La mujer que prestó un paraguas 3 LA NOTA EN EL BUZÓN
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3 LA NOTA EN EL BUZÓN

Sole llevaba cuarenta y una entregas ese día cuando paró la bici eléctrica frente al portal de la calle Recoletos número 12, un edificio de fachada gris con una hilera de buzones metálicos junto a la puerta, la mayoría abollados,

y comprobó en la pantalla del móvil que le tocaba subir al tercero con un paquete que pesaba más de lo que la aplicación había anunciado.

Tenía diecinueve años y llevaba ocho meses repartiendo para una empresa que la trataba, en sus propias palabras, «como si fuera una API y no una persona»: la aplicación le asignaba rutas sin preguntar si tenía hambre, sin preguntar si llovía,

sin preguntar nada salvo cuántos minutos tardaba entre un punto y otro, y penalizaba cada minuto de más con una fracción de estrella que a Sole, en los días malos, le parecía la medida exacta de cuánto valía su cansancio para el mundo.

Aquel jueves era, sin lugar a dudas, un día malo.

Llevaba desde las once de la mañana en la calle, había pinchado una rueda a mediodía y había tenido que pagarse ella misma el arreglo, y el sol de la tarde, que en otra vida habría agradecido, solo servía para recordarle que llevaba la camiseta pegada a la espalda desde hacía tres horas.

Además, esa mañana había recibido un mensaje de la aplicación avisando de que su valoración media había bajado a 4,7, por culpa, según el mensaje automático, de «una incidencia reciente», sin especificar cuál,

y Sole se había pasado media hora repasando mentalmente sus últimas entregas intentando averiguar qué había hecho mal, sin llegar a ninguna conclusión, solo a la sensación conocida de estar siendo juzgada por un algoritmo que nunca explicaba sus razones.

Llevaba el móvil sujeto al manillar con una funda de silicona ya agrietada por el sol, y cada pocos minutos vibraba con una notificación nueva: siguiente entrega, valoración del cliente,

un mensaje del grupo de WhatsApp de repartidores donde alguien preguntaba si a todos les había bajado la tarifa por kilómetro esa semana.

Sole no contestaba casi nunca a ese grupo. Leía, comparaba, y seguía pedaleando.

· · ·

Vivía con su madre en un piso de dos habitaciones a las afueras, desde que su padre se había ido, hacía cuatro años, a «buscarse la vida» en un sitio que nunca especificó del todo y del que solo llegaban, de tarde en tarde, mensajes cortos preguntando cómo estaban,

sin nunca preguntar si necesitaban algo.

Su madre trabajaba limpiando oficinas de madrugada, y Sole se había apuntado a repartir en cuanto cumplió los dieciocho, primero para «ayudar un poco», después porque el «un poco» se había convertido, sin que nadie lo planeara del todo, en la mitad del alquiler.

Había dejado el instituto en segundo de bachillerato, no porque no le fuera bien —le iba, de hecho, sorprendentemente bien, sobre todo en las asignaturas de ciencias— sino porque las cuentas de casa no daban para que ella estudiara y trabajara a la vez con la dedicación que ambas cosas merecían,

y entre las dos, había elegido la que traía dinero de manera inmediata.

Se había prometido a sí misma que retomaría los estudios más adelante, que se sacaría el título por la vía de adultos, que aquello era temporal.

Llevaba diciéndose lo mismo desde hacía año y medio, y una parte de ella, la parte más honesta y menos amable, empezaba a sospechar que «temporal» era una palabra que la gente usaba para no tener que admitir que algo se había vuelto permanente sin que nadie lo decidiera del todo.

Se había apuntado, hacía tres meses, a un curso nocturno para preparar la prueba de acceso a ciclos de grado superior de enfermería, dos noches por semana, después de diez o doce horas de reparto.

Las primeras semanas había ido con una disciplina casi feroz, apuntando fórmulas y esquemas en un cuaderno que llevaba siempre en la mochila, robando minutos de descanso entre entrega y entrega para repasar.

Últimamente, faltaba más de lo que le gustaría admitir.

No era solo el cansancio, aunque el cansancio era real y se le metía en los huesos de una manera que ni un fin de semana entero de sueño conseguía sacar del todo.

Era, más bien, una sensación que le costaba nombrar: la de estar corriendo en una cinta que se movía un poco más rápido que sus piernas, de manera que por más que se esforzara, la distancia entre donde estaba y donde quería estar no terminaba de acortarse.

Su madre, cuando volvía de madrugada del turno de limpieza, a veces se sentaba un rato con ella en la cocina, sin decir mucho, y esos silencios compartidos eran, para Sole, más reconfortantes que cualquier consejo que su madre pudiera haberle dado sobre cómo aguantar.

Su madre sabía aguantar. Lo llevaba haciendo desde que Sole tenía memoria.

Pero saber aguantar y saber explicar cómo se hace no eran, había aprendido Sole, la misma cosa.

· · ·

Subió los tres pisos a pie porque el ascensor llevaba «Averiado» colgado de un cartel escrito a mano desde antes de que ella empezara a repartir por esa zona, dejó el paquete a un hombre que ni siquiera levantó la vista del móvil para darle las gracias, y bajó de nuevo resoplando,

calculando mentalmente cuántas entregas más necesitaba para llegar al objetivo del día.

Aquel hombre del tercero era, más o menos, representativo de la mayoría de sus clientes: gente ocupada, apurada, que la trataba con la misma atención que le prestaría a una máquina expendedora, sin maldad, simplemente sin verla del todo, como si el uniforme de la empresa borrara, de alguna manera,

a la persona que había debajo.

No lo culpaba, exactamente. Ella misma, antes de empezar a repartir, probablemente había hecho lo mismo con más de un repartidor, sin darse cuenta.

Pero ocho meses de ser la persona invisible del otro lado de la puerta le habían enseñado algo que no esperaba aprender: cuánto pesaba, acumulado día tras día, no ser vista.

Fue entonces, en el vestíbulo, cuando se fijó en la hilera de buzones.

Lo hacía casi todos los días, sin darle importancia, un vistazo automático de quien pasa cientos de veces por el mismo sitio, pero aquel jueves algo le llamó la atención: un papel doblado en cuatro asomaba por la ranura de uno de los buzones, el del 2ºB, con las esquinas ya un poco curvadas,

como si llevara ahí más tiempo del que un papel debería estar esperando a que alguien lo recogiera.

No le dio más importancia esa vez. Salió del portal, siguió con la ruta, y encadenó cuatro entregas más antes de que se le ocurriera —de esas ideas que aparecen sin avisar, mientras la cabeza está en otra cosa— que llevaba viendo aquel mismo papel en el mismo buzón desde hacía, por lo menos,

una semana.

· · ·

En un semáforo, mientras esperaba a que cambiara para poder cruzar la avenida, se cruzó con Yasmina, otra repartidora a la que conocía de vista y de algún café rápido compartido entre entregas, cuando las rutas coincidían.

—¿Qué tal el día? —le preguntó Yasmina, ajustándose la mochila térmica.

—De estos que no se acaban nunca. ¿Y tú?

—Igual. Me han bajado la valoración por un pedido que llegó frío, y no fue culpa mía, el restaurante tardó media hora en tenerlo listo. —Yasmina puso los ojos en blanco—. Un día de estos dejo esto.

—¿Y qué harías?

—No lo sé. Algo que no dependa de que un algoritmo decida si he sido buena persona ese día. —Se rió, sin mucha alegría en la risa—. Tú sigues con lo de la prueba de acceso, ¿no?

—Voy tirando.

—Yo lo dejé a las tres semanas. No me dio para más. —Yasmina se encogió de hombros, sin ningún rencor aparente, solo con el cansancio tranquilo de quien ha hecho las cuentas y ha decidido no torturarse por ello—. A ti te veo con más aguante que a mí.

El semáforo cambió, y cada una siguió su ruta en direcciones distintas. Sole pedaleó un rato pensando en la palabra que había usado Yasmina —aguante— sin saber todavía que esa misma palabra, escrita con otra letra y para otra persona, la estaba esperando doblada en cuatro dentro de un buzón.

· · ·

Volvió a fijarse el lunes siguiente, cuando otra entrega la llevó de nuevo al portal de Recoletos 12.

El papel seguía allí, un poco más curvado, un poco más gris de polvo.

Sole se quedó un momento mirándolo, con esa mezcla de curiosidad y mala conciencia de quien sabe que no debería tocar el correo ajeno, y sin embargo se acercó, tiró suavemente del papel, y lo sacó de la ranura.

No llevaba nombre por fuera. Lo desdobló, casi esperando encontrar una factura o una publicidad cualquiera, y en cambio encontró una letra desconocida, apretada, de las que escriben las personas que no escriben a menudo a mano:

«No sé quién eres ni qué te ha traído hasta aquí, pero si hoy ha sido un día difícil, quiero que sepas que mañana puede no serlo. A veces solo hace falta aguantar un poco más de lo que uno cree poder aguantar. Alguien que no te conoce de nada.»

Sole se quedó de pie en el vestíbulo, releyendo la nota dos veces, sintiendo algo parecido a lo que sentiría si hubiera encontrado, por accidente, una carta de amor ajena: la sensación incómoda de estar viendo algo que no era para sus ojos,

mezclada con una ternura que no esperaba sentir por un papel doblado en cuatro.

Preguntó, casi por rutina, en la portería, si el vecino del 2ºB seguía viviendo allí. La portera, una mujer de mediana edad que llevaba el edificio desde antes de que naciera Sole, negó con la cabeza sin levantar apenas los ojos del crucigrama.

—Ese piso está vacío desde el invierno. Don Aurelio se fue a una residencia, el pobre. Se lo llevó la hija, aunque él no quería.

—¿Y el buzón?

—Nadie lo vacía. Debería quitarlo el administrador, pero ya sabes cómo son estas cosas.

· · ·

Sole salió de nuevo a la calle con la nota guardada en el bolsillo del chaleco de reparto, entre el móvil y la botella de agua, sin saber muy bien qué hacer con ella.

Podría haberla tirado. Habría sido lo más razonable: un papel sin destinatario, en un buzón vacío, de un edificio en el que ella solo entraba y salía por trabajo. No era asunto suyo.