La mujer que aún regresaba Los silencios de la montaña
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Los silencios de la montaña

Adaptarme a la dinámica de la mina no representó una dificultad para mí.

Llegaba con años de experiencia en proyectos mineros, líneas de transmisión de energía y obras de infraestructura desarrolladas en Colombia. Conocía los procedimientos, entendía la lógica de los proyectos y me sentía cómoda dentro de aquellos entornos donde la rigurosidad técnica era indispensable.

Nada de eso me intimidaba.

Lo que sí me inquietaba era algo mucho más complejo.

La gente.

Desde el momento en que abordé aquel primer vuelo entre Medellín, Panamá, Lima y Chiclayo, tuve la certeza de que mi verdadero desafío no estaría en la mina, sino en las comunidades que convivían con ella.

Mi trabajo siempre había consistido en algo difícil de explicar.

Leer a las personas.

Interpretar gestos.

Escuchar silencios.

Reconocer tensiones.

Comprender aquello que rara vez se expresa de manera directa.

En Colombia había desarrollado esa capacidad durante años de trabajo de campo.

Sabía identificar señales.

Podía percibir confianza, resistencia, miedo o apertura incluso antes de que fueran verbalizados.

Pero en Perú ocurrió algo inesperado.

No lograba leer a la gente.

La majestuosidad del paisaje se dejaba observar sin dificultad. Los verdes intensos de las montañas, los profundos cañones y la geografía imponente parecían hablar por sí solos.

Las personas, en cambio, permanecían en silencio.

Los profesionales locales parecían observarnos con cautela.

Las comunidades nos recibían con cordialidad, pero sin permitirnos entrar realmente en su mundo.

Aquello despertó mi curiosidad.

Con el tiempo comprendí que no era indiferencia.

Era experiencia.

Aquellas comunidades habían sido parte de múltiples procesos de intervención social y ambiental. Habían escuchado promesas que nunca llegaron a cumplirse y aprendido a protegerse de las expectativas externas.

La confianza no se entregaba fácilmente.

Había que construirla.

Y construirla requería tiempo.

Poco a poco fui entendiendo que incluso mi forma de hablar me convertía en una extranjera. Mi acento, mi tono de voz y mi manera de relacionarme eran diferentes. Antes de escuchar mis propuestas, las personas ya habían notado que yo venía de otro lugar.

Aquello me obligó a observar más y hablar menos.

Con los años descubriría algo aún más interesante.

Muchos de los trabajadores de la mina mantenían vínculos familiares o comunitarios con las poblaciones de la zona. Existía una red silenciosa de relaciones que funcionaba como puente entre la empresa y las comunidades.

Lo que inicialmente interpreté como distancia, era en realidad, una estrategia colectiva de protección.

Aquellas personas sabían perfectamente cuándo hablar y cuándo guardar silencio.

Y yo estaba intentando aprender su idioma más complejo.

El idioma de la confianza.

Fue precisamente en medio de ese proceso cuando ocurrió algo que jamás había imaginado.

Durante una capacitación obligatoria sobre seguridad minera conocí a un rescatista profesional.

Era marino retirado y trabajaba en el área de emergencias.

Éramos varios profesionales participando en la formación cuando alguien le pidió que también se presentara.

Dijo su nombre.

Su profesión.

Y agregó que era soltero.

Recuerdo que aquella afirmación provocó algunas miradas incrédulas entre nosotros.

Parecía una información poco probable para alguien de su edad.

La anécdota quedó ahí.

O al menos eso pensé.

Los viajes continuaron.

Yo regresaba a Colombia.

Volvía a Perú.

Entraba y salía de la mina.

Hasta que un día me pidió un favor aparentemente sencillo.

Quería que le llevara una botella de aguardiente colombiano.

Acepté sin darle mayor importancia.

Regresé a Medellín, retomé mi rutina y, como siempre, llegué a casa deseando abrazar a mi hija.

Esa noche ocurrió algo inesperado.

Apenas había cruzado la puerta cuando sonó el teléfono fijo.

Contesté.

Al otro lado de la línea escuché una voz familiar.

Era él.

Me llamaba simplemente para saber si había llegado bien.

Recuerdo que me sorprendió.

Más aún cuando le pregunté cómo había conseguido mi número.

- Tengo acceso a la información del personal de la mina, respondió con naturalidad.

La conversación fue breve.

Pero algo había cambiado.

Aunque todavía no podía verlo.

Ni siquiera imaginarlo.

Mucho menos comprender que aquella llamada marcaría el inicio de una historia que terminaría transformando mi vida.

Por entonces seguía creyendo que Perú era únicamente un destino de trabajo.

Todavía no sabía que el país comenzaba a encontrar nuevas formas de quedarse conmigo.