La mujer en mi casa Capítulo 41
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Capítulo 41

Suelto un grito ahogado, atónita por lo que Sabrina acaba de decir, y el teléfono se me escapa de la mano y cae al agua del baño.

Cuando lo saco, la pantalla está salpicada de manchas azules y verdes.

Lo pulso con urgencia con los dedos mojados.

Sin respuesta. Salgo de la bañera, seco el teléfono rápidamente con la toalla de manos y lo intento otra vez.

Nada. Lo dejo junto al radiador para que se seque.

Entonces oigo abrirse la puerta principal y a Paula entrando con las gemelas.

—¿Hola? —llama.

—Hola —respondo, con la voz temblorosa.

Me visto a toda prisa y bajo las escaleras corriendo. Saco a las gemelas del carrito y las estrecho entre mis brazos mientras pienso en lo que Sabrina acaba de decirme por teléfono. ¿Está simplemente loca, o hay algo de verdad en todo esto?

—¿Estás bien? —pregunta Paula, con cara de preocupación. —Puedo ocuparme de las bebés mientras te secas el pelo.

—Estoy bien —digo.

—¿Seguro?

—Ha llamado Sabrina.

—¿Quería saber por qué no podía ver a las niñas hoy?

—No. No era eso. Era sobre ti. —Estudio el rostro de Paula buscando alguna señal, un destello de inquietud, pero no hay nada.

—¿Ah, sí? ¿Qué pasa conmigo?

Respiro hondo.

—Cree que tú la empujaste por unas escaleras mecánicas. Hace mucho tiempo.

Paula arruga los ojos y se ríe.

—¿Es lo mejor que se le ha ocurrido?

Frunzo el ceño.

—No te habrás creído lo que ha dicho, ¿verdad?

—Yo...

—Qué ingenua eres, Katie. —Me revuelve el pelo mojado. —Te crees cualquier cosa.

—Sonaba convincente. —Me flaquea la voz.

—Solo quiere ver a tus gemelas, nada más. No es ninguna coincidencia que te cuente esto justo después de que hayas echado a Ian, ¿no crees?

—Supongo que no... —Ahora que estoy hablando de ello con Paula, todo suena ridículo.

—Piénsalo. Está casada con Ian, que lleva años mintiéndole. Y sigue con él a pesar de todo. Haría cualquier cosa por él. Y ahora me ve a mí como alguien que le impide ver a sus hijas. Y que le impide verlas a ella también. Así que se inventa algo para que no confíes en mí.

—Es que sonaba tan convincente por teléfono... —repito, pero ya estoy empezando a dudar de ella. Lo que dice Paula tiene sentido. Sabrina solo quiere desacreditar a Paula. Paula solo ha estado intentando protegerme. Ian es quien me ha mentido una y otra vez.

En mitad de la noche, me despierto sobresaltada.

Creí oír música de piano, pero debo de haberlo soñado, porque ahora la casa está en completo silencio.

Cuando bajo a explorar, veo el piano en el comedor, sin nadie al teclado.

Pero la música inquietante sigue resonando en mi cabeza.

Debo de estar imaginándola. Los acontecimientos de los últimos días me han puesto los nervios de punta.

Estoy perdiendo el contacto con la realidad.

Me sirvo un vaso de agua y me siento para calmarme. El reloj del horno marca medianoche.

Cuando atravieso el pasillo de vuelta a la cama, consigo percibir la música, el único sonido que penetra el silencio.

Viene del armario debajo de las escaleras. Del sótano.

No puede ser. Abro el armario y me asomo. La música es más fuerte ahora y reconozco una nana infantil. Mis ojos se adaptan a la oscuridad, y al fondo del armario veo un agujero negro que se abre hacia la nada. La puerta del sótano está abierta.

Debo de estar soñando. Todo lo que he descubierto sobre la chica que murió en el sótano debe de estar filtrándose hacia mi subconsciente.

Siento una extraña irrealidad, esa ausencia de miedo que se tiene en los sueños, mientras doy un paso hacia la entrada del sótano.

—¿Hola? —grito hacia abajo.

No hay ningún sonido salvo la música.

Me asomo a la oscuridad de abajo, pero sin el teléfono no veo gran cosa. Recorro el sótano con la vista mientras mis ojos se adaptan al vacío en penumbra, pasando la mirada por cada rincón metódicamente, hasta convencerme de que no hay nadie ahí abajo.

Hay sombras en la oscuridad, sobre el colchón. Objetos pequeños, no figuras humanas. No consigo distinguir qué son.

Mientras me inclino hacia delante para ver mejor, soy consciente de que si alguien se acercara por detrás, bastaría un solo empujón para que cayera rodando por las escaleras. Me rasco nerviosamente la cicatriz del brazo.

Recuerdo cómo la puerta se cerró de golpe detrás de mí la última vez, así que busco algo con qué mantenerla abierta. Pero quien vino antes que yo ya lo ha hecho, sujetándola con una caja pesada de azulejos.

Me estremezco. ¿Dónde está esa persona ahora?

Intento convencerme de que hay una explicación razonable para la puerta abierta. Puede que la casa haya tenido por fin algún interesado y el agente inmobiliario haya abierto la puerta para enseñarles el sótano y se haya olvidado de cerrarla. Pero eso no explica la música.

Doy un paso adentro y bajo las escaleras sigilosamente. Cuando llego cerca del final, consigo distinguir lo que hay en el colchón.

Un viejo casete, reproduciendo la nana, con un sonido ligeramente estático.

Junto a él están el juguete oruga de Alice y el elefante de Frances. Los miro horrorizada.

Alguien ha traído a mis gemelas aquí abajo.

Alargo la mano hacia la pared para apoyarme.

Pero en lugar de la pared, toco algo liso.

La sensación inesperada me hace dar un respingo y me vuelvo para ver qué estoy tocando.

Es una fotografía. Una imagen nueva pegada con celo a la pared, alineada con las otras dos.

Apenas puedo distinguirla con la poca luz, pero cuando me acerco, suelto un grito ahogado.

Es una foto de Frances y Alice. La cara de Frances ha sido tachada, igual que la cara de la chica en la foto antigua.

La chica que ahora sé que murió aquí abajo, en este sótano.

Reprimo el grito. ¿Qué hace esa foto aquí?

¿Y qué quiere quien la puso, con mis hijas?

Miro las otras fotos otra vez. La familia con la hija tachada.

Las dos niñas una al lado de la otra con trenzas, mirando a la cámara con el ceño fruncido, la cara de una de ellas completamente borrada.

Me acerco más a los rasgos de la niña que queda.

Pelo oscuro y rizado muy abundante. Cara redonda.

Nariz marcada y mandíbula decidida. Pero lo que reconozco es la mirada de la niña.

Rabia pura. He visto esa mirada antes. Un escalofrío de reconocimiento me recorre. Sé quién es.