La mujer que aún regresaba.
El día que salí de Colombia no lo hice con certezas.
Me fui acompañada por una mezcla extraña de esperanza e incertidumbre, de miedo y valentía.
No había un plan cuidadosamente diseñado ni una estrategia de vida construida con años de anticipación.
Simplemente la vida comenzó a moverme hacia otro lugar antes de que yo misma entendiera que estaba comenzando un proceso migratorio.
Todo empezó a raíz de mis viajes al Perú como consultora internacional para un proyecto minero.
Durante meses, mi vida transcurrió entre dos países.
Viajaba por dos semanas, regresaba a Colombia y retomaba mis funciones como coordinadora social y formuladora de proyectos.
Mi rutina estaba marcada por la intensidad: reuniones comunitarias, procesos sociales, formulación de iniciativas y largas jornadas de trabajo en territorio.
Mientras cumplía con mis responsabilidades en Colombia, Perú empezó a aparecer lentamente en mi horizonte. Primero fue un destino laboral. Después se convirtió en una experiencia que transformaría mi vida.
La travesía comenzaba mucho antes de llegar al aeropuerto.
Comenzaba a las cuatro de la mañana, cuando debía salir de casa en medio de la oscuridad.
Haber crecido en un contexto donde la amenaza era una presencia constante no me había enseñado a convivir con ella.
Nadie aprende realmente a vivir con el miedo.
Uno simplemente aprende a seguir avanzando a pesar de él.
Por eso, cada viaje iniciaba con una escena que hoy recuerdo con profunda gratitud.
Mi hermana.
Aunque era menor que yo, poseía una fortaleza que siempre admiré. En aquella época trabajaba con población habitante de calle y conocía a muchas de las personas que transitaban las noches de la ciudad. Ellos la respetaban. Ella sabía cómo hablarles, cómo acercarse y cómo hacerse escuchar.
Cada vez que debía viajar, me acompañaba hasta el transporte.
Mientras yo observaba con temor los movimientos de la madrugada, ella caminaba a mi lado con absoluta seguridad.
Más de una vez la vi intervenir para alejar a personas que se acercaban demasiado o para evitar situaciones que podían convertirse en un riesgo.
Durante aquellos años se convirtió en una especie de guardiana silenciosa de mis partidas.
Pero salir de casa implicaba mucho más que enfrentar la oscuridad.
También significaba dejar organizada la vida de quienes permanecían.
Mi hija tenía apenas nueve años. Antes de cada viaje debía asegurarme de que todo quedara dispuesto para su cuidado durante las dos semanas que estaría ausente.
Mary, una mujer afrodescendiente de enorme compromiso y generosidad, permanecía en casa acompañándola.
Mi hermana, además, seguía atenta a cualquier necesidad que pudiera surgir.
Solo después de verificar que todo estaba en orden podía permitirme partir.
Entonces llegaba el momento más difícil.
Abordaba una pequeña buseta o un taxi compartido rumbo al aeropuerto José María Córdova. Antes de subir, abrazaba a mi hermana. Luego me alejaba aparentando una valentía que todavía no sentía.
Ese instante de dar la espalda siempre fue más difícil de lo que parecía.
En el aeropuerto comenzaba otro ritual: documentos, revisiones, preguntas, equipaje, migración. Todo parecía exigir explicaciones. Sin embargo, detrás del cansancio y los procedimientos, también habitaba la emoción de quien estaba descubriendo un mundo nuevo.
Me fascinaba observar.
Observaba a los viajeros, sus conversaciones, sus gestos, sus silencios.
Miraba los cambios del paisaje desde la ventanilla del avión y me preguntaba por las historias de quienes viajaban a mi alrededor.
Muchas veces terminaba conversando con ingenieros, consultores y profesionales que, como yo, se dirigían a proyectos mineros en distintas regiones del continente.
Cada vuelo era una pequeña ventana hacia otras vidas.
Y luego aparecía Lima.
Recuerdo mi llegada al aeropuerto Jorge Chávez como una mezcla de familiaridad y extrañeza. Compartíamos el mismo idioma, pero no la misma manera de habitarlo.
Pronto descubrí algo que me llamó profundamente la atención: en Perú las personas parecían hablar menos.
No era falta de amabilidad. Era simplemente una forma distinta de relacionarse.
Venía de una cultura donde saludamos varias veces, agradecemos repetidamente y establecemos conversación con facilidad.
Allí encontré una comunicación más reservada, más contenida.
Al principio interpreté esa distancia como frialdad.
Con el tiempo comprendí que era simplemente otra forma de expresar respeto.
También me sorprendía que me llamaran “señorita” constantemente. Durante mucho tiempo me pregunté por qué lo hacían. Más adelante entendí que era una expresión habitual de cortesía, independientemente de la edad de la mujer a quien se dirigieran.
Cada viaje me enseñaba algo nuevo.
No solo estaba aprendiendo a moverme en otro país. Estaba aprendiendo a mirar el mundo desde otra perspectiva.
Sin saberlo, aquellos vuelos frecuentes entre Colombia y Perú estaban sembrando las primeras raíces de una transformación mucho más profunda. Lo que comenzó como una consultoría temporal terminaría convirtiéndose en el inicio de una nueva etapa de mi vida.
La ciudad de los contrastes
La primera vez que llegué a Lima tuve la sensación de haber aterrizado en una ciudad hecha de contradicciones.
Antes incluso de salir del aeropuerto ya observaba detalles que llamaban mi atención.
Los empleados caminaban con impecables uniformes azul oscuro.
Las mujeres llevaban el cabello cuidadosamente recogido en moños protegidos por mallas.
Había algo en aquella imagen que transmitía disciplina, orden y rigurosidad.
Recuerdo haber pensado que parecían formados bajo las mismas reglas.
Años después comprendí que mi impresión inicial no estaba tan lejos de la realidad.
Cuando matriculé a mi hija en un colegio particular descubrí reglamentos minuciosos sobre la presentación personal: el uniforme, el peinado de las niñas, el corte de cabello de los niños.
Comprendí entonces que aquella disciplina que observé en el aeropuerto formaba parte de una cultura más amplia.
Pero el verdadero impacto vino al cruzar las puertas de salida.
Dentro del aeropuerto todo parecía funcionar con precisión. Afuera, la ciudad se desplegó frente a mí como una corriente imposible de contener.
Personas caminando apresuradamente.
Vehículos ocupando cada espacio disponible.
Conductores esperando pasajeros con los motores encendidos.
Maletas que desaparecían entre la multitud.
Gritos.
Pitos.
Movimiento.
Mucho movimiento.
Observaba a los viajeros salir aparentemente tranquilos y, apenas cruzaban la reja principal, parecían ser absorbidos por una velocidad que yo todavía no comprendía.
Mientras avanzaba hacia el hotel, la ciudad comenzó a transformarse frente a mis ojos.
Fue como asistir a una clase acelerada sobre historia, economía y desigualdad social.
Vi calles donde la precariedad parecía una presencia cotidiana. Personas empujando carretillas cargadas de reciclaje. Perros y palomas disputándose restos de comida. Sectores donde la vulnerabilidad era visible incluso para alguien que acababa de llegar.
Y de pronto, casi sin transición, el paisaje cambiaba.
La Costa Verde apareció ante mí como una postal inesperada.
El océano Pacífico se extendía bajo un cielo gris que parecía fundirse con el mar. Las vías amplias recorrían la costa. Los edificios modernos se elevaban frente al horizonte. Todo transmitía una sensación distinta de desarrollo y prosperidad.
En menos de una hora había visto dos ciudades.
O tal vez una sola ciudad mostrando dos rostros distintos.
Aquella experiencia me acompañó durante años.
Con el tiempo descubrí que Lima también estaba atravesada por otra realidad: la desconfianza.
Siempre había alguien dispuesto a advertirme.
- Señorita, tenga cuidado.
- Mejor le pedimos un taxi seguro.
- Tomamos la placa y hacemos seguimiento.
- Avísenos cuando llegue.
Al principio me parecía exagerado.
Después comprendí que no lo era.
La seguridad formaba parte de la vida cotidiana y aprender sus códigos resultaba indispensable para moverse por la ciudad.
También aprendí otra lección que muchos migrantes conocen bien: el precio de no conocer el territorio.
Una tarde tomé un taxi para visitar a una amiga. El conductor me cobró cincuenta dólares. Acepté sin cuestionar porque desconocía las tarifas. Cuando llegamos, volvió a acercarse.
- Señorita, son veinte dólares más.
Pensé que se había equivocado y se los entregué.
Más tarde mi amiga me explicó que el trayecto costaba apenas una fracción de lo que había pagado.
Recuerdo la mezcla de sorpresa y tristeza que sentí.
No por el dinero en sí.
Pensaba en los regalos que habría podido comprarle a mi hija con esa diferencia.
Sin embargo, con el tiempo entendí que aquella pérdida también formaba parte del aprendizaje.
Migrar implica muchas cosas.
Entre ellas, aceptar que habrá errores, malentendidos y lecciones que solo se aprenden viviendo.
Aquella tarde no solo pagué un taxi.
Pagué una de las primeras clases que Lima tenía reservadas para mí.