El camino hacia la montaña
Al día siguiente, la aventura continuaba.
Debía regresar al aeropuerto Jorge Chávez para tomar un nuevo vuelo con destino a Chiclayo. Desde allí comenzaba la verdadera ruta hacia la mina.
Lima había sido el primer descubrimiento.
Chiclayo sería otro.
Recuerdo que me pareció una ciudad más pequeña y cálida.
También había tráfico y movimiento constante, pero la sentía menos acelerada que la capital.
Las calles eran más estrechas, algunas vías mostraban el desgaste del tiempo y los mototaxis parecían desplazarse en todas las direcciones al mismo tiempo.
También percibía algo diferente en las personas.
Me parecían más espontáneas.
Más cercanas.
Quizás era una impresión de recién llegada, pero sentía una calidez distinta en la manera de relacionarse.
Sin embargo, el verdadero reto aún estaba por comenzar.
La salida hacia la mina ocurría antes del amanecer.
A las seis de la mañana partíamos en convoy.
Lo que seguía eran cinco o seis horas de recorrido por caminos angostos y polvorientos que atravesaban montañas imponentes. A medida que avanzábamos, la geografía se transformaba en un espectáculo tan hermoso como intimidante.
Los precipicios aparecían a pocos metros de la carretera.
Las curvas parecían interminables.
Los cañones se abrían profundos y majestuosos a ambos lados del camino.
La naturaleza imponía respeto.
Mientras mis compañeros admiraban el paisaje, yo luchaba por mantener el equilibrio.
No recuerdo un solo viaje en el que no terminara mareada.
Ninguno.
Por mi culpa, en más de una ocasión el convoy tuvo que detenerse para que pudiera recuperarme.
Aquello me avergonzaba un poco.
Venía de Colombia, donde estaba acostumbrada a recorrer montañas, visitar diferentes pisos térmicos y trabajar en territorios de difícil acceso.
Sin embargo, por alguna razón que nunca logré comprender del todo, aquellas carreteras peruanas lograban descompensarme incluso cuando no estábamos a grandes alturas.
Al principio pensé que jamás lograría adaptarme.
Pero fueron los propios habitantes de la región quienes comenzaron a enseñarme.
Ellos tenían respuestas para todo.
Me explicaron que muchas personas sufrían soroche, el llamado mal de altura. Me recomendaron llevar siempre ciertos caramelos de limón que se conseguían fácilmente en las pequeñas tiendas del camino, conocidas allí como bodegas.
También me enseñaron cuáles medicamentos ayudaban a prevenir el mareo antes de iniciar el recorrido.
Poco a poco fui incorporando aquellos rituales a mis viajes.
Hasta que llegó una recomendación que me tomó por sorpresa.
- Mastique coca, me dijeron con absoluta naturalidad.
Recuerdo que abrí los ojos con asombro.
Venía de una realidad cultural distinta y aquella sugerencia despertó inmediatamente mi curiosidad.
Ellos sonrieron al notar mi reacción.
Para quienes vivían allí era algo completamente normal, parte de los conocimientos tradicionales transmitidos durante generaciones para enfrentar las exigencias de la montaña.
Yo, en cambio, estaba descubriendo un mundo nuevo.
Y eso era precisamente lo que más me fascinaba de aquellos viajes.
No solo estaba conociendo otro país.
Estaba aprendiendo que existen muchas maneras de habitar el territorio, de relacionarse con la naturaleza y de resolver los desafíos cotidianos.
Cada curva del camino me mareaba.
Pero también me enseñaba algo.
Y poco a poco, sin darme cuenta, aquellas montañas comenzaron a formar parte de mi historia.