La mujer que prestó un paraguas 9 LA CAMARERA QUE TODO LO VE #2
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9 LA CAMARERA QUE TODO LO VE #2

exactamente como le ocurría a tantos clientes cuyas conversaciones ella observaba desde fuera sin participar nunca del todo.

Carmen y ella habían sido amigas desde el colegio, aunque el contacto entre ellas se había reducido, con los años y la distancia, a mensajes ocasionales, felicitaciones de cumpleaños y algún comentario compartido sobre alguna noticia del barrio.

Carmen se había mudado a Canadá hacía quince años, siguiendo a su propio marido, y aunque nunca había hablado mucho de Tomás con Elvira —era, después de todo, un tema delicado que ambas preferían no remover—, evidentemente el destino,

o la simple casualidad de vivir en el mismo país que un antiguo conocido común, los había cruzado.

No supo, en un primer momento, qué hacer con la información.

Habían pasado más de veinte años. Tomás tendría ahora cincuenta y cuatro, cincuenta y cinco años, viudo, viviendo en un país al que ella nunca había ido, con una vida entera construida sin ella de la que Elvira no sabía absolutamente nada más allá de lo que Carmen le acababa de contar.

Parecía absurdo, casi adolescente, permitirse siquiera la fantasía de que aquel mensaje pudiera significar algo más que una curiosidad pasajera de un hombre que, veinte años después, se había topado por casualidad con el nombre de una antigua novia.

Y sin embargo, no podía dejar de pensar en ello. Se pasó el resto de la tarde sirviendo mesas con una distracción que no era propia de ella, olvidando un pedido, confundiendo dos cafés, algo que no le sucedía desde hacía años y que su compañera de turno, Yolanda, no dejó pasar sin comentario.

—¿Qué te pasa hoy? Llevas toda la tarde en las nubes.

—Nada. Cosas mías.

—Como quieras. Pero como se te vuelva a olvidar un pedido, te lo voy a preguntar otra vez.

· · ·

Fue esa misma noche cuando Marta entró en La Vieja Estación, algo que llevaba haciendo, de manera cada vez más habitual, desde hacía unos meses: después de turnos especialmente largos en el hospital, en lugar de ir directa a casa, paraba un rato en aquella cafetería de camino,

se tomaba algo caliente, y dejaba que el ruido ajeno de la sala —conversaciones que no le concernían, risas de otras mesas— le sirviera de transición suave entre el hospital y su propia casa vacía.

Elvira la conocía ya de vista, una clienta habitual de esas que no piden gran cosa ni dan mucha conversación, pero que devuelven siempre el mismo saludo amable, con la sonrisa cansada de quien viene de trabajar muchas horas seguidas.

—¿Lo de siempre? —preguntó Elvira, acercándose a su mesa.

—Sí, gracias.

Elvira se quedó un momento más de lo habitual, con la libreta de comandas todavía en la mano, y Marta, con esa capacidad de observación que su profesión le había afinado durante años, notó algo distinto en la expresión de la camarera.

—¿Está usted bien? —preguntó Marta, con la naturalidad de quien hace esa pregunta profesionalmente varias veces al día, pero que la hacía también, en su vida privada, con una sinceridad genuina que pocas personas se molestaban en ofrecer a una desconocida.

Elvira dudó un momento, sorprendida de que alguien se lo preguntara, y más sorprendida aún de sentir ganas de responder de verdad.

—He recibido una noticia rara hoy. De alguien de hace mucho tiempo. No sé muy bien qué hacer con ella.

—¿Quiere hablar de eso, o prefiere que la deje tranquila?

· · ·

Se sentó, casi sin darse cuenta de que lo estaba haciendo, aprovechando un momento de calma en la sala, y le contó a Marta —una desconocida, una clienta cualquiera, alguien con quien probablemente no volvería a tener una conversación así de nuevo— la historia de Tomás, de Canadá,

de su madre enferma, de la decisión que había tomado veintitrés años atrás y que, hasta ese mismo día, nunca había cuestionado del todo en voz alta ante nadie.

—Y ahora no sé si escribirle —terminó Elvira—. Parece una tontería, a mi edad, con la vida que tengo ya hecha. Igual ni se acuerda bien de mí. Igual solo fue una pregunta de cortesía.

Marta la escuchó con esa atención completa que su trabajo le había enseñado a ofrecer incluso cuando estaba cansada, y pensó, sin poder evitarlo, en su propia vida, en las decisiones pequeñas que a veces cambian el rumbo de las cosas sin que nadie las note en el momento:

un paraguas prestado un día de lluvia, un giro tomado dos calles antes de lo habitual.

—Puedo decirle una cosa que veo todos los días en mi trabajo —dijo, finalmente—.

La gente casi nunca se arrepiente de las cosas que intentó y no salieron bien.

Se arrepiente, sobre todo, de las que ni siquiera intentó.

He visto morir a personas con setenta, ochenta años, y las que se van en paz no son las que acertaron siempre, sino las que, al menos, se atrevieron a preguntar.

—¿Y si pregunto y la respuesta es que no?

—Entonces sabrá la respuesta. Ahora mismo no sabe nada, y lleva veintitrés años sin saber nada. Yo no sé si eso es mejor o peor que un no. Pero por lo menos, un no, se puede llorar y superar. Una duda de veintitrés años, en cambio, no se termina nunca del todo.

· · ·

Elvira se quedó pensando en esas palabras durante el resto del turno, sirviendo mesas con la mitad de la cabeza puesta en otro sitio, y aquella noche, ya en casa, después de darle muchas vueltas, abrió el teléfono y escribió un mensaje corto,

sin la elaboración de quien lleva días redactando algo en su cabeza, sino con la simplicidad de quien por fin se permite decir algo que llevaba mucho tiempo callado:

«Hola, Tomás. Soy Elvira. Me enteré de que preguntaste por mí. Siento mucho lo de tu mujer. Si te apetece hablar alguna vez, aunque sea solo para saber cómo nos ha ido a cada uno estos años, aquí estoy».

Lo envió antes de poder arrepentirse, y se quedó mirando el teléfono un buen rato, con el mismo tipo de nerviosismo que no sentía desde hacía más de dos décadas, preguntándose si la respuesta llegaría, y si llegaría pronto, o si aquel mensaje se quedaría, como tantas otras cosas en su vida,

esperando una respuesta que quizás nunca llegara.

Se acostó sin apagar el sonido del teléfono, algo que no hacía desde hacía años, por si acaso, y se despertó dos veces durante la noche comprobando la pantalla sin ninguna notificación nueva esperándola.

A las siete de la mañana, cuando ya se preparaba para otro turno más en La Vieja Estación, el teléfono vibró por fin.

«Elvira. No hay un día que no haya pensado en ti, aunque no lo creas. Me encantaría hablar. ¿Tienes un momento hoy para una llamada?»

Elvira leyó el mensaje de pie en su cocina, con el café todavía sin hacer, y sintió que algo se le aflojaba en el pecho, un nudo que llevaba tanto tiempo ahí que había dejado de reconocerlo como un nudo, asumiéndolo simplemente como parte del paisaje interior de su cuerpo.

No sabía todavía qué saldría de aquella llamada, si es que salía algo más allá de la conversación en sí.

Pero por primera vez en veintitrés años, no tenía miedo de averiguarlo.

· · ·

Fuera cual fuera el resultado de aquella llamada pendiente, Elvira sintió que ya había ganado algo con solo haberse atrevido a escribir el mensaje: la certeza tranquila de haber tomado, por una vez, una decisión con los ojos abiertos,

exactamente el tipo de decisión que llevaba veintitrés años observando en las vidas ajenas desde el otro lado de la barra, sin atreverse nunca a tomarla en la suya propia.

No podía saber tampoco que Marta, aquella nueva clienta de mirada atenta con la que apenas había cruzado unas palabras, llevaba ella misma, sin saberlo del todo, cargando en su propia guantera una nota de un desconocido,

el primer eslabón de una cadena de pequeños gestos que llevaba meses moviéndose por la ciudad sin que ninguna de las dos tuviera manera de ver el recorrido completo.

Elvira solo sabía que aquella noche, por primera vez en veintitrés años, se había atrevido a preguntar.

Y que fuera cual fuera la respuesta, ya no tendría que preguntarse, cada vez que un cliente le contara una historia de amor postergado, si ella misma habría tenido el valor de hacer lo mismo.