2 EL HOMBRE DEL PARAGUAS #3
Caminó hacia casa por una calle distinta a la habitual, sin ninguna razón concreta, solo porque la noche ya no era una amenaza sino, simplemente, una noche.
· · ·
Pasó junto a un portal con una hilera de buzones metálicos, la mayoría abollados, alguno con el nombre del vecino ya despegado y sujeto solo por una esquina de celo amarillento.
Se detuvo sin saber muy bien por qué. Pensó en la señora del hospital, en el paraguas, en la frase que le había dicho a Mateo sin pensarla del todo: «supongo que porque podía».
Sacó del bolsillo la libreta pequeña que llevaba siempre encima, de esas que tienen los repartidores y los albañiles, con las esquinas dobladas y un lápiz metido en la espiral, y arrancó una hoja.
Se quedó un momento con el lápiz en el aire, sin saber cómo empezar, hasta que dejó de pensar en las palabras exactas y escribió simplemente lo que él mismo habría necesitado leer unas semanas antes, sin firmar, sin pensarlo demasiado:
«No sé quién eres ni qué te ha traído hasta aquí, pero si hoy ha sido un día difícil, quiero que sepas que mañana puede no serlo. A veces solo hace falta aguantar un poco más de lo que uno cree poder aguantar. Alguien que no te conoce de nada.»
Releyó la nota una vez, dudó si tachar la última frase por parecerle demasiado sentimental para un desconocido, y decidió dejarla tal cual.
Dobló la hoja en cuatro y se quedó de pie frente a la hilera de buzones, mirando los nombres desgastados, preguntándose cuál de aquellas casillas metálicas pertenecería a alguien que de verdad la necesitara, consciente de que no había manera de saberlo y de que, en el fondo,
esa era precisamente la gracia del gesto: no elegir, no calcular, confiar en que cayera donde tuviera que caer.
Eligió, sin mirar demasiado el nombre, uno de los buzones con el cartel más desgastado, como si aquello significara que su dueño llevaba más tiempo necesitando algo así, deslizó la nota por la ranura, y se marchó sin esperar nada a cambio, exactamente igual que había hecho una desconocida con él,
hacía apenas unos días, bajo un toldo, con un paraguas de tres euros que ya no le pertenecía a nadie en concreto.
No sabría nunca que aquel buzón pertenecía, en realidad, a un piso que llevaba meses vacío, el antiguo hogar de un hombre mayor que se había mudado a una residencia el invierno anterior, y que la nota se quedaría allí, sin que nadie la recogiera,
hasta que alguien —una repartidora que entregaba paquetes en aquel portal casi todas las semanas y que un día tendría motivos propios, muy distintos a los de Julián, para fijarse en un papel doblado que asomaba por la ranura— decidiera que una nota sin destinatario claro merecía, de todos modos,
encontrar a alguien a quien pertenecer.
· · ·
Llegó a casa antes de las diez. Antes de entrar al salón, le escribió un mensaje breve a Elena, algo que no hacía desde hacía tiempo sin que mediara algún asunto práctico de por medio: «He ido a la reunión. Todo bien. Gracias por no rendirte conmigo hace dos años».
La respuesta llegó casi al momento, más corta todavía: «Me alegro, Julián. De verdad».
No era gran cosa, dos frases entre dos personas que ya no compartían nada más que un hijo y un pasado complicado, pero a Julián, esa noche, le pareció suficiente.
Mateo ya dormía en el sofá del salón, vencido por una película de dibujos animados que llevaba puesta la mitad del tiempo sin que nadie la mirara, mientras Herminia recogía la cocina en silencio para no despertarlo.
Julián lo cogió en brazos con ese cuidado excesivo y torpe de los padres que todavía no se creen del todo el peso de sus propios hijos, y lo llevó a la cama sin despertarlo del todo.
—Papá —murmuró Mateo, medio dormido—. ¿Fuiste a la reunión?
—Fui.
—¿Y qué tal?
Julián lo arropó, apagó la luz, y se quedó un momento en la puerta, mirando la silueta pequeña de su hijo respirando tranquilo bajo la manta.
—Bien —dijo, y por primera vez en semanas, era del todo verdad—. Bastante bien.
Cerró la puerta despacio y se fue a la cocina a beber un vaso de agua que, esta vez, sí tenía sed de tomar.
No podía saber que la nota que acababa de dejar en un buzón equivocado tardaría casi dos semanas en encontrar a su destinatario real, ni que ese destinatario no sería un desconocido cualquiera sino un hombre mucho mayor que él, sentado la mayoría de las tardes en un banco de una plaza,
esperando una compañía que casi nunca llegaba.
No podía saber tampoco que aquel gesto —tan pequeño, tan parecido al que una desconocida había tenido con él bajo un toldo— seguiría moviéndose de mano en mano mucho después de que él lo hubiera olvidado,
de la misma manera en que un río sigue corriendo mucho después de que la lluvia que lo alimentó haya dejado de caer.
Solo sabía, esa noche, que había vuelto a la sala de las sillas plegables, que le había dicho a su hijo la verdad sin que le temblara la voz, y que en algún buzón de la ciudad, sin firma y sin remitente, había dejado escrito lo único que él mismo había necesitado escuchar durante tres semanas:
que aguantar un poco más, casi siempre, es la mitad del camino.