4 EL BANCO DE LA PLAZA #2
La niña se llamaba Ana. Aurelio lo sabía porque la madre la llamaba así, sin levantar apenas la vista del móvil, cada vez que se alejaba demasiado: «Ana, no tan lejos», con una voz que sonaba más a costumbre que a preocupación real.
Llevaban yendo a la plaza, madre e hija, casi todas las tardes desde hacía un par de semanas, y Aurelio, que tenía todo el tiempo del mundo para fijarse en los detalles que a los demás se les escapaban, había notado que la madre casi nunca jugaba con la niña.
No por desamor, sospechaba Aurelio, sino por ese agotamiento particular que no deja espacio para nada más, el mismo que había visto en Cristina en los años en que criaba sola a sus dos hijos mientras su marido viajaba por trabajo casi todas las semanas.
Ana, en cambio, tenía esa energía inagotable de los niños que todavía no han aprendido a estar cansados de verdad, y aquella tarde, después de rendirse en su persecución de la paloma,
se acercó al banco de Aurelio con la misma naturalidad con la que se acercaría a cualquier otro elemento del paisaje, sin la cautela que los adultos aprenden con los años.
—¿Por qué estás siempre solo? —le preguntó, sin ningún tacto, con esa honestidad brutal que solo tienen los niños antes de que alguien les enseñe a suavizar las preguntas incómodas.
Aurelio no se ofendió. Al contrario, le pareció una pregunta más sincera que la mayoría de las que le hacían los adultos.
—Porque mis amigos de mi edad ya no salen mucho a la calle —dijo—. Y porque me gusta ver pasar a la gente.
—¿Y no se aburre?
—A veces. Pero el aburrimiento no es tan malo como la gente cree. Da tiempo para pensar cosas.
Ana lo miró con una seriedad desproporcionada para su tamaño, como si estuviera evaluando la respuesta con un criterio muy exigente, y luego, sin decir nada más, se sentó en el otro extremo del banco, sacó de la mochila que llevaba colgada un cuaderno pequeño de dibujo y unos rotuladores,
y se puso a dibujar con la misma concentración feroz con la que antes había perseguido a la paloma.
· · ·
Se quedó así un buen rato, en silencio, mientras Aurelio la observaba de reojo sin querer interrumpir, preguntándose qué estaría dibujando con tanta dedicación.
Le recordaba, sin poder evitarlo, a Cristina de pequeña, que también se pasaba tardes enteras concentrada en sus dibujos mientras Pilar corregía exámenes en la mesa de al lado y él llegaba de trabajar oliendo a soldadura y a cable pelado.
Había algo reconfortante en ver esa misma concentración feroz en una niña que no conocía de nada, como si ciertas cosas —la manera en que los niños se entregan por completo a lo que están haciendo,
sin la distracción constante que acompaña a los adultos— no cambiaran demasiado de una generación a otra.
La madre, dos bancos más allá, seguía con el móvil, ajena a la escena, hasta que un mensaje —Aurelio no pudo evitar notarlo, aunque no era su intención fisgar— pareció alterarla de una manera visible: se llevó una mano a la frente, respiró hondo, y guardó el teléfono en el bolso con un gesto brusco,
casi de rabia contenida.
—Ana, nos vamos ya —dijo, levantándose, con una voz que intentaba sonar normal y no lo conseguía del todo.
—Un momento, mamá, que no he terminado.
—Ana.
—¡Ya voy!
La niña arrancó la hoja del cuaderno con cuidado, dobló las esquinas para que no se estropeara, y se acercó al banco de Aurelio antes de que su madre pudiera insistir de nuevo.
—Toma —dijo, tendiéndole el papel—. Es para ti. Para que no te aburras tanto.
Aurelio cogió el dibujo con las dos manos, con el mismo cuidado excesivo con el que había cogido, meses atrás, la nota de Sole.
Era un dibujo sencillo, de esos que hacen los niños de ocho años sin preocuparse demasiado por la perspectiva ni la proporción: un sol enorme en una esquina, unas cuantas nubes con forma de algodón, un banco —su banco, comprendió Aurelio con una emoción que no esperaba sentir por un garabato— y,
sentado en él, un hombrecito con el pelo blanco y una sonrisa que ocupaba media cara.
—Eres tú —explicó Ana, por si no había quedado claro—. Te he puesto sonriendo, aunque tú casi nunca sonríes. Pero en el dibujo sí, porque en los dibujos se puede.
—Ana, vámonos, por favor —insistió la madre, ya junto a ellos, con una impaciencia que a Aurelio le pareció, más que enfado, puro agotamiento acumulado.
—Ya voy, mamá, pesada.
—Ana.
—Adiós, señor. Vuelve a sonreír así, aunque sea de verdad alguna vez.
Y se fue corriendo hacia su madre, dejando a Aurelio con el papel en las manos y una sensación en el pecho que tardó un momento en identificar como algo parecido a las ganas de llorar, aunque no de tristeza exactamente, sino de esa clase de emoción que llega cuando algo te recuerda, sin avisar,
que todavía eres capaz de sentir cosas así.
· · ·
La madre —Aurelio nunca llegaría a saber su nombre, aunque la volvería a ver algunas tardes más, siempre con la misma prisa contenida, siempre con el móvil en la mano— pasó por su lado camino a la salida de la plaza, tirando de Ana con suavidad, y le dedicó a Aurelio una sonrisa breve,
casi de disculpa, del tipo que dedican los padres cansados cuando sus hijos hacen algo que no habían anticipado.
—Perdone si le ha molestado —dijo, sin detenerse del todo.
—Al contrario —respondió Aurelio, y quiso decir algo más, algo sobre lo mucho que había significado el gesto, sobre cómo un dibujo de una niña de ocho años acababa de conseguir lo que ninguna terapia ni ninguna visita dominical había logrado del todo en seis meses,
pero las palabras no le salieron a tiempo, y la mujer ya se alejaba, tirando de la mano de su hija, con la cabeza ya de vuelta en la pantalla del móvil y en lo que fuera que la había alterado minutos antes.
Aurelio se quedó un buen rato más en el banco, mucho después de su hora habitual de volver, mirando el dibujo bajo la luz cada vez más tenue del atardecer.
Pensó en Pilar, que habría sabido qué decir en ese momento, que siempre había tenido una manera de recibir los gestos pequeños con una gratitud que a Aurelio, más callado, más de adentro, le costaba expresar en el momento pero que sentía con la misma intensidad.
Recordó, sin buscarlo, una tarde muy parecida a aquella, décadas atrás, en que Cristina, con seis o siete años, le había traído un dibujo parecido después del colegio, y Pilar lo había pegado en la nevera con una ceremonia exagerada, como si fuera una obra maestra, mientras Aurelio, más pragmático,
solo había atinado a decir «qué bonito, hija», sin la efusividad que el momento probablemente merecía.
Se preguntó, con una punzada de algo parecido al arrepentimiento tardío, cuántos gestos así se le habrían escapado sin que él supiera reconocerlos a tiempo.
Pensó también, sin poder evitarlo, en la madre de Ana, en esa mezcla de cansancio y urgencia que le había reconocido enseguida, y se preguntó qué sería aquel mensaje que la había alterado tanto, qué carga llevaría encima esa mujer que apenas tenía tiempo de mirar a su propia hija jugar.
Aurelio no tenía manera de saberlo, ni de ayudarla, más allá de aquella sonrisa breve que le había devuelto en la puerta de la plaza.
Pero pensó, con la sabiduría tranquila de quien ha vivido lo suficiente para reconocer estas cosas, que una niña capaz de regalarle un dibujo a un desconocido triste en un banco probablemente encontraría, tarde o temprano, la manera de regalarle algo parecido a su propia madre,
sin que nadie se lo pidiera, de la misma forma espontánea.
· · ·
Volvió a la residencia ya de noche, más tarde de lo permitido oficialmente, y Nieves, al verlo entrar, le preguntó si estaba bien, con esa preocupación profesional que a veces se parecía sospechosamente al cariño de verdad.
—Estoy bien —dijo Aurelio, y esta vez, por primera vez en mucho tiempo, sintió que la frase no necesitaba ninguna reserva detrás.
Guardó el dibujo con cuidado en el cajón de la mesilla, junto a la nota de Sole, dos papeles doblados de dos desconocidas —una joven, una niña— que sin proponérselo, sin conocerse entre ellas, habían conseguido lo mismo: recordarle a un hombre de setenta y ocho años que todavía había motivos,
pequeños pero reales, para seguir bajando cada tarde las tres manzanas hasta su banco.
Antes de acostarse, pasó por la sala común, donde Ramírez lo esperaba con el dominó ya montado sobre la mesa, como cada noche.
—Llega tarde —dijo Ramírez, repartiendo las fichas—. ¿Ha pasado algo en su cita importante con el banco?
Aurelio sonrió, algo que Ramírez notó enseguida, porque llevaba meses jugando con él y no recordaba haberle visto esa expresión con tanta frecuencia.
—Una niña me ha hecho un dibujo.
—¿Y por eso esa cara?
—Por eso esta cara.
Ramírez no insistió más, se limitó a colocar su primera ficha con la parsimonia de siempre, y jugaron dos partidas casi en silencio, un silencio cómodo, del que no necesita llenarse con palabras para ser compañía de verdad.
Aurelio perdió las dos, distraído, pensando todavía en el hombrecito de pelo blanco sonriendo en el papel que ahora guardaba en su mesilla, y por primera vez en mucho tiempo, perder al dominó no le importó lo más mínimo.
No podía saber que aquella misma niña, esa misma noche, haría un segundo dibujo —distinto a este, pero nacido del mismo impulso— para su propia madre, y que ese segundo gesto llegaría a una cocina y a una nevera justo en el momento en que una madre agotada más lo necesitaba, cumpliendo,
para otra persona, exactamente la misma función silenciosa que el primero acababa de cumplir para él: la de un gesto pequeño, hecho sin cálculo, que llega justo cuando alguien más lo necesita, sin que el niño o el adulto que lo reciben tengan manera de saber cuánto pesaba, en realidad,
aquello que estaban aligerando.