La mujer que prestó un paraguas 3 LA NOTA EN EL BUZÓN #3
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3 LA NOTA EN EL BUZÓN #3

Los demás simplemente hacemos lo que hay que hacer, y buscamos el cariño en otro sitio.

—¿Y dónde lo buscaba usted?

—En mi mujer. En mi hija, cuando era pequeña. —Se quedó un momento callado, mirando hacia los plátanos de la plaza—. Ahora lo busco en bancos de plaza, ya ve, y en desconocidas que aparecen con notas que no son suyas.

Sole sonrió, un poco conmovida, sin saber muy bien qué responder a eso.

—¿Y qué querría hacer, si no tuviera que pensar en las facturas?

La pregunta la pilló desprevenida, no porque nunca se la hubiera hecho ella misma, sino porque hacía mucho que nadie se la hacía en voz alta, esperando de verdad una respuesta.

—Enfermería —dijo, casi sin pensarlo—. Estoy preparando la prueba de acceso. O lo estaba. Últimamente falto más de lo que debería.

—¿Por qué falta?

—Porque después de repartir doce horas, lo último que me apetece es sentarme a estudiar biología. Y porque a veces pienso que da igual el esfuerzo, que las cosas no van a cambiar de todas formas.

Don Aurelio asintió, despacio, con la parsimonia de quien ha vivido lo suficiente para reconocer ese pensamiento sin necesidad de que se lo expliquen más.

—Yo empecé de aprendiz de electricista a los catorce años —dijo—.

Barriendo virutas de cobre del suelo, la mayoría de los días, sin tocar un cable siquiera.

Tardé cuatro años en que me dejaran hacer algo que no fuera barrer.

Si hubiera pensado entonces que aquello no iba a ningún sitio, no habría llegado a los treinta años trabajando en lo mío, que era lo único que de verdad quería hacer.

—¿Y cómo aguantó?

—No lo sé, la verdad. —Sonrió, con una sonrisa que le arrugó toda la cara de una manera que a Sole le pareció, de repente, muy hermosa—. Supongo que aguantando un poco más de lo que creía poder aguantar.

Ninguno de los dos dijo nada durante un momento. La frase se quedó flotando entre ellos, casi idéntica a la que Sole llevaba en el bolsillo, escrita por una mano que ninguno de los dos conocería jamás.

· · ·

Se despidieron cuando ya casi no quedaba luz, con la promesa —esta vez ambos con intención real de cumplirla— de que Sole pasaría por la plaza siempre que su ruta se lo permitiera, aunque solo fuera para decir «buenas tardes» sin prisa, unos minutos, en lugar del saludo fugaz de siempre.

—Una cosa más —dijo Don Aurelio, cuando Sole ya se disponía a montar en la bici—. ¿Cómo se llama usted? No se lo he preguntado antes, qué falta de educación la mía.

—Sole. Bueno, Soledad, en realidad, pero nadie me llama así desde que me bautizaron.

Don Aurelio se rió, una risa breve pero sincera.

—Soledad. Vaya nombre más irónico, para la persona que se ha sentado a hacerle compañía a un viejo desconocido un jueves cualquiera.

—Supongo que sí. —Sole se encogió de hombros, sonriendo también—. Mi madre dice que me lo puso por mi abuela, no por ninguna intención especial. Pero ahora que lo dice, tiene gracia.

—Vuelva cuando pueda, Soledad. Aunque solo sea un minuto.

—Volveré.

De camino a casa, con la última entrega del día ya completada y la ciudad encendiéndose poco a poco a su alrededor, Sole sacó el móvil y buscó, por primera vez en tres semanas, el calendario del curso nocturno.

La siguiente clase era el miércoles. Se prometió, sin decírselo a nadie todavía, exactamente igual que había hecho Julián unos días antes sin que ninguno de los dos lo supiera nunca, que iría.

No sabía que la nota que llevaba en el bolsillo —ya devuelta a Don Aurelio, quien la guardaría, doblada, en el cajón de su mesilla en la residencia, para releerla en las tardes más difíciles— llevaba también, sin que nadie se lo hubiera propuesto,

un pedazo de la historia de un hombre al que ella nunca conocería, que una noche de lluvia había estado a punto de rendirse por completo y no lo había hecho gracias a un paraguas prestado por una desconocida.

Tampoco sabía que su propia decisión de esa noche —volver al curso, aguantar un poco más— acabaría teniendo, meses más tarde, consecuencias que ella todavía no podía imaginar: que aquel miércoles al que decidió no faltar sería el primero de una racha de asistencia perfecta que la llevaría,

casi un año después, a presentarse por fin a la prueba de acceso; que Don Aurelio, con el tiempo, se convertiría en algo parecido a un abuelo prestado, alguien a quien visitar los domingos que su madre libraba,

alguien que le preguntaría por sus exámenes con más interés genuino del que había mostrado nadie en mucho tiempo.

Las cadenas de favores, había aprendido sin saberlo esa tarde, no avisan de antemano de hasta dónde van a llegar.

Simplemente se ponen en marcha, un eslabón después de otro, y a veces hace falta que pase mucho tiempo para que alguien, mirando hacia atrás, pueda ver la cadena entera.

Pedaleó hasta casa con las piernas cansadas y la cabeza, por primera vez en semanas, un poco más ligera.

Esa noche, antes de dormir, sacó el cuaderno de fórmulas de la mochila y repasó, sin que nadie se lo pidiera, un tema entero que llevaba dos semanas postergando.

No terminó de entenderlo del todo. Pero lo intentó, que últimamente ya era, en sí mismo, una victoria pequeña.