2 EL HOMBRE DEL PARAGUAS #2
Había estado, la noche del paraguas, más cerca de lo que jamás le confesaría a nadie de comprar una petaca en el bar de la esquina de su antiguo trabajo, el mismo que llevaba tres años evitando por la acera de enfrente.
Se había parado frente al escaparate iluminado, había mirado las botellas alineadas como quien mira una fotografía antigua, con una mezcla de nostalgia y náusea que no sabía nombrar del todo, y se había preguntado, sin drama, con una claridad casi aburrida, si de verdad importaría tanto.
Y entonces había llovido, y había perdido el autobús que no perdió, gracias a un paraguas prestado por una desconocida que no le pidió nada a cambio salvo una promesa que ninguno de los dos pensaba cumplir de verdad.
· · ·
El martes siguiente, en el almacén, un compañero llamado Bruno —joven, veintipocos años, de esos que todavía hablan del fin de semana con el entusiasmo de quien no ha aprendido aún que los lunes siempre llegan— le preguntó qué le pasaba, porque llevaba dos días más callado de lo habitual.
—Nada —dijo Julián, apilando cajas con más fuerza de la necesaria—. Cosas mías.
—Si es por la ex, tío, olvídala. Las mujeres…
—No es por la ex.
Bruno se encogió de hombros y siguió con lo suyo, sin insistir, y Julián se lo agradeció en silencio, porque no tenía manera de explicarle a un chico de veintitrés años, sin hijos, sin pasado, lo que era despertarse un martes cualquiera con la sensación de que el suelo bajo los pies,
ese suelo que llevaba tres años construyendo con paciencia de albañil, podía desaparecer de golpe por una carta de un abogado y una palabra —«mudanza»— que no significaba nada en sí misma pero que arrastraba detrás todo lo que él más temía perder.
Siguió cargando cajas hasta las nueve, con la espalda protestando y la cabeza en otro sitio, y esa noche, de camino a casa, se sorprendió a sí mismo mirando otra vez el escaparate del bar de la acera de enfrente, aunque esta vez sin pararse.
Se preguntó, no por primera vez, qué habría pasado si aquella noche de lluvia no hubiera perdido el autobús, si hubiera llegado a casa a su hora, sin cruzarse con nadie, sin aquella conversación bajo un toldo que en el fondo no había durado ni tres minutos.
Probablemente nada especial. Probablemente habría acostado a Mateo, habría cenado algo rápido, y la idea de la petaca se habría quedado exactamente donde estaba, rondándole la cabeza sin materializarse en nada, como llevaba rondándole semanas.
Pero no podía evitar pensar que aquellos tres minutos, sin que nadie se lo propusiera, habían actuado como un pequeño freno de mano en un coche que ya llevaba tiempo bajando una cuesta.
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El jueves llegó con un cielo gris pero sin lluvia, lo cual a Julián le pareció, sin poder explicar por qué, un alivio pequeño y tonto.
Avisó a Herminia de que aquel jueves llegaría más tarde de lo habitual, y caminó hasta el centro parroquial donde se celebraban las reuniones, un edificio bajo con una sala que olía siempre a café recalentado y a sillas de plástico que llevaban demasiados años allí.
Estuvo a punto de dar media vuelta en la puerta.
Se quedó un minuto entero de pie en la calle, mirando la luz encendida en la ventana de la sala, calculando —con esa parte de la cabeza que siempre calcula excusas con una precisión que no dedica a nada más— si todavía tenía tiempo de irse a casa y decir que se había encontrado mal.
—¿Entras o te quedas mirando la puerta como un cartel? —dijo una voz a su espalda.
Era Ramón, un hombre de sesenta y tantos que llevaba en el grupo más años de los que nadie se molestaba en contar, y que tenía la costumbre de decir las cosas más serias con el tono más liviano posible, como si suavizarlas fuera parte del tratamiento.
Había sido él quien, el primer día de Julián en aquella sala, tres años atrás, le había ofrecido un café sin preguntarle nada más, dejando que fuera el propio Julián quien decidiera cuánto quería contar y cuánto prefería callar.
—Estaba pensando —dijo Julián.
—Ya. Yo también pensaba, hace veinte años, en la puerta de un bar. Nunca me llevó a ningún sitio bueno, pensar en la puerta.
—¿Y a ti qué te hizo entrar, la primera vez?
Ramón se quedó un momento callado, mirando la ventana iluminada.
—Mi hija dejó de cogerme el teléfono —dijo, sin dramatismo, como quien cuenta un dato meteorológico—. Tardé dos años en conseguir que volviera a hacerlo. A ti no te va a pasar eso, si sigues viniendo.
Julián no respondió. Entraron juntos.
· · ·
Dentro, el círculo de sillas estaba casi completo: caras conocidas, alguna nueva —un chico joven, con la mirada baja, que Julián reconoció enseguida porque él mismo había tenido esa misma mirada baja no hacía tanto—, la misma cafetera de siempre goteando en la esquina,
el mismo cartel plastificado en la pared con los doce pasos que Julián ya se sabía de memoria sin haberlo intentado.
Se sentó donde se sentaba siempre, tercera silla desde la puerta, y durante los primeros veinte minutos escuchó sin decir nada, como llevaba haciendo las últimas semanas cuando todavía iba, dejando que las palabras de los demás llenaran el silencio que él no se atrevía a llenar.
Una mujer, Carmen, contó que llevaba ocho meses sobria y que la semana anterior había sido la primera vez que había ido a una boda sin beber, y que había bailado más que nunca en su vida porque, dijo, «no tenía que preocuparme de calcular cuántas copas llevaba».
Todos se rieron, esa risa cómplice de quien reconoce algo propio en la historia de otro.
El chico joven de la mirada baja no dijo nada, y nadie lo forzó a hacerlo; Ramón simplemente le puso una mano en el hombro al terminar, un gesto pequeño que Julián reconoció perfectamente, porque a él se lo habían hecho también, hacía tres años, en esa misma sala.
Fue Ramón quien, al final, miró a Julián directamente y dijo:
—Julián lleva tres semanas sin venir. A lo mejor tiene algo que contar.
No era una acusación. Era, si acaso, una puerta abierta, de esas que alguien sostiene sin insistir, dejando que seas tú quien decida cruzarla o no.
Julián se miró las manos un momento.
—La semana pasada estuve a punto de comprar una petaca —dijo, y la sala no se sobresaltó, porque en aquella sala ya habían oído frases parecidas cientos de veces, y sin embargo, para él, decirlo en voz alta fue como quitarse un peso que llevaba días cargando sin saber bien dónde ponerlo—.
No lo hice. No sé muy bien por qué no lo hice, la verdad.
Llovía, perdí el autobús, una mujer me prestó un paraguas sin conocerme de nada, y por algún motivo, cuando llegué a casa, ya no tenía tantas ganas.
—A veces es así de tonto —dijo Ramón—. A veces todo lo que hace falta es un motivo pequeño para no hacer la cosa grande.
Julián asintió, sin saber muy bien si estaba de acuerdo del todo, pero sintiendo, por primera vez en semanas, que el peso de la carta del abogado, del miedo a la mudanza, del miedo a no ser suficiente, ocupaba un poco menos de espacio del que ocupaba esa misma mañana.
Al final de la reunión, mientras recogían las sillas plegables, Ramón se acercó de nuevo.
—¿Sabes lo que más me ha costado entender en todos estos años?
—dijo, apilando una silla sobre otra con la familiaridad de quien lleva haciéndolo décadas—.
Que esto no va de llegar a un sitio y quedarse.
Va de volver, una y otra vez, cada vez que uno se aleja.
Tú te alejaste tres semanas. Has vuelto. Eso es lo único que cuenta hoy.
—¿Y si me vuelvo a alejar?
—Pues vuelves otra vez. Así hasta que se te olvide contar las veces.
Julián no supo qué responder a eso, así que solo asintió, y salió de la sala con esa ligereza rara que a veces sigue a decir una verdad incómoda en voz alta, la misma ligereza que recordaba de sus primeros meses de sobriedad y que llevaba tiempo sin sentir.