La mujer que aún regresaba Cuando el piso vuelve a moverse
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Cuando el piso vuelve a moverse

Con el paso de las semanas me fui acostumbrando a aquella nueva vida.

No diría que era feliz.

Pero empezaba a entender sus reglas.

Ya conocía los ritmos del restaurante, la presión de la cocina y las exigencias imposibles de las jornadas de limpieza.

Mi cuerpo seguía llegando agotado a casa, pero poco a poco había dejado de pelear con la realidad.

Me estaba adaptando.

O al menos eso creía.

También había empezado a integrarme al ambiente de trabajo.

Al finalizar cada servicio era común que los empleados se reunieran alrededor de algunas jarras y botellas de cerveza helada.

Al principio yo me mantenía al margen.

No me interesaba.

Luego acepté una.

Después otra.

Al comienzo era una forma de aliviar el calor acumulado de la cocina.

Más adelante se convirtió en una manera de relajar los músculos.

Y después, sin darme cuenta, empecé a esperar ese momento cada día.

La cerveza parecía ayudarme a silenciar el ruido que llevaba dentro.

El cansancio.

La preocupación.

La incertidumbre.

La distancia de mi esposo y de mi hijo.

La tristeza.

Por primera vez comprendí cómo una costumbre aparentemente inofensiva puede instalarse silenciosamente en la vida de una persona.

No llegué a perder el control.

Pero sí reconocí algo que me inquietó.

Empezaba a hacerme falta.

Y admitirlo fue incómodo.

Porque siempre me había considerado una mujer fuerte.

Sin embargo, la fortaleza también se agota.

Y cuando se agota, uno busca refugios donde puede encontrarlos.

Mientras intentaba sostenerme apareció otro golpe inesperado.

Una tarde el chef se acercó y me dijo:

- La próxima semana ya no voy a necesitarte.

Sentí un vacío inmediato.

Mi primera reacción fue pensar que había cometido algún error.

Quizá había trabajado mal.

Quizá había molestado a alguien.

Quizá mis dificultades con el idioma finalmente me estaban pasando factura.

Le pregunté qué había sucedido.

Su respuesta me sorprendió.

- No es por ti. Es por la temporada.

Me explicó algo que yo desconocía completamente.

El restaurante funcionaba principalmente durante los eventos deportivos y los conciertos que se realizaban en el estadio cercano.

Con la llegada de otra estación del año, la actividad disminuía drásticamente.

Las ventas bajaban.

Los equipos se reducían.

Y muchas personas dejaban de trabajar temporalmente.

Aquella conversación me abrió los ojos a una realidad que no conocía.

En Estados Unidos muchos empleos dependen de las estaciones, del turismo o de determinados ciclos económicos.

Había comenzado a entender el idioma.

A conocer mis funciones.

A adaptarme a la rutina.

Y de repente descubría que nada de eso garantizaba estabilidad.

Otra vez el piso se movía bajo mis pies.

Debí haberme acostumbrado a eso.

Pero nunca se vuelve fácil.

Quizás el chef notó mi preocupación.

Quizás comprendió que detrás de aquella trabajadora recién llegada había una mujer intentando reconstruir una vida.

Porque hizo algo que jamás olvidaré.

Me propuso conservar algunas horas de limpieza.

Me consiguió trabajo en las oficinas de la compañía.

Luego me recomendó para otro restaurante.

Más tarde apareció un nuevo turno durante los fines de semana.

Así terminé armando una especie de rompecabezas laboral.

Dos horas en un lugar.

Una hora y media en otro.

Después la cocina.

Un horario fragmentado que me obligaba a correr de un extremo a otro de la ciudad.

Pero seguía siendo mejor que quedarme sin trabajo.

Cuando llegué al siguiente restaurante pensé que la experiencia acumulada me daría cierta ventaja.

Había aprendido a preparar pizzas.

A organizar pedidos.

A manejar tiempos de cocción.

Creí que ya sabía cómo funcionaba una cocina.

Me equivocaba.

Cada cocina tiene su propio idioma.

Sus propias reglas.

Sus propios ritmos.

Y nuevamente tuve que empezar desde cero.

Recibí una inducción tan rápida que apenas podía seguir las explicaciones.

Nuevos platos.

Nuevos ingredientes.

Nuevos procedimientos.

Nuevas exigencias.

Aquella experiencia me enseñó algo que se repetiría muchas veces en mi vida.

La experiencia ayuda.

Pero no evita que tengas que volver a aprender.

Mientras tanto, mi corazón seguía dividido.

Durante esos meses continuaban las preocupaciones por lo que ocurría en Perú.

Mi esposo y mi hijo seguían allá.

Yo trabajaba aquí.

Vivíamos conectados por llamadas, mensajes y silencios.

Hasta que un día recibí una noticia que cambió completamente mi estado de ánimo.

Después de seis meses, mi esposo había decidido viajar con nuestro hijo para visitarnos.

La emoción y la angustia llegaron juntas.

Porque mientras ellos se acercaban, mi situación laboral volvía a tambalear.

Y la vida, una vez más, parecía prepararse para ponerme a prueba.