La mujer que aún regresaba Los sabores de un país nuevo
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Los sabores de un país nuevo

La primera vez que visité Larcomar quedé fascinada.

Aquel lugar parecía suspendido entre la ciudad y el océano. Caminar por sus corredores era una experiencia distinta. Las tiendas, los restaurantes y la vista privilegiada sobre el Pacífico creaban una sensación difícil de describir. Todo parecía estar pensado para contemplar el mar.

Recuerdo especialmente mis primeras experiencias con la gastronomía peruana.

Hasta entonces había escuchado hablar de ella, pero nunca la había probado.

Aquella tarde pedí un ceviche mixto y unas conchas a la parmesana.

Todavía puedo recordar los sabores.

Fue una verdadera explosión para el paladar.

Me sentía privilegiada. No solo por la comida, sino por el conjunto de la experiencia: el paisaje, la tranquilidad del lugar, la conversación agradable y el océano extendiéndose frente a nosotros bajo el cielo gris de Lima.

Era imposible no disfrutarlo.

Sin embargo, también descubrí algo que llamó mi atención: los precios.

Muchos productos se ofrecían en dólares y resultaban elevados para alguien que recién comenzaba a familiarizarse con la dinámica económica del país.

Recuerdo que una compañera de trabajo, con más experiencia en Perú que yo, insistía en que debía comprar un abrigo de alpaca.

- Lina, vale la pena, me repetía. Son de las mejores prendas que vas a encontrar aquí.

Me llevó a una tienda especializada y allí encontré abrigos, bufandas y prendas hermosas confeccionadas con aquella fibra tan apreciada.

Cuando vi los precios dudé.

Cuatrocientos soles por un abrigo.

Doscientos por una bufanda.

En ese momento me parecían sumas importantes.

Mi compañera sonrió y me dijo algo que todavía recuerdo:

- Te sientas un rato frente al computador y recuperas la inversión.

No pude evitar reír.

Lo cierto es que tenía razón. En aquella época la consultoría me permitía una estabilidad económica que pocas veces había experimentado. Podía darme ciertos gustos y disfrutar experiencias que años atrás habrían parecido lejanas.

Así que decidí hacerlo.

Comprar, probar, recorrer y descubrir.

Porque viajar también era eso.

Permitirle al mundo sorprenderme.

Aquella noche salí a recorrer la ciudad.

Me impresionó su arquitectura colonial, los edificios históricos y los contrastes que parecían convivir en cada calle. Lima seguía pareciéndome caótica, intensa y acelerada, pero también profundamente viva.

Mientras caminaba observaba algo que me resultaba familiar.

Por momentos sentía que estaba viendo una versión de Colombia muchos años atrás.

Los sistemas de transporte, los buses repletos de pasajeros, la presencia constante de mototaxis y ciertas dinámicas urbanas me recordaban escenas que había visto durante mi infancia.

Todo me resultaba extraño y cercano al mismo tiempo.

Esa noche también descubrí algo que terminaría enamorándome de Perú.

La música.

Entré a un almacén y escuché una voz que inmediatamente captó mi atención.

No conocía a la cantante.

No entendía del todo el género musical.

Pero había algo en aquella interpretación que me conmovió profundamente.

Más tarde descubrí que pertenecía a la música criolla peruana, un género profundamente respetado y valorado por el pueblo peruano.

Aquella fue la primera de muchas veces en que un país me habló a través de sus canciones.

Y yo, sin darme cuenta, ya comenzaba a escucharlo.