7 LA CITA QUE NO ERA
—Se llama Alba, tiene treinta y dos años, es fisioterapeuta, y si no le gustas en los primeros diez minutos, te lo va a decir a la cara, así que ve preparado —le había dicho Marga, su hermana, dos días antes, con esa mezcla de entusiasmo y advertencia que ponía siempre que organizaba algo—.
Es compañera de yoga. Buena gente. Y está soltera, que ya es más de lo que puedo decir de la mayoría de la gente que conozco.
Bruno —no el mismo Bruno que cargaba cajas en el almacén de bebidas donde trabajaba Julián, aunque la ciudad, una vez más, insistiera en repetir los nombres con una frecuencia que a veces resultaba casi cómica— tenía treinta y un años y llevaba, según su hermana,
«demasiado tiempo sin intentarlo en serio», una frase que a él le sonaba a reproche aunque Marga insistiera en que no lo era.
Trabajaba como delineante en un estudio de arquitectura pequeño, un empleo estable pero sin demasiado brillo, del tipo que uno acepta a los veinticuatro años pensando que será temporal y que, sin darse cuenta, se convierte en la columna vertebral de una década entera.
Había estudiado arquitectura con la ilusión de diseñar algún día edificios propios, proyectos que llevaran su firma de principio a fin, pero la realidad del mercado laboral lo había llevado, como a tantos compañeros de promoción,
a un puesto de delineante donde pasaba las horas dibujando y corrigiendo los planos que otros firmaban, una tarea que dominaba con una eficiencia casi mecánica pero que cada vez le costaba más disociar de una sensación de estancamiento que no sabía bien cómo nombrar.
Llevaba año y medio sin salir con nadie, desde que Claudia, su última pareja, se había mudado a Países Bajos por un contrato de dos años que los dos sabían, sin decírselo del todo en su momento, que terminaría con la relación de una manera u otra.
Habían estado juntos cuatro años, suficiente tiempo como para que la ruptura, aunque civilizada y sin gritos, dejara un vacío que Bruno todavía notaba en las cosas más tontas: el lado de la cama que ya no ocupaba nadie, la costumbre de cocinar para dos que había tardado meses en desaprender,
las llamadas de los domingos que se habían ido espaciando hasta desaparecer del todo, sin que ninguno de los dos decidiera formalmente cortarlas, simplemente dejaron de producirse.
Aceptó la cita más por cansancio de las insistencias de Marga que por verdadera ilusión, y quedaron en La Vieja Estación, una cafetería del centro con mesas de madera desgastada y una camarera de mediana edad, Elvira, que llevaba allí, según los rumores del barrio,
más años de los que nadie se molestaba en contar.
Marga llevaba meses insistiendo, con la determinación de una hermana mayor que se ha propuesto arreglar la vida sentimental de su hermano pequeño como quien se propone terminar un puzle a medias.
Había sido ella quien, después de la separación con Claudia, había estado más pendiente de Bruno de lo habitual, llamándolo con excusas variadas para asegurarse de que comía bien, de que salía de casa,
de que no se quedaba encerrado en el piso los fines de semana enteros viendo partidos que ni siquiera le interesaban del todo.
Bruno le agradecía la preocupación, aunque a veces la insistencia con las citas a ciegas le resultara más agotadora que reconfortante.
—No tienes que casarte con ella —le había dicho Marga, la noche antes—. Solo tienes que ir, tomarte un café, y ver qué pasa. Si no hay conexión, pues nada, y ya está. Pero al menos lo intentas.
—Ya lo sé, Marga. Voy a ir.
—Más te vale. Le he hablado tan bien de ti que como no aparezcas, quedo yo fatal.
· · ·
Llegó diez minutos tarde, un margen que le pareció razonable para una primera cita organizada por terceros, y escaneó la sala buscando a una mujer que encajara con la descripción vaga que Marga le había dado: «morena, pelo corto, seguramente con una revista o un libro,
porque odia estar sin hacer nada mientras espera».
La vio enseguida, o eso creyó: una mujer morena de pelo corto, sentada sola en una mesa junto a la ventana, con un libro abierto delante que no parecía estar leyendo del todo, la mirada perdida en la calle con una expresión que a Bruno le pareció, en aquel primer vistazo,
una mezcla de paciencia y algo de tristeza contenida.
—¿Alba? —preguntó, acercándose con una sonrisa que esperaba que resultara simpática y no desesperada.
La mujer levantó la vista, sorprendida, y tardó un segundo de más en responder, un segundo que Bruno, en su nerviosismo, no supo interpretar como la señal de alarma que en realidad era.
—Sí, soy Alba —dijo ella, finalmente, con una sonrisa curiosa, casi divertida—. Aunque no sé quién eres tú.
—Soy Bruno. El de Marga.
—¿Marga?
—Mi hermana. Me dijo que quedaríamos aquí.
La mujer se rió, una risa breve y genuina, y negó con la cabeza.
—No conozco a ninguna Marga. Estoy esperando a alguien de una aplicación de citas, pero desde luego no te llamas como me habían dicho que se llamaba él.
· · ·
El malentendido tardó un par de minutos en aclararse del todo, entre risas incómodas y explicaciones cruzadas: había, en efecto, otra Alba en La Vieja Estación aquella tarde, sentada dos mesas más allá, cerca de la barra,
con el pelo recogido en una coleta que Bruno no había visto por estar mirando hacia la ventana, y aquella Alba —la de verdad, la compañera de yoga de Marga— llevaba ya un rato mirando hacia la puerta, preguntándose por qué su cita no llegaba, sin sospechar que su cita estaba a pocos metros,
hablando animadamente con otra mujer completamente distinta por error.
—Debería ir a buscarla —dijo Bruno, ya de pie, un poco abochornado—. Perdona la confusión. De verdad.
—No pasa nada —dijo la Alba equivocada, todavía sonriendo—. Ha sido lo más interesante que me ha pasado en toda la tarde, la verdad. Mi cita de la aplicación lleva veinte minutos de retraso y no contesta a los mensajes. Empezaba a pensar que me habían dado plantón.
Bruno dudó un momento, con esa incomodidad de quien no sabe si marcharse de inmediato es lo correcto o si sería una grosería abandonar a alguien en mitad de una conversación, por breve y accidental que hubiera sido.
—¿Quieres que te haga compañía cinco minutos, antes de que vaya a rescatar mi propia cita del desastre que acabo de montar? —preguntó, medio en broma.
—Me parece un trato justo.
· · ·
Se sentó, sin terminar de decidir si aquello era lo más adecuado, y en los siguientes minutos —que terminaron siendo bastantes más de cinco, aunque ninguno de los dos hizo mención al reloj— la conversación tomó un rumbo que ninguno de los dos había anticipado.
La mujer, que resultó llamarse también Alba, aunque insistió en que la llamaran Al para no confundirla más con la otra, tenía cuarenta y tres años, trabajaba en recursos humanos, y llevaba, según contó con una franqueza que sorprendió a Bruno,
casi un año usando aplicaciones de citas sin ningún resultado que mereciera la pena.
—¿Y tú qué? —preguntó Al, después de contarle brevemente su propia historia—. ¿Llevas mucho sin salir con nadie, o es la primera cita después de una ruptura?
—Año y medio. Se fue a Holanda por trabajo.
—¿Y por qué no te fuiste tú también?
La pregunta, hecha con la naturalidad de quien no tiene ningún interés oculto detrás porque en el fondo ambos sabían que aquello no iba a ninguna parte romántica, le llegó a Bruno de una manera que no esperaba.
Se quedó un momento pensando la respuesta, sorprendido de no tener una preparada, a pesar de que llevaba año y medio dándole vueltas al asunto en privado.
—No lo sé, la verdad. Me ofrecieron acompañarla.
Podría haber pedido una excedencia, o buscar trabajo allí, hay estudios de arquitectura en Ámsterdam que contratan gente de fuera.
Pero me dio miedo, supongo. Dejar el trabajo, dejar la ciudad, dejar todo lo conocido por algo que no sabía si iba a funcionar.
—¿Y ahora te arrepientes?
—Todos los días, un poco. Aunque también me digo a mí mismo que hice lo sensato.
Al lo miró con una expresión que Bruno no supo descifrar del todo, algo entre la comprensión y una especie de advertencia amable.
—Yo hice lo sensato durante quince años, con un trabajo que odiaba en una empresa que me exprimía, porque daba miedo dejarlo sin tener otra cosa segura esperando.
Cuando por fin lo dejé, con cuarenta años, sin ningún plan concreto, fue la mejor decisión de mi vida.
Tardé dos años en encontrar el camino de RRHH, que es lo que hago ahora y que me gusta de verdad.
Pero los quince años anteriores, todos esos años de hacer lo sensato, no me devuelven nadie, aunque me los pase reclamándoselos al tiempo.
—¿Y cómo supiste que era el momento de dejarlo? —preguntó Bruno, con un interés que ya no fingía tener solo por cortesía.
—No lo supe, la verdad. No hubo ningún momento de claridad total, ninguna señal del cielo.
Lo que hubo fue un lunes por la mañana, uno más entre cientos, en que me desperté y me di cuenta de que llevaba tres años enteros posponiendo mi propia vida a cambio de una nómina que, en el fondo, tampoco era tan buena como para justificar tanto sacrificio.
Ese lunes presenté la renuncia. No tenía ahorros para dos años sin sobresaltos, tuve que apretarme el cinturón más de lo que me hubiera gustado, y hubo meses en que me arrepentí muchísimo de la decisión.
Pero nunca, ni en los peores momentos de esos dos años de incertidumbre, me arrepentí tanto como me había arrepentido cada domingo por la noche, los quince años anteriores, pensando en el lunes que me esperaba.
—¿Y tus padres, tu familia? ¿Qué dijeron?
—Mi padre pensó que me había vuelto loca. Todavía hoy, si le preguntas, te dirá que fue una temeridad. Pero yo no vivo la vida de mi padre, ¿sabes? Vivo la mía. Y a estas alturas, con cuarenta y tres años, prefiero equivocarme tomando mis propias decisiones que acertar siguiendo las de otro.
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