2 EL HOMBRE DEL PARAGUAS
El paraguas goteaba todavía en la entrada cuando Julián se sentó al borde de la cama de Mateo, la ropa húmeda pegada a los hombros, y le contó lo de la señora que se lo había prestado sin conocerlo de nada.
El niño le hizo la pregunta que Julián no supo responder —«¿y por qué te lo dio, si no la conocías?»
— y él se quedó pensando un momento antes de decir, casi para sí mismo, que suponía que era porque podía.
Aquella frase se le quedó pegada durante días, como una piedra pequeña en el zapato que no molesta lo suficiente para pararse a sacarla, pero tampoco deja de notarse.
· · ·
Trabajaba en el almacén de una distribuidora de bebidas, una ironía que a Julián ya ni siquiera le hacía gracia después de tres años.
Entraba a las dos de la tarde y salía a las nueve, cargando cajas que pesaban más de lo que su espalda estaba dispuesta a admitir, entre pasillos enteros de botellas que en otra vida —así las llamaba él para sus adentros, «otra vida»,
como si hubiera sido otra persona quien las bebía— le habrían parecido una tentación constante, y que ahora, la mayoría de los días, eran solo mercancía: cajas que pesaban, cajas que se apilaban, cajas que había que escanear antes de las nueve si quería salir a su hora.
Había pedido el traslado a esa sección hacía dos años, cuando todavía dudaba de sí mismo, y su encargado, un hombre práctico que no hacía preguntas que no necesitaba hacer, lo había cambiado sin comentarios a la sección de conservas, donde se quedó tres meses, hasta que Julián mismo le pidió volver:
necesitaba demostrarse que podía estar rodeado de aquello sin que le temblara nada por dentro.
Lo había conseguido. La mayoría de los días.
Los martes por la tarde, antes del turno, tenía cita en el hospital: un análisis de sangre rutinario para vigilar un hígado que él mismo se había encargado de maltratar durante casi una década.
El médico —un hombre joven, amable, que siempre encontraba un motivo distinto para no decirle directamente que las cosas iban razonablemente bien— le repetía cada vez que los valores mejoraban, despacio, «como tienen que mejorar las cosas que se rompieron despacio».
Julián asentía y no decía que aquellas visitas le daban más miedo que alivio, porque siempre cabía la posibilidad de que un día el médico dejara de encontrar motivos para sonreír, y esa posibilidad, por remota que fuera, se le quedaba pegada durante días como una sombra que solo él podía ver.
Aquel martes había sido de los que se alargan más de la cuenta: la cita se había retrasado, había esperado más de una hora en una sala con una televisión muda y subtítulos que iban por delante del sonido, y había salido del hospital ya de noche,
con el tiempo justo para coger el autobús que lo dejaba a dos calles de casa.
La lluvia no estaba en sus planes. La señora bajo el toldo, tampoco.
· · ·
Mateo tenía nueve años y una capacidad asombrosa para hacer preguntas que Julián no sabía responder.
Se repartía entre las dos casas por semanas completas alternas —una semana con Julián, la siguiente con Elena—, un acuerdo de custodia compartida al que habían llegado hacía apenas un año,
después de un primer año de separación en que Elena solo le había dejado ver a Mateo con visitas cortas y supervisadas.
Había sido ella misma quien, viendo que la sobriedad de Julián no era un impulso pasajero sino algo que se sostenía semana tras semana, había propuesto ampliar el acuerdo, casi como quien concede una segunda oportunidad que no estaba segura de si merecía darse pero que decidió dar de todos modos.
Julián no sabía si merecía aquella confianza recuperada, pero la agradecía en silencio cada vez que le tocaba el cambio, cuando el niño llegaba el domingo por la noche con la mochila del cole ya preparada para el lunes, sin que nadie se lo hubiera pedido a nadie.
El horario de Julián, de dos a nueve de la tarde, no encajaba bien con el de un niño de nueve años, así que, en las semanas que le tocaban, Herminia, la vecina del quinto, bajaba cada tarde después del colegio a quedarse con Mateo en el propio piso de Julián,
a cambio de que él le arreglara cosas de la casa que a ella ya no le daban las fuerzas para arreglar: allí merendaban juntos, Mateo hacía los deberes bajo su vigilancia distraída pero constante, y cenaba casi siempre antes de que Julián llegara,
ya con el pijama puesto y los dientes lavados la mayoría de las noches.
Era Herminia quien lo acostaba, en realidad, aunque Mateo insistiera siempre en quedarse despierto hasta que su padre llegara para darle las buenas noches en persona, un ritual pequeño que ninguno de los dos estaba dispuesto a renunciar, por tarde que se hiciera.
Herminia se quedaba hasta que Julián cruzaba la puerta, y entonces volvía a su propio piso, un rellano más arriba.
Había habido un tiempo, no tan lejano, en que Elena no le dejaba acercarse a Mateo sin supervisión, y con razón: Julián recordaba, con la claridad incómoda de los recuerdos que uno preferiría no tener tan nítidos,
una tarde en que había ido a recoger al niño del colegio con el aliento todavía cargado de la noche anterior, y la mirada de la profesora, que no dijo nada pero tampoco necesitaba decirlo, y la llamada de Elena esa misma noche, no gritando, lo cual había sido peor que si hubiera gritado,
simplemente diciendo, con una calma que dolía más que cualquier reproche, que no podía seguir así, que Mateo se merecía algo mejor que un padre que olía a lo que olía a las cuatro de la tarde.
Recordaba también, aunque procuraba no hacerlo muy a menudo, la semana que pasó solo en el piso después de aquella llamada, cuando Elena se llevó a Mateo a casa de sus padres y Julián se quedó con cuatro paredes y un silencio que no sabía cómo llenar sin lo de siempre.
Había sido la semana más larga de su vida, más larga incluso que los primeros meses de sobriedad, porque en aquella semana no había tenido todavía ninguna herramienta, ningún Ramón, ninguna sala con sillas plegables, solo la certeza árida de que se estaba quedando sin gente dispuesta a esperarlo.
Aquella llamada había sido, en cierto modo, el principio de todo lo demás: la primera reunión a la que había ido arrastrando los pies, convencido de que aquello no iba con él, y el primer día, mucho después, en que había salido de una de esas reuniones sintiendo que quizás sí,
que quizás aquello también iba con él.
—¿Vas a ir a tu reunión el jueves? —le preguntó Mateo el miércoles, mientras cenaban pasta con demasiado queso rallado, una costumbre que Julián no corregía porque le gustaba ver a su hijo feliz por cosas tan pequeñas.
—¿Cómo sabes tú lo de la reunión?
—Mamá me lo contó. Dice que vas los jueves a hablar con gente.
—A veces voy.
—¿Y esta semana?
Julián removió la pasta en el plato más tiempo del necesario.
—No lo sé todavía.
No era mentira del todo. Llevaba tres semanas sin ir, después de casi un año de asistencia casi perfecta, y las razones que se daba a sí mismo cada jueves sonaban cada vez más parecidas a excusas y cada vez menos a motivos: que había trabajado mucho,
que Mateo tenía deberes y prefería quedarse con él, que total, ya llevaba tres años sobrio y a esas alturas quizás no necesitaba tanto ir a sentarse en un círculo de sillas plegables a escuchar las mismas historias una y otra vez.
La verdad, que no le contaba ni a Mateo ni a nadie, era distinta: llevaba tres semanas sin ir porque llevaba tres semanas pensando en beber con una frecuencia que no sentía desde hacía mucho tiempo, y una parte de él tenía miedo de sentarse en aquel círculo y decirlo en voz alta,
porque decirlo en voz alta lo hacía real de una manera que callarlo no conseguía.
Mateo, que a pesar de sus nueve años tenía un instinto casi incómodo para notar cuándo algo no iba del todo bien, se quedó mirando el plato un rato antes de preguntar, con esa manera directa que solo tienen los niños:
—¿Es por lo de mamá? ¿Lo de que a lo mejor nos mudamos?
Julián dejó el tenedor sobre el plato.
—¿Quién te ha hablado de eso?
—Mamá. Dice que todavía no está decidido, que a lo mejor no pasa nada. Pero tú te pones raro cuando lo piensas, se te nota.
Julián se quedó un momento sin saber qué decir, sorprendido, no por primera vez, de lo mucho que veía su hijo de lo que él creía tener bien escondido.
—A veces me pongo raro pensando en cosas que todavía no han pasado —dijo al final, con la sinceridad que solo se atrevía a usar con Mateo, quizás porque era la única persona ante la que no le daba vergüenza no tener todas las respuestas—.
Eso no es culpa tuya, ni de mamá. Es solo que a veces mi cabeza se adelanta a cosas que igual nunca ocurren.
—¿Y eso se cura?
—Se trabaja. No sé si se cura del todo. Se trabaja.
Mateo asintió, con la seriedad de quien acepta una explicación que no entiende del todo pero que suena honesta, y volvió a la pasta con demasiado queso rallado, como si el asunto ya estuviera zanjado, al menos por esa noche.
· · ·
El detonante, si es que hacía falta uno —a veces no lo había, a veces la cabeza simplemente decidía ponerse en su contra sin motivo aparente— había sido una carta del abogado de Elena, llegada hacía un mes,
revisando el acuerdo de custodia a la luz de una posible mudanza de trabajo de ella a otra ciudad.
No era una amenaza, ni mucho menos una mala intención por parte de Elena —ella misma se lo había explicado con calma, una tarde, sentados los dos en la cocina como dos personas civilizadas que ya no se querían de la misma manera pero que seguían queriendo lo mismo para su hijo— pero la sola palabra
«mudanza» le había abierto a Julián una grieta por la que empezó a colarse el miedo antiguo, el de perderlo todo otra vez, el de no ser suficiente, el de que en el fondo daba igual cuánto tiempo llevara sobrio porque siempre habría una carta, una noticia,
un imprevisto capaz de convencerlo de que ya no merecía la pena seguir intentándolo.