguardo de una librería de viejo, con una fecha de hacía apenas ocho meses, y en el reverso, escrito a mano con una letra distinta, más joven, una nota breve: «Papá,
he vendido algunos de tus libros duplicados a la librería de la esquina, como hablamos. Espero que no te importe. Con cariño, C.»
Aquello le dio a Tomás la primera pista real: el libro había sido vendido, probablemente durante una mudanza o una reorganización de una casa, y de alguna manera había terminado en manos de otro lector, que a su vez lo había dejado olvidado en un tren,
sin darse cuenta quizás de lo que llevaba entre las páginas, o sin saber lo que aquellas anotaciones significaban para quien las había escrito.
Tomás se bajó del tren esa noche con el libro guardado en la mochila, sin haber decidido del todo qué hacer con él, pero incapaz de dejarlo atrás en objetos perdidos, como había planeado en un principio.
Durante la cena con sus padres, apenas prestó atención a la conversación habitual sobre el trabajo de su padre y los cotilleos del barrio que su madre siempre traía a la mesa, dándole vueltas a la idea de buscar la librería del resguardo al día siguiente,
para ver si alguien allí recordaba de dónde había salido el libro.
—Estás muy callado hoy —le dijo su madre, sirviéndole más ensalada sin que él la hubiera pedido, un gesto tan automático en ella que Tomás ya ni lo registraba conscientemente.
—Encontré un libro raro en el tren. Con anotaciones de otra persona. Estoy dándole vueltas.
—¿Qué clase de anotaciones?
—Sobre su mujer. Lleva muerta unos años, creo. Escribía cosas para ella en los márgenes.
Su padre, que hasta ese momento había estado más pendiente del plato que de la conversación, levantó la vista con un interés genuino.
—Qué cosa más triste y más bonita a la vez.
—Eso mismo pensé yo.
No dijeron mucho más sobre el tema durante el resto de la cena, pero Tomás notó, o quizás se lo imaginó, que su padre se quedó pensativo un rato más de lo habitual, con la mirada perdida en algún punto de la mesa.
· · ·
La librería, una tienda pequeña de segunda mano en una calle estrecha del centro, olía a papel viejo y a madera encerada, con estanterías que llegaban hasta el techo y pasillos tan estrechos que Tomás tuvo que caminar de lado para no tirar ninguna pila de libros apoyada contra las baldas.
El dueño, Gerardo, un hombre de unos sesenta años con gafas de pasta y un jersey que parecía llevar puesto desde hacía décadas, resultó tener una memoria sorprendentemente buena para los detalles de sus adquisiciones.
—Ah, sí, me acuerdo de esa compra —dijo, después de que Tomás le explicara, algo torpemente, el motivo de su visita, mostrándole el resguardo—.
Vino una mujer, hace unos ocho meses, con varias cajas de libros de su padre.
Dijo que se mudaba a una residencia y que no podía llevárselos todos.
Compré casi toda la caja, la verdad, buena parte eran ediciones interesantes, algunas de coleccionista.
—¿Recuerda el nombre del padre? ¿O de la residencia?
Gerardo se rascó la cabeza, pensativo, mirando hacia el techo como si allí guardara sus recuerdos más antiguos.
—El nombre no, la verdad. Trato con demasiada gente para acordarme de todos los nombres. Pero la mujer mencionó la residencia, algo con «Robles», creo. Los Robles, quizás. Está aquí cerca, en la zona norte.
—Muchísimas gracias. Me ha ayudado mucho.
—No hay de qué. Y oye, si el dueño del libro quiere vender el resto de la colección, que me lo diga. Había un par de ediciones ahí que me habría gustado quedarme para mi propia estantería.
· · ·
Tomás llegó a la residencia Los Robles al día siguiente, después de las clases, con el libro todavía en la mochila y una sensación de estar haciendo algo un poco absurdo que no conseguía sacudirse del todo.
En recepción, le explicó a una auxiliar joven, Nieves, el motivo de su visita, mostrándole el libro y explicando la búsqueda que lo había llevado hasta allí.