4 EL BANCO DE LA PLAZA
Don Aurelio había aprendido, en los seis meses que llevaba en la residencia Los Robles, que había dos maneras de medir el tiempo: la de dentro, marcada por los horarios de las comidas, la gimnasia suave de las once y la hora del bingo los martes, y la de fuera, la de siempre,
la que se medía por la luz cambiando sobre los plátanos de la plaza de las Acacias.
Prefería con mucho la segunda, y por eso, cada tarde después de la siesta obligatoria —obligatoria no por reglamento, sino por la fuerza de la costumbre que le pesaba en los párpados a esa hora, le gustara o no—,
cogía el bastón que todavía no necesitaba del todo pero que la hija insistía en que llevara, y caminaba las tres manzanas que separaban la residencia de su banco.
Porque ya era suyo, aquel banco. Nadie se lo había asignado, nadie había puesto una placa, pero llevaba yendo tantas tardes que los otros vecinos del barrio —los que paseaban perros, los que llevaban niños a la fuente,
los que simplemente cruzaban la plaza de camino a algún sitio— habían empezado a saludarlo con la misma naturalidad con la que se saluda a un árbol que siempre ha estado ahí.
En la residencia, algunos compañeros lo consideraban un poco raro por insistir en salir todas las tardes, lloviera o no, cuando dentro había una sala común con televisión, un patio con sombra, y actividades organizadas por las educadoras que a Aurelio, en confianza,
le parecían pensadas más para llenar horas que para llenar vidas.
Ramírez, un vecino de habitación con quien compartía alguna partida de dominó, se lo decía con frecuencia, medio en broma medio en serio: «Te vas a resfriar un día de estos, yendo a ese banco como si fuera una cita importante».
Aurelio nunca sabía explicarle bien por qué necesitaba ir.
Solo sabía que los días que la lluvia se lo impedía, algo en su ánimo se torcía de una manera que no lograba corregir con nada de lo que ofrecía la residencia por dentro.
· · ·
La residencia no estaba mal. Aurelio se lo repetía a sí mismo con la misma frecuencia con la que se lo repetía a Cristina, su hija, los domingos que venía a verlo, como si necesitara convencer a los dos a la vez.
La comida era mejor de lo que había esperado, la habitación tenía luz por la tarde, y las auxiliares —sobre todo una, Nieves, que le recordaba vagamente a una prima lejana que había tenido de joven— eran amables de una manera que no sonaba impostada.
Pero no era su casa. Nunca sería su casa, por mucho que Cristina, con la mejor intención del mundo, insistiera en llamarla así: «tu casa nueva», decía, y a Aurelio cada vez le costaba un poco más no corregirla.
Su casa había sido el piso de Recoletos 12, tercer piso, el mismo donde había llevado a Pilar recién casados, hacía cuarenta y seis años, y donde la había cuidado los últimos dos, cuando la enfermedad ya no le dejaba subir sola las escaleras y el ascensor,
que llevaba averiado más tiempo del que funcionaba, se había convertido en una broma cruel del edificio entero.
Pilar llevaba seis años muerta. Aurelio calculaba a veces, sin poder evitarlo, cuánto tiempo llevaba solo en comparación con cuánto tiempo habían estado juntos, como si aquella resta pudiera darle alguna respuesta útil.
Cuarenta y seis años juntos. Seis solo. La cuenta, hasta ahora, seguía saliendo a su favor, aunque cada año que pasaba el margen se estrechaba un poco más.
Pilar había sido maestra de primaria durante treinta y cinco años, en un colegio del barrio que ya ni siquiera existía con ese nombre, y tenía una paciencia con los gestos pequeños que Aurelio admiraba sin conseguir replicarla del todo.
Ella habría sabido, por ejemplo, qué decir exactamente cuando un vecino les hacía un favor sin que se lo pidieran, cómo agradecer sin sonar excesivo ni escueto.
Aurelio, más de adentro, más callado, había aprendido con los años a demostrar el cariño con hechos —un enchufe arreglado, una gotera reparada— antes que con palabras, y ahora, viudo,
se encontraba a menudo echando de menos precisamente esas palabras que nunca había aprendido a decir con la misma soltura que ella.
· · ·
Había sido electricista toda su vida laboral, desde los catorce años, cuando entró de aprendiz en un taller del barrio de Lavapiés barriendo virutas de cobre del suelo sin que le dejaran tocar un cable siquiera, hasta los sesenta y dos,
cuando se jubiló con las manos ya temblando lo justo para que la empresa, con mucho tacto, le sugiriera que quizás era momento de descansar.
Le había gustado su trabajo, de una manera que pocas veces se molestaba en explicar porque le parecía que sonaría raro dicho en voz alta: le gustaba entender cómo funcionaban las cosas por dentro, los cables escondidos detrás de las paredes,
la lógica invisible que hacía que una casa entera se iluminara con solo apretar un interruptor.
Cristina, de pequeña, lo llamaba «el mago de la luz», y Aurelio todavía sonreía al recordarlo, aunque hacía mucho que su hija había dejado de llamarlo así.
Cristina tenía ahora cuarenta y ocho años, dos hijos ya adolescentes, un trabajo de administrativa que la mantenía ocupada de lunes a viernes, y una culpa que llevaba encima desde que había convencido a su padre de mudarse a la residencia,
una culpa que Aurelio percibía cada domingo en la manera en que ella evitaba mirarlo a los ojos cuando le preguntaba si estaba bien.
Había sido decisión de los dos, en realidad —después de que Aurelio se cayera en el baño una madrugada y pasara cuatro horas en el suelo hasta que un vecino, extrañado de no verlo bajar a comprar el pan, llamara a la puerta— pero Cristina cargaba con el peso como si hubiera sido solo suya,
y Aurelio no sabía cómo quitárselo de encima sin que sonara a reproche.
Recordaba aquella madrugada con una claridad que hubiera preferido no tener: el suelo frío del baño contra la mejilla, el reloj de pared que veía desde ese ángulo extraño marcando las horas sin que él pudiera hacer nada por levantarse, la vergüenza —más que el dolor de la cadera,
que también estaba ahí— de imaginarse a sí mismo encontrado así por cualquiera.
Cuando por fin llegó la ambulancia, Aurelio ya había decidido, en su cabeza, que aquello no podía volver a pasar, aunque tardó semanas en encontrar el valor de decírselo a Cristina en voz alta.
Ella lloró al oírlo, no de tristeza exactamente, sino de ese alivio culpable de quien lleva tiempo pensando lo mismo sin atreverse a proponerlo.
—¿Estás bien aquí, papá? —le preguntaba cada domingo, sin falta, con esa mezcla de esperanza y miedo de quien de verdad quiere oír que sí pero también sospecha que no.
—Estoy bien, hija. No te preocupes.
Nunca era del todo mentira. Tampoco era del todo verdad.
· · ·
Aquel martes, antes de salir hacia la plaza, Nieves lo encontró en el pasillo abrochándose la chaqueta con esa lentitud de manos que ya no obedecían del todo.
—¿Otra vez al banco, Don Aurelio? Va a terminar echando raíces ahí.
—Es lo único que me da ganas de levantarme de la siesta, Nieves. No me lo quite.
—No se me ocurriría. —Ella le ayudó con el último botón, un gesto pequeño que hacía casi sin darse cuenta, con la misma naturalidad con la que ayudaría a cualquiera de los residentes, aunque a Aurelio, en el fondo, le gustaba pensar que había algo un poco especial en cómo se lo ofrecía a él—.
¿Le traigo algo cuando vuelva? ¿Un té, como el otro día?
—Con que me guarde un trozo de ese bizcocho que hacen los jueves, me conformo.
—Se lo guardo. Vaya con cuidado, que dicen que va a refrescar.
Aurelio cogió el bastón y salió a la calle con la misma sensación de alivio que sentía cada tarde al cruzar la puerta, como quien se quita un abrigo que no le queda mal pero que tampoco es del todo suyo.
· · ·
Aquella tarde de martes, la plaza tenía ese ambiente particular de las tardes de finales de septiembre, cuando el calor del verano ya empieza a ceder pero todavía no hace frío suficiente para llevar chaqueta, aunque Aurelio la llevara de todas formas, porque el frío,
según él mismo bromeaba con Nieves, le llegaba antes que a los demás desde que había cumplido los setenta.
Se sentó en su banco de siempre, dejó el bastón apoyado contra el respaldo, y sacó del bolsillo la nota doblada que llevaba consigo desde hacía semanas, la que le había traído aquella repartidora joven, Soledad, una tarde que Aurelio ya guardaba entre sus recuerdos favoritos de los últimos meses.
La releía de vez en cuando, no porque hubiera olvidado lo que decía —se la sabía de memoria— sino porque el gesto de desdoblarla, de ver otra vez aquella letra apretada y ajena, le devolvía algo parecido a la sensación de aquella tarde: la sorpresa de que alguien, sin conocerlo de nada,
se hubiera tomado la molestia.
Sole había vuelto dos veces desde entonces, ambas de camino a alguna entrega, deteniéndose apenas diez minutos para sentarse a su lado y contarle cómo iba el curso nocturno —bien, decía, mejor de lo que esperaba, aunque el cansancio seguía siendo el mismo cansancio de siempre—.
Aurelio esperaba esos encuentros con una ilusión que no se atrevía a confesarle a Cristina, no porque le diera vergüenza, sino porque temía que su hija lo malinterpretara como una señal de que necesitaba más compañía de la que ya le daba, y Aurelio no quería que Cristina cargara con una culpa más.
· · ·
Fue entonces cuando la vio: una niña de siete u ocho años, con dos coletas torcidas que alguien —su madre, probablemente, con prisa— le había hecho esa misma mañana, corriendo detrás de una paloma con una determinación que solo tienen los niños de esa edad,
convencidos de que esta vez sí van a atraparla.
La madre estaba sentada dos bancos más allá, con el móvil en una mano y una bolsa de la compra a los pies, la mirada perdida en la pantalla con esa expresión de cansancio que Aurelio reconocía bien, la misma que había visto en Cristina tantas veces,
la de alguien que está físicamente en un sitio y mentalmente resolviendo tres problemas distintos al mismo tiempo.