Capítulo 47
—¿No eres doula? —La miro incrédula. —Estás loca.
—No estoy loca. Estoy dañada. No tuve un buen comienzo en la vida. Era inevitable que acabara siendo mala persona. Eso es lo que me decían mis familias de acogida después de que muriera mi hermana. Supongo que tenían razón.
Encima de mí, en la casa, oigo romperse un cristal.
¿La policía? Pero yo no les he llamado. Puede que Amy les haya telefoneado. Pero entonces recuerdo que está arriba, inconsciente en el dormitorio. Sangrando por la cabeza.
—¡Aquí abajo! —grito tan fuerte como puedo. —¡Aquí abajo!
—No te van a oír —dice Paula. —Mi madre nunca nos oía a mi hermana y a mí cuando nos encerraban aquí abajo. Tocaba el piano en la habitación de arriba, como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo.
¿Qué voy a hacer? Tengo que quitarle las gemelas a Paula. ¿Y Amy? También tengo que ayudarla a ella.
—¿Qué le has hecho a Amy? —pregunto.
—¿Tu amiga idiota? ¿Te importa algo ella?
—¿Qué le has hecho? —Recuerdo cómo Amy pensaba que Paula la había empujado por las escaleras.
—Le he dado en la cabeza con la lámpara de la mesilla. No estoy segura de que hiciera falta del todo. No era muy buena cuidando a tus gemelas. Creo que igual se habría dormido sin enterarse de que me las llevaba. —Paula se ríe. —Pero la dejé inconsciente igualmente, por si acaso.
Tengo que buscarle ayuda a Amy. Ahora. Pero no puedo dejar a mis gemelas.
—¿Katie? —Oigo una voz encima de mí, en la casa. Ian. Pero suena lejana.
—¡Aquí! ¡Estamos aquí abajo! —grito.
—¿Katie? —La voz suena ahora como un susurro, aún más lejos. Cuando aguzo el oído todavía oigo la lluvia fuera. No podrá oírme por encima del ruido.
—¡Ian! —grito aún más fuerte. Mis bebés gritan conmigo. Recuerdo la noche en que me desperté creyendo oír llorar a mis bebés, pero sonaban lejanas. Paula debía de tenerlas aquí abajo. Las oía desde el pasillo. Si Ian pudiera ir al pasillo.
—¡Ian! —vuelvo a gritar.
—¿Katie?
En la oscuridad, Paula me tapa la boca con la mano.
Forcejeo furiosamente, mordiéndole la mano y apartándome, pero ella suelta a las gemelas, dejándolas caer sobre el colchón, y me empuja hacia abajo, luego se tumba encima de mí, con la mano todavía sobre mi boca.
Intento llamar a Ian a gritos pero mis palabras quedan completamente amortiguadas por su palma.
Pero oigo pasos. Cada vez más cerca.
Una sombra bloquea el umbral al final de las escaleras.
Ian.
Paula se levanta de encima de mí de un salto, pero antes de que pueda coger a mis hijas que lloran y salir corriendo, ella ya las tiene otra vez en los brazos, apretadas contra su cuerpo.
—Ha tomado a nuestras bebés —le grito a Ian. —¡Llama a la policía!
Entonces las manos de Paula rodean el cuello de Frances.
—La policía no llegará a tiempo. —Sonríe con calma, disfrutando de cada segundo de mi agonía. —Haz que Ian baje donde pueda verle.
—¡Ian! —chillo mientras veo cómo las manos de Paula aprietan el cuello de Frances. Tengo la garganta en carne viva de tanto gritar.
Ian baja las escaleras hacia nosotras corriendo, tropezando con los peldaños irregulares de piedra, deteniéndose en seco cuando ve la vela junto al colchón, ve el agarre de Paula sobre las niñas.
—El hijo pródigo regresa.
—Paula... —Nunca antes había visto a Ian en pánico, pero mientras mira a Paula puedo ver el miedo en sus ojos. —¿Qué estás haciendo con mis hijas?
—Mis sobrinas, querrás decir. Soy su tía. —Paula está completamente tranquila.
—Katie dijo que eras mi hermana. Pero yo ni siquiera sabía que tenía una hermana. Tienes que creerme. —Ian se atropella con las palabras.
Paula se ríe mientras Alice llora entre sus brazos. Por debajo del lloriqueante de Alice oigo la cinta todavía girando, repitiendo la misma nana inquietante una y otra vez.
—Eres un mentiroso de primera, Ian. Sabes que tenías dos hermanas. Gemelas. Igual que las tuyas. Las gemelas deben de ser cosa de familia.
—Eso parece —dice Ian de forma distraída, y sé que está pensando lo mismo que yo.
Tenemos que quitarle las niñas a Paula. Escudriño la oscuridad buscando algún tipo de arma.
Solo veo los peluches de las niñas y el casete, con los carretes todavía girando.
¿Podría lanzarlo con suficiente fuerza para aturdir a Paula, o al menos hacerla perder el equilibrio? Intento cruzar la mirada con Ian.
—¿Sabías que nos encerraban aquí abajo en el sótano cuando venías a ver a mi padre? —continúa Paula, con la voz fría. —A veces te oíamos, riéndote y bromeando con Papá, mientras nosotras estábamos aquí abajo en la oscuridad y la mugre.
—No tenía ni idea.
—Él no nos quería a nosotras. Nos lo decía. Siempre había querido un hijo, y ahí estabas tú. No quería dos niñas.
—Lo siento muchísimo —dice Ian. Suena sincero, como si estuviera realmente conmovido. —De verdad. —Se acerca más a Paula y creo que podría llegar a rescatar a nuestras bebés. Rezo para que lo haga. Pero ella aprieta a las gemelas con fuerza. Demasiada fuerza.
—Después de que empezaras a venir, todo cambió. ¿Sabes por qué nos encerraron aquí abajo la primera vez? Porque te saludamos con la mano. Eso fue todo lo que hicimos. Y eso nos hizo acabar aquí encerradas.
Miro la foto de las niñas en la pared, pensando en ellas encerradas aquí abajo en el sótano. No puedo imaginar lo que sufrió Paula, primero a manos de su padre y luego a manos de su hermana. Las dos la golpeaban aquí abajo.
Ian habla en voz baja.
—Lo que nuestro padre les hizo no es culpa mía, Paula. Tampoco es culpa de mis bebés. Suéltalas. Deja que sean felices. —Las gemelas están calladas ahora, y me preocupa que Paula las haya apretado demasiado fuerte, expulsando el aire de sus pulmones pequeñitos.
—¿Crees que serán felices en esta casa? No deberían haber estado viviendo aquí para empezar. —La voz de Paula sube de tono, su rabia llenaba la habitación. —Yo debería haber heredado la casa.
—¿Es por eso? ¿Por la casa? —Ian da un paso adelante.
—Fui yo quien sufrió en esta casa. Fui yo quien perdió a mi hermana. Aquí crecí. Aquí soporté esa infancia. ¿Por qué ibas a heredarla tú? Si nunca llegaste a vivir aquí.
Ian me mira a mí y luego al casete.
—Tienes razón —dice con urgencia. —La casa debería haber sido tuya.
Sé lo que está haciendo Ian. Intenta distraer a Paula para que yo pueda alcanzar el casete. Es nuestra única oportunidad.
—Fui yo quien visitó a Papá cuando estaba enfermo —continúa Paula. —Fui a verle a la residencia. Aunque lo odiaba, lo hice por él. Pensé que tendría mi recompensa cuando muriera. Tú nunca fuiste a verle. Y sin embargo, a pesar de todo lo que hice por él, seguías siendo su favorito.
Doy un paso más y Paula me mira. Sus ojos fríos se encuentran con los míos y lo único que veo es odio puro y sin adulterar. Aparta a las gemelas, pero el casete está casi al alcance.
—Mira, puedes quedarte con la casa —dice Ian. —Puedes quedarte con todo. Solo devuélvenos a nuestras hijas.
Ian cruza su mirada con la mía. Estoy a centímetros del casete. Con solo estirar los dedos, puedo cogerlo.
Paula baja la vista hacia las bebés, considerando la oferta de Ian. Aprovecho el momento, lanzándome hacia el casete. Mis dedos se aferran a su metal frío y lo levanto en el aire. Lo lanzo con toda la fuerza que tengo contra Paula.