3 LA NOTA EN EL BUZÓN #2
Pero pensó en la frase —«aguantar un poco más de lo que uno cree poder aguantar»— y pensó, sin poder evitarlo, en las dos noches que había faltado al curso esa misma semana, en la cuenta del banco que llevaba mirando con más ansiedad de la normal, en la sensación, cada vez más frecuente,
de que quizás lo más sensato sería dejar de fingir que algún día terminaría la prueba de acceso y aceptar que repartir paquetes era, sencillamente, lo que le había tocado.
Y entonces pensó en Don Aurelio.
No lo conocía —nunca había coincidido con él, ni siquiera sabía qué aspecto tenía— pero sabía, por las rutas que hacía casi todos los días, quién ocupaba el banco de la plaza de las Acacias todas las tardes, un hombre mayor, siempre solo, siempre con la misma chaqueta de pana,
mirando a la gente pasar con una expresión que Sole había aprendido a reconocer sin necesidad de que nadie se la explicara: la expresión de quien espera compañía que casi nunca llega.
Había pasado por delante de aquel banco cientos de veces, y en alguna ocasión, cuando el tráfico de entregas se lo permitía, le había dicho «buenas tardes» sin pararse del todo, y él siempre respondía con una sorpresa genuina, como si aquel saludo fugaz fuera más de lo que esperaba recibir ese día.
No sabía si el hombre del banco era el mismo Don Aurelio del piso vacío. Probablemente no había manera de saberlo con certeza. Pero la coincidencia —un hombre mayor sin nadie, una nota sin nadie a quien pertenecer— le pareció, esa tarde, suficientemente parecida como para no ignorarla.
· · ·
Encontró al hombre del banco esa misma tarde, hacia las siete, cuando la luz empezaba a inclinarse y las sombras de los plátanos de la plaza se alargaban sobre la grava.
Llevaba, en efecto, la misma chaqueta de pana que Sole recordaba, un poco gruesa para la temperatura, como si el frío le llegara antes que a los demás.
—Buenas tardes —dijo Sole, bajándose de la bici y dejándola apoyada contra el respaldo del banco de al lado—. Perdone que le moleste. ¿Es usted Don Aurelio?
El hombre la miró con una sorpresa que tardó un segundo en convertirse en cautela, la cautela razonable de alguien mayor al que se dirige una desconocida en una plaza.
—Lo era. Ahora ya no sé muy bien qué soy, para los papeles. ¿Por qué lo pregunta?
Sole dudó, sin saber cómo explicar algo que ni ella misma terminaba de entender del todo.
—Vivía usted en Recoletos 12, ¿verdad? Antes de la residencia.
—Cuarenta y seis años viví allí. —Algo en su voz se ablandó, o se entristeció, o las dos cosas a la vez—. ¿Cómo sabe usted eso?
—Reparto paquetes por esa zona. Encontré esto en su buzón.
—Sole sacó la nota del bolsillo y se la tendió, un poco insegura de repente, preguntándose si aquello no sería una tontería, una intromisión, un gesto raro de una desconocida hacia un anciano que no había pedido nada—.
No sé de quién es. No tiene nombre. Pero llevaba ahí más de una semana, y me pareció que alguien debería leerla antes de que se quedara ahí para siempre.
Don Aurelio cogió la nota con una mano que temblaba ligeramente, no de miedo sino de la edad, y se puso unas gafas que llevaba colgadas del cuello con un cordón. Leyó despacio, moviendo los labios sin sonido, como hacen algunas personas mayores cuando leen algo que les importa.
Cuando terminó, se quedó un momento en silencio, mirando el papel como si esperara que dijera algo más.
—«Alguien que no te conoce de nada» —repitió, en voz baja, casi para sí mismo—. Qué cosa más rara y más bonita, que alguien se moleste en escribir esto para nadie en concreto.
—Yo pensé lo mismo.
—¿Y usted decidió que era para mí?
Sole se encogió de hombros, con una sonrisa un poco avergonzada.
—No lo sé, la verdad. Pensé en usted. No sé por qué, exactamente. Le veo aquí casi todas las tardes, y siempre pensé que… —se interrumpió, sin saber cómo terminar la frase sin sonar condescendiente.
—Que estoy solo —terminó él, sin ningún rencor, con la naturalidad de quien ya ha dejado de fingir lo contrario—. Lo estoy. Mi hija viene los domingos, cuando puede. Los demás días, esto —señaló el banco, la plaza, el aire mismo— es la compañía que hay.
· · ·
Se quedaron hablando más de lo que Sole había planeado, sentados los dos en el banco, ella con la bici apoyada al lado y el móvil vibrando con notificaciones de nuevas entregas que, por primera vez en meses, decidió ignorar durante un rato.
Don Aurelio le contó, sin que ella preguntara mucho, que había sido electricista toda la vida, que había enviudado hacía seis años, que la residencia no estaba mal —«tienen buena comida, eso hay que decirlo»— pero que echaba de menos su propio ruido, sus propias cosas,
la sensación de que un espacio era suyo y no de una institución con horarios de visita.
—¿Y usted qué reparte, a estas horas? —le preguntó él, con esa curiosidad genuina de quien lleva mucho tiempo sin que nadie le pregunte por su propia vida y ha olvidado, un poco, cómo devolver la pregunta.
—De todo. Comida, paquetes, alguna vez medicinas urgentes. Voy a mi aire.
—¿Y le gusta?
Sole pensó la respuesta más de lo que había pensado ninguna respuesta en semanas.
—No especialmente. Pero paga las facturas.
—Eso también tiene su mérito, ¿sabe? —dijo Don Aurelio, con una seriedad que sorprendió a Sole—.
Yo pasé cuarenta años haciendo un trabajo que no siempre me gustaba, por las mismas razones.
Hay quien tiene la suerte de que le paguen por lo que ama.