Viajar con el alma en custodia
Los viajes dejaron de ser los mismos.
Durante años había cruzado fronteras sola. Conocía los aeropuertos, los procedimientos, las filas interminables, las preguntas de los oficiales y las revisiones de equipaje. Viajar se había convertido en una rutina más dentro de mi trabajo.
Pero cuando la relación se fortaleció y mis viajes a Perú dejaron de ser laborales, algo cambió.
Mi mirada cambió.
Mis razones para viajar cambiaron.
Y también cambió la forma en que los demás me observaban.
Recuerdo una ocasión en el aeropuerto José María Córdova, en Rionegro. Durante años había respondido con seguridad la misma pregunta:
- ¿Motivo de viaje?
- Trabajo.
La respuesta era sencilla. Llevaba permisos laborales, contratos y toda la documentación necesaria para justificar mis constantes desplazamientos.
Pero llegó el día en que ya no viajaba por trabajo.
Viajaba por amor.
Cuando el oficial de migración me preguntó nuevamente el motivo de mi viaje, dudé por un instante.
- Voy a visitar a mi novio.
Recuerdo perfectamente su expresión.
Levantó la mirada del pasaporte, me observó unos segundos y luego dijo algo que me dejó completamente desconcertada.
- Ahora los peruanos nos están quitando nuestras mujeres.
No supe si hablaba en serio o si se trataba de una broma.
Solo recuerdo la incomodidad del momento y la sensación de estar explicando algo que ni yo misma terminaba de comprender.
Porque la verdad era que mi vida estaba cambiando más rápido de lo que alcanzaba a procesar.
Con el tiempo, las preguntas se volvieron frecuentes.
Tantos viajes despertaban sospechas.
Tanto en Colombia como en Perú.
Los funcionarios observaban mis sellos migratorios, revisaban fechas, preguntaban motivos y parecían buscar una explicación lógica para aquella mujer que aparecía una y otra vez entre ambos países.
Yo también comenzaba a preguntármelo.
Después llegó una situación distinta.
Ya no viajaba sola.
Ahora viajaba con mis hijos.
Y descubrí que migrar con niños es una experiencia completamente diferente.
La primera vez que salí definitivamente de Colombia con ellos sentí el peso de todas las responsabilidades posibles sobre mis hombros.
Llevaba dos hijos.
Dos pasaportes adicionales.
Permisos de salida.
Registros civiles.
Autorizaciones de ambos padres.
Documentos de matrimonio.
Copias.
Originales.
Fotocopias.
Y el temor permanente de que algo faltara.
Cuando llegué al control migratorio observé cómo las demás personas avanzaban con rapidez.
Yo no.
Mi fila parecía detenerse en mí.
Las preguntas comenzaron una tras otra.
Los documentos pasaban de una mano a otra.
Los funcionarios revisaban fechas, firmas y autorizaciones.
Mientras tanto, yo observaba el reloj.
Cada minuto parecía más largo que el anterior.
Sentía que toda mi vida estaba siendo examinada sobre un mostrador.
Madre de dos hijos.
Dos padres distintos.
Dos nacionalidades diferentes.
Dos historias familiares que ahora convergían en una misma decisión.
Nunca nadie expresó un juicio directamente.
Pero había momentos en que el silencio parecía hablar más que las palabras.
Finalmente me autorizaron la salida.
- Puede pasar.
Recogí los documentos con alivio.
Y entonces comenzó la carrera.
Un bebé en brazos.
Una niña tomada de mi mano.
Una mochila.
Pañales.
Tiquetes.
Biberones.
Pasaportes.
Todo al mismo tiempo.
Corría por el aeropuerto con la sensación de que algo podía quedarse atrás en cualquier momento.
Un documento.
Una maleta.
Un objeto.
O peor aún, uno de mis hijos.
Cuando finalmente abordamos el avión pensé que lo más difícil había terminado.
Me equivoqué.
Apenas despegamos, mi bebé comenzó a llorar desconsoladamente.
El cambio de presión parecía estar causándole dolor.
Intenté calmarlo de todas las formas posibles.
Agua.
Chupo.
Caricias.
Nada funcionaba.
Sentía las miradas de los pasajeros.
Algunas comprensivas.
Otras cansadas.
Y mientras él lloraba, yo intentaba mantener la calma.
Fue entonces cuando una azafata se acercó.
Lo hizo con una serenidad que jamás olvidaré.
Como si pudiera ver todo lo que estaba ocurriendo dentro de mí además de lo que ocurría en el avión.
Me habló con paciencia.
Me hizo algunas preguntas.
Intentó ayudarme.
Finalmente decidí alimentarlo.
No porque tuviera hambre.
Sabía que no la tenía.
Pero necesitaba consuelo.
Y quizás yo también.
Cuando se quedó dormido en mis brazos sentí que podía volver a respirar.
Miré por la ventana.
Las nubes quedaban debajo de nosotros.
Y comprendí algo que hasta ese momento no había entendido.
Migrar no era solo cambiar de país.
Era aprender a sostener una vida completa mientras todo alrededor estaba cambiando.
Aquella tarde no viajaba únicamente con dos hijos.
Viajaba con mis miedos.
Con mis dudas.
Con mis decisiones.
Y con la esperanza de que al otro lado de la frontera existiera un lugar para nosotros.