Emprender en medio del miedo
En el nuevo restaurante fui encontrando poco a poco mi lugar. A medida que avanzaban las semanas, también se acercaba la temporada de verano, una de las épocas de mayor actividad. Fue entonces cuando me propusieron trabajar cinco días a la semana durante seis horas diarias.
Acepté sin dudarlo.
Aquella oportunidad representaba algo importante para mí.
Sin embargo, comprendí que no podía seguir sosteniendo el mismo ritmo de trabajo que llevaba hasta entonces.
Mantener las jornadas de limpieza en los otros dos restaurantes estaba agotando mis fuerzas físicas y emocionales, por lo que decidí renunciar a ambos empleos para concentrarme en este nuevo reto.
Mirando hacia atrás, fue una de las decisiones más acertadas que tomé durante aquellos primeros años.
El cambio no era solamente laboral. También significaba enfrentarme a una realidad completamente distinta.
Si antes había trabajado con cocineros latinos, ahora me encontraba bajo la dirección de varios Chefs de habla inglesa.
Aunque uno que otro habla algunas oraciones en español, la comunicación cotidiana me obligaba a desenvolverme si o si en inglés.
Yo apenas podía construir algunas frases.
Muchas veces me sentía como una niña aprendiendo a hablar por primera vez. Balbuceaba palabras, buscaba expresiones y trataba de hacerme entender mientras luchaba contra la vergüenza de equivocarme. Aun así, entendía que ya no podía seguir postergando el aprendizaje del idioma.
Por primera vez sentí que aprender inglés no era una opción, sino una necesidad.
Comencé a buscar programas para migrantes hasta encontrar un instituto que ofrecía clases gratuitas o de bajo costo. La demanda era tan alta que únicamente pudieron incluirme en una lista de espera. No era la solución inmediata que esperaba, pero al menos había dado el primer paso.
Mientras mi situación laboral se estabilizaba un poco, otra idea comenzó a tomar fuerza dentro de mí.
Desde mi llegada a Estados Unidos observaba con atención el trabajo de la amiga que nos había recibido al principio. Ella tenía experiencia en el área de los masajes y el bienestar corporal. Poco a poco fui imaginando la posibilidad de construir algo propio.
No llegué con capital, ni con un local, ni con grandes recursos. Pero sí llegué con algo que siempre me había acompañado: la capacidad de reinventarme.
Comencé a comprar equipos de manera gradual. Una semana adquiría una camilla; otra, una manta térmica. Después llegaban los insumos, los aceites, los implementos para limpieza facial y todo aquello que podía permitirme sin poner en riesgo el pago de la renta o mis gastos básicos.
Cada compra representaba un pequeño paso hacia un sueño.
Monté una página en redes sociales y empecé a ofrecer servicios de masajes terapéuticos a domicilio.
Sentía que mi formación en el área de la salud, sumada a mi experiencia profesional como trabajadora social, me proporcionaba herramientas valiosas para acompañar a las personas desde el bienestar físico y humano.
Por primera vez desde mi llegada sentí que estaba construyendo algo que me pertenecía.
Mi objetivo no era hacerme rica. Lo que buscaba era recuperar poco a poco mi independencia económica y disminuir la dependencia de otras personas.
Sin embargo, emprender siendo migrante indocumentada implicaba desafíos que pocos imaginan.
Vivía con miedo.
Miedo a equivocarme.
Miedo a confiar en la persona equivocada.
Miedo a ser víctima de una estafa.
Miedo a exponerme innecesariamente.
Cada llamada era analizada con cautela. Antes de aceptar una cita, preguntaba quién recomendaba mis servicios, cómo había obtenido mi número y qué relación tenía con las personas que me conocían.
Solamente aceptaba clientes que pudieran ser verificados a través de amigos, compañeros de trabajo o vecinos de confianza.
Aquella vigilancia permanente resultaba agotadora.
Mientras otras personas podían concentrarse únicamente en hacer crecer un negocio, yo debía invertir buena parte de mi energía en sentirme segura.
Aun así, seguí adelante.
Con mi camilla, los aceites, los guantes, el incienso y todos mis implementos, recorría distintos lugares utilizando Uber para atender a mis clientes. Algunos servicios me generaban ingresos adicionales que reinvertía nuevamente en equipos e insumos.
Con el tiempo también descubrí una realidad que no había previsto.
Los masajes terapéuticos eran valorados por muchas personas, pero no siempre representaban una prioridad económica. La mayoría de los clientes latinos destinaban más recursos a tratamientos estéticos que a terapias de bienestar físico o rehabilitación corporal.
Ese era precisamente el nicho de trabajo de mi amiga.
Yo, en cambio, me había enfocado en un área diferente.
Aunque los ingresos no eran los que esperaba, el proyecto seguía dándome algo que necesitaba profundamente: esperanza.
Sentía que cada paso me acercaba un poco más a la posibilidad de construir un futuro propio.
Sin embargo, junto al miedo migratorio apareció otra preocupación constante: la vulnerabilidad de ser mujer trabajando sola.
Pronto comprendí que no todos entendían el carácter profesional de mi trabajo.
Recuerdo especialmente a un compañero del restaurante que comenzó a presentar dolores musculares. Algunos compañeros le comentaron que yo realizaba masajes terapéuticos y él me preguntó si podía atenderlo.
Le respondí que sí.
Horas después, mientras me preparaba para salir del trabajo, se acercó nuevamente.
- ¿Cuánto me cobrarías por un masaje sexual? - preguntó.
Sentí una mezcla de desconcierto, indignación y tristeza.
Sin perder la calma, le expliqué que realizaba masajes terapéuticos enfocados en la recuperación muscular, la relajación, el bienestar físico y algunos procedimientos de cuidado facial.
Pero él no escuchaba.
Insistió varias veces.
Incluso llegó a ofrecerme una cantidad considerable de dinero.
Aquella conversación terminó cuando decidí retirarme.
Después continuó llamándome, pero nunca más respondí sus llamadas.
Meses más tarde, una compañera denunció comportamientos de acoso por parte de ese mismo hombre, confirmando algo que yo ya había percibido desde el principio.
Aquella experiencia me hizo entender que establecer límites claros no era una opción, sino una necesidad.
También hubo situaciones incómodas con clientes que confundían amabilidad con interés sentimental o que interpretaban equivocadamente la naturaleza de mi trabajo.
En una ocasión, mientras realizábamos un masaje a cuatro manos junto con mi amiga, un cliente decidió desnudarse completamente a pesar de las instrucciones que habíamos dado previamente para preservar su privacidad y comodidad.
Aunque finalmente comprendió su error y se disculpó, la situación nos hizo sentir vulnerables.
Aquella experiencia terminó de confirmar algo que venía reflexionando desde hacía tiempo.
Debía priorizar mi seguridad.
Por esa razón tomé una decisión definitiva: atender únicamente mujeres.
No fue una decisión motivada por el rechazo, sino por la necesidad de trabajar con tranquilidad, proteger mi integridad y reducir riesgos innecesarios.
En un país nuevo, lejos de todo lo conocido, estaba aprendiendo que emprender no consistía únicamente en generar ingresos.
También significaba aprender a poner límites, protegerme y reconocer que mi seguridad siempre debía estar por encima de cualquier oportunidad económica.