Aprender a vivir de nuevo
Llegar a Lima con mis dos hijos era apenas el comienzo.
A la salida del aeropuerto nos esperaban mi esposo y mi cuñada. Recuerdo que me sorprendió la tranquilidad con la que nos recibieron. Después de todo lo que yo había vivido para llegar hasta allí, imaginaba una escena distinta, quizá más emotiva, más solemne. Pero no fue así.
Nos saludaron con naturalidad.
Como quien recoge a alguien después de una diligencia corta.
Como si hubiera ido al supermercado y regresara a casa.
- Ya llegaron, suban, vámonos.
Y nos fuimos.
Yo venía cargando meses de despedidas, decisiones difíciles, incertidumbres y emociones acumuladas. Sin embargo, la vida no se detuvo para que pudiera procesarlas.
Simplemente continuó.
Llegué a una casa donde no faltaba nada. Todo estaba dispuesto para recibirnos. Había muebles, alimentos, habitaciones organizadas y una rutina funcionando.
Solo faltaba una cosa: que yo lograra encajar dentro de ella.
Al día siguiente mi esposo regresó a la mina.
Quince días fuera.
La misma mina a la que yo había renunciado tiempo atrás.
Y de pronto me encontré sola en una ciudad que todavía no entendía.
Había que buscar colegio para mi hija.
Organizar la casa.
Aprender a moverme por la ciudad.
Administrar el dinero.
Resolver asuntos cotidianos.
Y fue allí donde apareció uno de los primeros desafíos que jamás imaginé.
Me dejo unos soles.
Era el dinero que mi esposo me había dejado para los gastos iniciales.
Recuerdo observar los billetes y preguntarme cuánto representaban realmente.
¿Era mucho?
¿Era poco?
¿Cuánto costaban los alimentos?
¿Para cuántos días alcanzaría?
¿Cómo se administraba una economía que todavía no comprendía?
De pronto me sentí como una niña aprendiendo nuevamente cuestiones básicas de la vida adulta.
Mi cuñada se convirtió en una guía fundamental durante aquellos primeros meses.
Fue ella quien me enseñó las dinámicas cotidianas que para todos parecían normales, pero para mí eran completamente nuevas.
Una de las que más me impactó fue la forma de comprar los alimentos.
Yo venía de hacer mercado semanal o quincenal.
Allí descubrí la costumbre de comprar prácticamente a diario.
Los alimentos debían ser frescos.
La cocina giraba alrededor de ingredientes recién adquiridos.
Aquello me parecía agotador.
A eso se sumaba otro reto: aprender una gastronomía completamente distinta.
Los productos que conocía de Colombia simplemente no estaban allí.
Buscaba ingredientes familiares y encontraba otros nombres, otros sabores, otras formas de preparar los alimentos.
Aprender a cocinar comida peruana se convirtió en una escuela intensiva.
Y lograr que la familia aprobara mis preparaciones fue un desafío tan exigente como cualquier proyecto profesional que hubiera dirigido.
Mientras tanto, comenzaba a enfrentar otra realidad.
La educación.
Descubrí que muchas familias hacían enormes esfuerzos para acceder a colegios privados, debido a las limitaciones que percibían en parte de la educación pública.
Aquello me obligó a hacerme una pregunta urgente:
¿cómo iba a reconstruir mi vida profesional en este país?
Pronto comprendí que no sería sencillo.
Las oportunidades laborales eran limitadas.
La competencia era alta.
Y aunque nadie lo decía abiertamente, muchas veces sentía que las vacantes estaban pensadas para profesionales locales.
Mi experiencia, que en Colombia me había abierto tantas puertas, parecía perder parte de su valor al cruzar la frontera.
Antes incluso de poder trabajar debía resolver mi situación migratoria.
Comenzaron entonces los trámites.
Registrar el matrimonio.
Formalizar la nacionalidad de nuestro hijo.
Gestionar la residencia.
Presentar documentos.
Esperar respuestas.
Aprender procedimientos nuevos.
La burocracia se convirtió en una compañera constante.
Pero en medio de todo aquello surgió una idea que cambiaría mi camino.
Mi esposo me sugirió algo que hasta ese momento no había contemplado con seriedad:
crear mi propia empresa.
No depender de una contratación.
No esperar una oportunidad.
Construirla.
Así nació SIRE PERÚ E.I.R.L.
Constituirla fue mucho más que un trámite legal.
Fue una declaración de principios.
Era mi manera de decirme que todavía podía abrirme camino.
Que la migración no significaba renunciar a mi identidad profesional.
A través de esa empresa desarrollé procesos de asesoría, acompañamiento social, gestión ambiental y seguridad en diferentes sectores productivos.
Fue un logro enorme.
Uno de esos logros que pocas personas ven porque ocurre lejos de los aplausos.
Pero detrás había horas de trabajo, incertidumbre, esfuerzo y aprendizaje.
Con el tiempo también llegó una nueva decisión.
Mantener simultáneamente mi empresa y la de mi esposo se volvió difícil.
La carga administrativa, operativa y familiar era cada vez mayor.
Y comprendí que crecer también implica elegir.
Finalmente decidí concentrar mis esfuerzos en el proyecto empresarial familiar.
No sentí que estuviera renunciando.
Sentí que estaba construyendo junto a alguien más.
Y mirando hacia atrás comprendo que aquellos primeros años en Perú me enseñaron algo que jamás aprendí en la universidad ni durante mi experiencia profesional en Colombia.
Migrar no consiste únicamente en cambiar de país.
Migrar es aprender a vivir de nuevo.
Aprender nuevas reglas.
Nuevas palabras.
Nuevas costumbres.
Nuevas formas de trabajar.
Nuevas formas de pertenecer.
Es descubrir que la experiencia acumulada ayuda, pero no evita que tengas que comenzar desde cero.
Porque hay territorios que aparecen en los mapas.
Y hay otros que solo existen cuando la vida te obliga a atravesarlos.
Yo crucé ambos.
Y fue en ellos donde aprendí que mi verdadera patria ya no era un lugar.
Era la capacidad de reconstruirme cada vez que la vida me pedía empezar otra vez.