7 LA CITA QUE NO ERA #2
Bruno se quedó callado un momento, con la taza de café ya fría entre las manos, dándole vueltas a algo que llevaba tiempo evitando pensar con claridad: la oferta que le había hecho, hacía apenas dos semanas, un antiguo compañero de universidad, Gonzalo,
que ahora trabajaba en un estudio de arquitectura en Lisboa, buscando gente para un proyecto de seis meses, ampliable, con condiciones mejores de las que tenía en su estudio actual y, sobre todo, con la promesa de participar en el diseño desde cero, no solo en la ejecución de planos ajenos.
Había respondido a Gonzalo con evasivas, diciendo que se lo pensaría, sin ninguna intención real de pensárselo del todo, porque la sola idea de mudarse de nuevo, de dejar otra vez lo conocido por algo incierto, le producía el mismo vértigo que había sentido año y medio antes con Claudia.
Llevaba, de hecho, catorce días abriendo aquel correo cada noche antes de dormir, releyendo la propuesta, calculando ventajas y desventajas en una lista mental que nunca llegaba a ninguna conclusión definitiva, y cerrando la pestaña sin responder, aplazando la decisión un día más,
como llevaba aplazando, sin quererlo reconocer del todo, la pregunta más grande de fondo: si aquel trabajo de delineante, cómodo y seguro, era de verdad lo que quería para el resto de su vida, o simplemente lo que le había resultado más fácil no cambiar.
—Tengo una oferta de trabajo en Lisboa —dijo, casi sin darse cuenta de que lo estaba diciendo en voz alta—. Llevo dos semanas sin responder.
—¿Y qué es lo que te frena?
—Lo mismo que me frenó con Claudia, creo. El miedo a que salga mal y me quede sin nada de lo que tenía antes.
—¿Y qué tienes ahora, exactamente, que te daría tanto miedo perder?
La pregunta se quedó flotando entre ellos un momento, sin que Bruno encontrara una respuesta rápida.
Pensó en su piso, en su rutina, en el estudio donde llevaba siete años dibujando planos ajenos sin haber diseñado nunca nada completamente suyo, en las tardes de domingo que se parecían tanto unas a otras que a veces le costaba distinguir qué semana del año estaba viviendo.
—La verdad —dijo, al final—, no tengo muy claro que sea tanto como para darme tanto miedo perderlo.
Al sonrió, con una sonrisa que a Bruno le pareció, de repente, la de alguien que ya había tenido exactamente esa misma conversación consigo misma, años atrás, en algún momento decisivo de su propia vida.
—Pues ya tienes la respuesta, ¿no?
· · ·
Fue entonces cuando Bruno, mirando hacia la barra, vio a Elvira, la camarera, observándolos con una media sonrisa discreta mientras servía otra mesa, la clase de sonrisa de quien lleva años viendo primeras citas, malentendidos,
rupturas y reconciliaciones en las mismas cuatro mesas junto a la ventana, y ya ha aprendido a reconocer, con solo un vistazo, cuáles de esas conversaciones van a cambiar algo de verdad y cuáles se van a olvidar antes de que se enfríe el café.
Elvira llevaba veintidós años trabajando en La Vieja Estación, más tiempo del que había durado ningún otro empleo, ninguna otra relación, casi ninguna otra cosa en su vida, y en todo ese tiempo había desarrollado una especie de sexto sentido para las conversaciones que ocurrían en sus mesas,
un instinto que le permitía distinguir, sin necesidad de escuchar una sola palabra, entre una charla intrascendente y un momento verdaderamente importante en la vida de alguien.
Había visto a Bruno sentarse en la mesa equivocada, había visto el instante exacto en que ambos se dieron cuenta del error, y había esperado, con la curiosidad profesional de quien ha aprendido a disfrutar de los pequeños dramas ajenos sin necesidad de intervenir en ellos,
a ver si se marchaban de inmediato o se quedaban charlando.
Se habían quedado. Eso, en su experiencia, solía significar algo.
—Creo que debería ir a rescatar mi cita de verdad —dijo Bruno, levantándose por fin, con una mezcla de urgencia y pena de tener que cortar aquella conversación—. Lleva ya mucho rato esperando, y encima le he arruinado la tarde sin querer.
—Ve. Y suerte con Lisboa, decidas lo que decidas.
—Gracias, Al. De verdad.
—No me las des a mí. Dáselas a tu hermana, por elegir mal la cafetería para las citas a ciegas.
· · ·
Bruno se acercó a la otra mesa, donde la verdadera Alba llevaba ya casi media hora esperando con una paciencia que empezaba visiblemente a agotarse, y se disculpó con una torpeza sincera que, para su sorpresa, ella recibió con más gracia de la que esperaba.
—Ya me extrañaba que Marga me hablara tan bien de alguien capaz de sentarse en la mesa equivocada durante veinte minutos sin darse cuenta —dijo Alba, con una sonrisa que suavizaba el reproche—. Menos mal que al final has venido a rescatarme.
—Lo siento de verdad. Ha sido un despiste tonto.
—No pasa nada. Al menos parece que la conversación te ha ido bien, por lo que se veía desde aquí.
Bruno no supo qué responder a eso, un poco avergonzado de que su torpeza hubiera sido tan visible desde la otra mesa, y cambió de tema con la excusa de pedir algo de beber.
La cita, la de verdad, resultó agradable, sin sobresaltos, del tipo de primera cita que no promete gran cosa pero que tampoco decepciona: hablaron de yoga, del trabajo de fisioterapeuta de Alba, de series que ambos habían visto, con una conversación fluida pero sin esa chispa particular que Bruno,
para su propia sorpresa, sí había sentido en los veinte minutos accidentales con la otra mujer.
Terminaron despidiéndose con la vaga promesa de repetir alguna vez, una promesa que ninguno de los dos, en el fondo, tenía muchas ganas de cumplir.
Pero Bruno no dejó de pensar, durante el resto de la noche, en la otra conversación, la que no debería haber sucedido, la del malentendido que se había alargado veinte minutos de más.
Llegó a casa, se preparó una infusión que no tenía especial interés en beber, y se sentó en el sofá con el portátil sobre las rodillas, sin encender la televisión de fondo como hacía casi todas las noches, necesitando, por una vez, el silencio completo para pensar con claridad.
Abrió el correo electrónico y releyó la oferta de Lisboa que llevaba dos semanas sin responder, cada línea ya tan conocida que casi podría haberla recitado de memoria: el proyecto, las condiciones, la fecha límite para responder, que quedaba a solo tres días.
Pensó en Al, en su lunes cualquiera que se había convertido en el principio de todo lo demás, en la manera en que había dicho «prefiero equivocarme tomando mis propias decisiones que acertar siguiendo las de otro» con una convicción que a Bruno, en ese momento, le había parecido casi envidiable.
Pensó también en Claudia, en Ámsterdam, en la vida paralela que podría haber tenido si hacía año y medio hubiera decidido acompañarla, y se dio cuenta, con una claridad que no había sentido en meses, de que el miedo que sentía ahora frente a Lisboa era exactamente el mismo miedo,
con otro nombre y otra ciudad, que lo había frenado entonces.
Y de que aquel miedo, cada vez que ganaba, no le dejaba a cambio ninguna certeza sólida: solo más tardes de domingo parecidas entre sí, más planos firmados por otros, más preguntas que se repetían sin encontrar nunca una respuesta definitiva.
Llamó a Marga antes de decidirse del todo, casi a medianoche, sabiendo que ella seguiría despierta.
—¿Qué tal la cita? —preguntó Marga, nada más descolgar.
—Bien. Rara, pero bien. Oye, ¿te acuerdas de que te comenté lo de Lisboa hace unas semanas?
—Sí. Nunca me dijiste qué habías decidido.
—Creo que voy a aceptar.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, seguido de una risa sorprendida.
—¿En serio? ¿Qué te ha hecho cambiar de idea así, de repente?
—Es una historia un poco rara. Te la cuento otro día con calma. Pero sí, creo que voy a aceptar.
—Pues me alegro muchísimo, hermanito. Ya iba siendo hora.
Esta vez, en lugar de cerrar la pestaña sin hacer nada, como había hecho las últimas catorce veces que la había abierto, escribió una respuesta.
· · ·
No sabría nunca que Elvira, la camarera de La Vieja Estación, llevaba años observando ese tipo de escenas desde la barra sin que casi nadie reparara en ella —los clientes hablaban de sus vidas, de sus dudas, de sus decisiones más importantes,
a pocos metros de una mujer que servía cafés y se quedaba con fragmentos de cientos de historias ajenas que nunca contaría a nadie—, ni que aquella tarde, mientras limpiaba la mesa que Bruno y la mujer equivocada habían dejado vacía, Elvira había pensado, sin poder evitarlo, en su propia vida,
en las decisiones que ella misma había dejado de tomar hacía mucho tiempo por el mismo miedo que acababa de ver disolverse, delante de sus ojos, en la conversación de dos desconocidos que ni siquiera debían haberse sentado juntos.
Tampoco podía saber Bruno, mientras le daba a enviar a aquel correo aceptando la propuesta de Lisboa, que la mujer que lo había ayudado a tomar aquella decisión —una desconocida cuyo apellido nunca llegaría a saber, con la que probablemente no volvería a cruzarse en su vida— llevaba, a su vez,
años esperando sin saberlo una señal parecida, un empujón pequeño que la ayudara a hacer las paces con sus propias decisiones pasadas, y que se lo había encontrado, de manera igual de accidental, en la sorpresa genuina de un hombre que se había sentado en la mesa equivocada.
Meses después, ya instalado en Lisboa, trabajando por fin en un proyecto que llevaba su firma junto a la de Gonzalo, Bruno pensaría de vez en cuando en aquella tarde en La Vieja Estación, sin poder explicarle a nadie, ni siquiera del todo a sí mismo,
por qué una conversación de veinte minutos con una desconocida había pesado más en su decisión que dos semanas enteras de cálculos y listas de ventajas y desventajas.
Llegaría a la conclusión, con el tiempo, de que algunas decisiones no se toman por acumulación de argumentos, sino por el empujón preciso de alguien que, sin proponérselo, dice en voz alta exactamente lo que uno necesitaba escuchar en el momento exacto en que más falta hacía.