La mujer que prestó un paraguas 8 EL PADRE QUE LLEGA TARDE
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8 EL PADRE QUE LLEGA TARDE

Diego llevaba toda la semana con la fecha marcada en rojo en el calendario de la cocina, subrayada dos veces, con una nota debajo escrita por Hugo mismo, con esa letra todavía torpe de siete años: «función de fin de curso, no llegues tarde papá».

La función era a las cinco de la tarde. Diego trabajaba, desde hacía seis años, como técnico de mantenimiento para una empresa de ascensores, un trabajo que consistía, la mayoría de los días,

en desplazarse de un edificio a otro reparando averías que casi nunca avisaban con antelación y que casi siempre, por alguna ley no escrita del universo, ocurrían en el peor momento posible.

Había pedido permiso para salir a las cuatro con dos semanas de antelación, se lo había recordado a su encargado, Fermín, en tres ocasiones distintas durante esa semana, y Fermín se lo había confirmado las tres veces con un «tranquilo, no hay problema»,

la clase de frase que en el mundo laboral de Diego solía significar exactamente lo contrario de lo que decía.

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Diego tenía cuarenta años y llevaba dos siendo padre soltero, desde que Rosa, su mujer, había muerto de un aneurisma cerebral una tarde de martes cualquiera, sin ningún síntoma previo, sin ninguna advertencia, mientras recogía a Hugo del colegio.

Había sido, según le explicaron después los médicos, uno de esos sucesos que no se pueden prevenir ni predecir, una tragedia sin culpables ni explicaciones satisfactorias, el tipo de cosa que le sucede a otras familias hasta que un martes deja de ser así.

Trabajaba de técnico de ascensores desde los veintitrés años, un oficio que había aprendido de su propio padre, también técnico, y que llevaba en la sangre con una mezcla de orgullo profesional y cansancio acumulado que solo entienden quienes pasan la vida reparando máquinas ajenas para que otros

puedan subir y bajar sin pensar ni un segundo en la complejidad mecánica que lo hace posible.

Le gustaba el trabajo, en general: la lógica de los mecanismos, la satisfacción de dejar funcionando algo que antes no lo hacía, la variedad de edificios y vecinos que conocía cada semana.

Lo que no le gustaba, desde que era padre solo, era la imprevisibilidad constante, la manera en que una avería cualquiera podía torcerle un día entero sin previo aviso, exactamente como estaba a punto de suceder aquella tarde.

Los primeros meses después de aquello habían sido, para Diego, una sucesión borrosa de trámites, de miradas de lástima de vecinos y compañeros de trabajo, de un silencio en casa que antes llenaba Rosa con su costumbre de cantar mientras cocinaba, y de un niño de cinco años que preguntaba,

cada noche durante semanas, cuándo iba a volver mamá, hasta que un día, sin que Diego supiera identificar exactamente cuál, dejó de preguntarlo, lo cual dolía de una manera distinta pero igual de honda que las preguntas mismas.

Habían salido adelante, los dos, con la ayuda intermitente de la abuela materna de Hugo, Pilar —no la misma Pilar que había sido esposa de Don Aurelio, aunque el mundo, otra vez, insistiera en repetir los nombres—, que vivía a dos horas en coche y que se desplazaba cuando podía,

y con una red pequeña pero sólida de vecinos y compañeros de colegio que se habían convertido, sin que nadie lo planeara formalmente, en la única red de seguridad real con la que contaba Diego para los días en que el trabajo y la crianza chocaban de frente,

como parecía que iba a ocurrir aquella tarde.

Pilar había querido, en los primeros meses después de la muerte de Rosa, que Diego y Hugo se mudaran con ella, ofreciéndose a ayudar con la crianza de una manera más constante de lo que la distancia permitía, pero Diego se había negado, con una determinación que sorprendió a la propia Pilar,

insistiendo en que Hugo necesitaba mantener su colegio, sus amigos, la única normalidad que le quedaba después de perder a su madre.

Con el tiempo, Pilar había aceptado aquella decisión, aunque seguía repitiéndole, cada vez que hablaban por teléfono, que la oferta seguía en pie si algún día Diego cambiaba de opinión.

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Aquella mañana, antes de salir a trabajar, Diego había repasado con Hugo las cuatro frases de su papel una última vez, mientras el niño desayunaba con el disfraz de explorador ya puesto sobre el pijama, incapaz de esperar hasta la tarde para probárselo.

—Papá, ¿vendrás en primera fila?

—Donde consiga sitio, hijo. Pero te veré, eso seguro.

—¿Y si llegas tarde?

—No voy a llegar tarde.

Hugo lo había mirado con esa seriedad desproporcionada que a veces adoptan los niños que ya han aprendido, demasiado pronto, que las promesas de los adultos no siempre se cumplen, y Diego había sentido, sin poder evitarlo,

la sombra de aquella seriedad pesándole en el pecho durante todo el trayecto hasta el primer aviso de la mañana.

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A las tres y media, cuando Diego ya estaba recogiendo sus herramientas en el último edificio de la mañana, calculando que le sobraba tiempo de sobra para ducharse en casa y llegar puntual a la función, sonó el teléfono de la empresa.

—Diego, tenemos un problema en la calle Alameda 45 —dijo Fermín, con esa voz apurada que Diego había aprendido a temer con los años—. Un ascensor atascado entre plantas, con gente dentro. Dicen que hay una señora mayor y un niño pequeño.

—Fermín, tengo la función de mi hijo a las cinco.

—Ya lo sé, ya lo sé. Pero eres el único disponible ahora mismo, Raúl está en otro aviso al otro lado de la ciudad y no llega antes de las cinco. Si no vas tú, tenemos gente atrapada durante quién sabe cuánto tiempo.

Diego se quedó un momento en silencio, con la llave inglesa todavía en la mano, calculando, con una angustia que le apretaba el pecho de una manera física y real, las opciones que tenía delante: ignorar el aviso y arriesgarse a que despidieran a alguien —a él mismo, probablemente,

dado el historial de faltas que ya arrastraba desde la muerte de Rosa, cuando había tenido que ausentarse más de lo que a la empresa le había parecido razonable— o acudir al aviso y arriesgarse a perderse la función de Hugo, la primera en la que su hijo tenía un papel con texto propio,

apenas cuatro frases, pero cuatro frases que Hugo llevaba semanas ensayando en casa frente al espejo con un orgullo que a Diego se le clavaba en el pecho cada vez que lo veía.

—Voy para allá —dijo, finalmente, con la voz más entera de lo que sentía por dentro—. Pero necesito que alguien más venga a relevarme en cuanto pueda, sea quien sea.

—Haré lo que pueda.

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El ascensor de la calle Alameda 45 llevaba atascado, según descubrió Diego al llegar, casi cuarenta minutos, entre el segundo y el tercer piso, con una mujer de unos setenta años, visiblemente nerviosa, y su nieto de unos ocho,

que lloraba en silencio más por contagio del miedo de su abuela que por comprender del todo la gravedad de la situación.

—Tranquilos, ya estoy aquí, esto lo arreglamos enseguida —dijo Diego, con esa voz calmada que había aprendido, con los años, a fabricar incluso en los días en que él mismo no se sentía calmado en absoluto.

—Llevamos aquí una eternidad —dijo la mujer, con la voz temblorosa—. Mi nieto tiene que estar en el colegio dentro de media hora, tiene un examen.

Diego sintió, al oír aquello, una punzada de ironía amarga que no compartió en voz alta: allí estaba él, retrasando su propia obligación con su propio hijo, para ayudar a que otro niño llegara a tiempo a la suya.

La vida, pensó, tenía una manera particular de recordarle a la gente que las urgencias de los demás casi nunca esperan a que las nuestras se resuelvan primero.

—Vamos a sacarlos de aquí lo antes posible, se lo prometo. Pero necesito que no se muevan y confíen en mí, ¿de acuerdo?

El problema, sin embargo, resultó más complicado de lo esperado: un fallo en el sistema de frenado que requería no solo liberar la cabina manualmente, un procedimiento delicado que no se podía apresurar sin poner en riesgo a los ocupantes,

sino también revisar después todo el mecanismo antes de dar el ascensor por seguro para el resto de vecinos del edificio.

Diego trabajó con una concentración absoluta, consciente de cada minuto que pasaba, calculando mentalmente cuánto tiempo le quedaba antes de que la función empezara, mientras al mismo tiempo se obligaba a no apresurar un trabajo que, hecho mal, podía costarle la vida a alguien.

Liberó a la mujer y al niño a las cuatro y veinte, veinte minutos después de lo que había calculado en el mejor de los escenarios, y todavía le quedaba, según el protocolo de la empresa, revisar el mecanismo completo antes de dejar el ascensor operativo, un proceso que no podía saltarse sin más,

por mucho que el reloj corriera en su contra.

—Fermín, ¿hay alguien de camino? —preguntó, llamando de nuevo a la oficina, con una tensión en la voz que ya no se molestaba en disimular.

—Raúl está a quince minutos. En cuanto llegue, te vas.

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Raúl llegó a las cuatro y cuarenta, más tarde de lo que Diego había esperado, y Diego, sin esperar ni a quitarse el mono de trabajo del todo, salió corriendo hacia el coche, calculando desesperadamente que si no había demasiado tráfico, quizás, solo quizás,

podría llegar a tiempo para ver al menos el final de la función.

No hubo suerte con el tráfico. Una avenida cortada por obras —las mismas obras, quizás, que llevaban meses complicándole la vida a media ciudad, aunque Diego no tenía manera de saberlo ni le importaba en ese momento— lo obligó a un desvío de varios minutos que,

sumados a los minutos ya perdidos en el ascensor, convirtieron lo que debería haber sido un trayecto de quince minutos en una odisea de casi cuarenta, con Diego agarrado al volante con una angustia que apenas conseguía contener, mirando el reloj del salpicadero como si mirarlo pudiera,

de alguna manera, ralentizar el tiempo.

Llegó al colegio a las cinco y veinticinco. La función, según le confirmó una madre que salía ya del salón de actos con su propio hijo disfrazado de árbol, había terminado hacía diez minutos.

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