20
Tenemos un hermano. Mi hermana dice que le da igual, pero yo me quedo tumbada en la cama por las noches y no puedo dejar de pensar en ello.
Mamá me ha dicho que se llama Ian y que vive en el bloque de apartamentos al final de la calle con su propia madre.
Es un poco mayor que nosotras, bastante mayor para plantarle cara a Papá si supiera lo que Papá me hace, cómo me hace daño.
No creo que sepa que tiene hermanas. Me lo imagino caminando por el pueblo, sin tener la menor idea de que existimos.
¿Se alegrará tanto como yo cuando se entere?
Me pregunto si le gustan los mismos libros y los mismos programas que a mí, si tenemos gustos parecidos.
Rodeo con los brazos el conejo de peluche que tengo desde pequeña.
Huele a cerrado, a babas y a suciedad, pero ese olor me reconforta.
Siempre ha estado ahí para mí. Mientras lo abrazo, me imagino los brazos de mi hermano rodeándome.
Me lo imagino consolándome cuando Papá me hace daño, me lo imagino defendiéndome cuando Papá me grita, me lo imagino interponiéndose cuando Papá intenta pegarme.
Sonrío. Si él estuviera aquí, ¿estaría todo bien?
Se me ocurre una idea. Voy a tener que ser valiente, pero valdrá la pena.
Espero a que nuestros padres suban a acostarse, tirando de la cisterna y lavándose los dientes y luego callándose por fin.
Salgo de puntillas de nuestro dormitorio.
Fuera del cuarto de nuestros padres escucho la respiración pesada de mi padre antes de escabullirme hasta el estudio.
Una vez allí, saco una hoja de papel de cartas de la pila del borde del escritorio.
Cuando vuelvo a nuestra habitación, enciendo la lamparilla de noche e intento pensar qué escribir.
—¿Qué haces? —susurra mi hermana.
—Le estoy escribiendo una nota a nuestro hermano.
Frunce el ceño.
—Puede que ni siquiera quiera saber nada de nosotras.
—A lo mejor podría ayudarnos —digo. —Ayudarnos a escapar de Papá.
—Yo no quiero escapar de Papá. —Juguetea con el collar que le regaló Papá, apretando el pajarito de plata entre los dedos. —Ya sabes que se pondrá furioso si se entera —dice.
Sé que tiene razón, pero no puedo soportar pensarlo. Cualquier cosa vale la pena con tal de salir de aquí.
Vuelvo a mirar el papel en blanco que tengo delante. Diga lo que diga, creo que una parte de ella también quiere escapar. Aquí no puede sentirse segura. Porque yo sé, en lo más hondo, que ninguna de las dos está a salvo.