5 EL DIBUJO EN LA NEVERA
El mensaje que Marina había leído en la plaza, mientras Ana perseguía una paloma con una fe inquebrantable en su propia velocidad, era de Héctor, su ex marido, y decía, con esa economía de palabras que a Marina siempre le había parecido una forma sutil de crueldad:
«Mi abogada dice que hay que revisar la pensión. Hablamos esta semana».
No era la primera vez que Héctor mandaba un mensaje así, pero cada vez conseguía el mismo efecto: un vacío repentino en el estómago, la sensación de que el suelo, ya de por sí inestable desde el divorcio, acababa de moverse otro poco más.
Llevaban separados catorce meses. Marina se había prometido a sí misma, la noche que firmaron los papeles, que no dejaría que Héctor siguiera teniendo ese poder sobre su cuerpo, sobre su capacidad de arruinarle una tarde entera con una frase de doce palabras.
Llevaba catorce meses fallando en esa promesa con una regularidad que empezaba a darle vergüenza.
No es que Héctor fuera un mal padre —eso, al menos, se lo reconocía, incluso en los peores momentos—: veía a Ana cada dos fines de semana, siempre puntual, siempre atento cuando estaba con ella.
El problema, si es que había un problema concreto y no simplemente el desgaste natural de dos personas que ya no encontraban la manera de hablarse sin fricción, era que Héctor parecía haber decidido, desde la separación, tratar todo lo relacionado con Marina como una negociación que había que ganar,
y cada mensaje suyo llevaba ese peso implícito, esa sensación de estar siempre un paso por detrás en una partida que ella ni siquiera recordaba haber aceptado jugar.
· · ·
Marina tenía treinta y seis años y trabajaba como gestora de cuentas en una aseguradora, un trabajo que había conseguido conservar, no sin esfuerzo, durante todo el proceso del divorcio, aunque su jefa, Patricia, la había avisado más de una vez,
con la delicadeza justa para no sonar a amenaza pero dejando claro el mensaje, de que los números de su cartera de clientes habían bajado desde el año anterior.
«Entiendo que estás pasando un mal momento», le había dicho Patricia hacía un mes, en su despacho con vistas a un aparcamiento, «pero necesito que la cosa se estabilice».
Marina había asentido, había dicho que por supuesto, que lo entendía, y había salido de aquel despacho con la misma sensación de estar sosteniendo demasiadas cosas a la vez que llevaba sintiendo desde hacía más de un año.
No había sido siempre así. Antes del divorcio, Marina había sido, según sus propias jefas de entonces, una de las gestoras más sólidas del departamento, capaz de mantener carteras de clientes difíciles con una calma que sus compañeros envidiaban abiertamente.
Pero los últimos catorce meses le habían enseñado que la calma no era un rasgo fijo de personalidad, sino un recurso que se gastaba, como cualquier otro, y que el suyo llevaba tiempo funcionando muy por debajo de sus reservas habituales.
Se despertaba cansada aunque durmiera ocho horas.
Cometía pequeños errores —una fecha mal apuntada, un correo enviado sin el adjunto— que antes jamás habría cometido, y cada uno de esos errores le costaba después una tarde entera de rumiación silenciosa, preguntándose si aquello era el principio de algo peor.
Al día siguiente de aquel mensaje de Héctor tenía, precisamente, una reunión con Patricia para revisar resultados trimestrales. Llevaba dos semanas temiéndola.
· · ·
Cuando llegaron a casa esa noche, Ana venía hablando sin parar, con esa energía que a Marina, en los días buenos, le parecía la cosa más bonita del mundo, y en los días malos —y aquel había sido, sin duda, un día malo— le costaba seguir sin sentir que le faltaban recursos.
—Mamá, ¿sabes qué? Le hice un dibujo a un señor del parque. Estaba solo en un banco, todo el rato solo, y le hice un dibujo para que no estuviera tan solo.
—Qué bonito, cariño —dijo Marina, sacando la compra de las bolsas con la mitad de la cabeza puesta en la reunión del día siguiente, calculando qué cifras podría presentar para suavizar la caída, qué palabras usar para que Patricia entendiera que aquello era temporal sin que sonara a excusa.
—Le puse sonriendo, aunque él casi nunca sonríe. Pero se lo dejé por si un día se le olvida cómo se hace.
—Qué buena idea. —Marina abrió la nevera, guardó la leche, comprobó de reojo la fecha de caducidad del yogur que llevaba tres días postergando tirar—. Anda, ve a lavarte las manos, que cenamos ya.
Ana se fue corriendo hacia el baño, sin percibir, o quizás percibiéndolo y decidiendo no darle importancia con esa sabiduría selectiva de los niños, que su madre no la había escuchado del todo.
· · ·
La cena fue rápida, casi mecánica: pasta con tomate, la conversación reducida a lo esencial —cómo había ido el cole, si tenía deberes, a qué hora había que acostarse—, y Marina, mientras fregaba los platos,
se sorprendió a sí misma pensando en el mensaje de Héctor con una intensidad que no dejaba espacio para pensar en mucho más.
Mientras fregaba, la llamó su hermana Cecilia, que vivía en otra ciudad y con quien hablaba casi todos los días, aunque fuera cinco minutos entre tarea y tarea.
—¿Qué tal el día? —preguntó Cecilia, con ese tono que ya anticipaba, por experiencia, que la respuesta no iba a ser especialmente buena.
—Héctor quiere revisar la pensión. Y mañana tengo la reunión con Patricia.
—Joder, Marina. ¿Todo el mismo día?
—Todo el mismo día.
—¿Necesitas que me pase este fin de semana?
—No hace falta, de verdad. —Marina apoyó la espalda contra la encimera, mirando por la ventana de la cocina hacia la calle ya oscura—. Solo necesito que este día termine.
—Pues termina ya, anda. Vete a dormir. Mañana lo vemos con la cabeza más despejada.
Marina colgó con la sensación, no nueva pero siempre reconfortante, de que al menos había alguien al otro lado del teléfono que sabía exactamente cuánto pesaba todo aquello sin que ella tuviera que explicarlo con detalle.
Calculó, sin poder evitarlo, cuánto le costaría un abogado propio si aquello se complicaba, cuánto tiempo llevaría sin poder pagar el alquiler si la pensión bajaba de verdad, cuánto tendría que trabajar para compensar cualquier recorte,
y en algún momento de aquel cálculo mental se dio cuenta de que llevaba tres minutos con las manos quietas dentro del agua, mirando un plato sin fregarlo.
Acostó a Ana a su hora habitual, le leyó dos páginas del libro que llevaban a medias —menos de las que solían leer, porque Marina no conseguía concentrarse en la lectura con la cabeza en otro sitio, y Ana, con esa generosidad silenciosa que a veces tienen los niños hacia sus padres cansados,
no protestó— y se fue a la cocina a prepararse algo caliente antes de intentar dormir, aunque sabía, por experiencia reciente, que dormir bien esa noche no era una opción muy probable.
· · ·
Lo que Marina no vio esa noche —porque estaba en la ducha, o porque estaba repasando por enésima vez el correo con los números trimestrales, o simplemente porque la cabeza no le daba para ver todo lo que pasaba en su propia casa— fue que Ana, antes de dormirse,
había sacado de nuevo el cuaderno de dibujo, esta vez con una intención distinta.
Había estado pensando en el señor del banco durante la cena, sin decirlo, dándole vueltas a la conversación que habían tenido, a la palabra «aburrimiento» que él había usado, a la manera en que se le había iluminado la cara al recibir el dibujo, una expresión que Ana,
sin tener el vocabulario exacto para explicarlo, había identificado como algo parecido a lo que sentía ella cuando alguien la sorprendía con un regalo pequeño y sincero.
Y había pensado, con esa lógica simple y aplastante que a veces tienen los niños, que si un dibujo había servido para alegrar a un señor triste en un banco, quizás también podría servir para alegrar a su madre, que últimamente sonreía menos de lo que Ana recordaba de hacía un año,
aunque nunca hubiera puesto en palabras esa observación ante nadie, ni siquiera ante sí misma con demasiada claridad.
Ana no entendía del todo lo que era un divorcio, ni una pensión, ni una reunión trimestral, pero entendía, con la claridad simple de sus ocho años, que su madre se reía menos que antes, que a veces se quedaba mirando el móvil con una cara que Ana había aprendido a reconocer como «cara de problema»,
y que las noches en que su madre la acostaba con prisa, sin la calma de otros tiempos, coincidían casi siempre con esos días de «cara de problema».
No podía arreglar nada de aquello. Pero sabía hacer dibujos, y sabía, después de la tarde con el señor del banco, que a veces un dibujo bastaba para cambiar, aunque fuera un poco, la cara de alguien.
Dibujó, con los mismos rotuladores de siempre, algo más sencillo que el retrato del señor del banco: dos figuras cogidas de la mano, una alta y una pequeña, bajo un sol tan grande como el del dibujo anterior, y debajo, con la letra torcida de quien todavía está aprendiendo a escribir con soltura,
una frase corta: «Te quiero mucho mamá, no estas sola».
Lo dobló con cuidado, salió de puntillas de su habitación cuando ya se suponía que debía estar dormida, y lo pegó en la puerta de la nevera con el imán del calendario del colegio, el único que encontró a mano, colocándolo justo a la altura de los ojos,
calculando —con esa precisión inesperada que a veces tienen los niños para las cosas que de verdad les importan— que su madre lo vería a primera hora, antes que ninguna otra cosa.
Volvió a la cama sin que Marina, ocupada en el salón con el ordenador abierto y una hoja de cálculo que no terminaba de cuadrarle, se enterara de nada.
· · ·
A la mañana siguiente, Marina se despertó con esa sensación pesada en el pecho que llevaba acompañándola desde el mensaje del día anterior, la sensación concreta de saber exactamente qué iba a pasar en las próximas horas y no tener ninguna manera de evitarlo: la reunión con Patricia a las diez,