La mujer en mi casa Capítulo 39
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Capítulo 39

Tiro el teléfono de Paula sobre la cama, furiosa. No entiendo por qué habría interceptado mis llamadas a Ian. Voy de un lado a otro de la habitación, con la mente a mil y la rabia creciendo por momentos.

Oigo una llave en la puerta. Paula ha vuelto.

Agarro el teléfono y bajo las escaleras corriendo, con el corazón a toda velocidad.

—He comprado los pañales —dice cuando me ve.

Pero entonces repara en mi expresión. En la furia de mis ojos.

—¿Katie? ¿Qué pasa?

Le levanto el teléfono delante de la cara.

—¿Qué es esto?

Se le demuda el rostro.

—Tengo dos teléfonos. Uno es para el trabajo y...

Me acerco a ella, apenas capaz de contener la rabia. Ella retrocede, como si me tuviera miedo. O miedo a que la descubran.

—Mentirosa. —Mi voz suena más alta de lo que esperaba, y las emociones contenidas de las últimas semanas estallan de golpe.

Arriba, las niñas empiezan a llorar a gritos.

—He encontrado mensajes, Paula. Mis mensajes.

Los que le mandé a Ian cuando había dado a luz.

Solo que no llegaron a Ian. Te llegaron a ti.

Los interceptaste. Te aseguraste de que él no supiera que habían nacido sus bebés.

Le hiciste perderse el parto. ¿Cómo has podido?

Espero que lo niegue, que se invente alguna explicación rebuscada, pero no lo hace. Cuando habla, su voz es un susurro.

—Intentaba protegerte.

—¿Qué? ¿Por qué pensabas que era asunto tuyo protegerme? ¿Y cómo lo hiciste? ¿Redirigiste nuestras llamadas y mensajes?

—No. Lo único que hice fue cambiar los datos de contacto en sus teléfonos. Justo antes de que él se fuera, cambié el número que tenías guardado como Ian por el mío, y el número que él tenía guardado como tú por ese mismo número. Los volví a cambiar en cuanto regresó.

La miro fijamente, atónita.

—Ni siquiera eres capaz de disculparte.

—No. No tengo por qué disculparme, ya que hice lo correcto. —Se me hiela la sangre. Arriba, los gritos de las gemelas se han apagado y me pregunto si habrán llorado hasta quedarse dormidas.

—¿Cómo puedes pensar que es lo correcto que un padre se pierda el nacimiento de sus hijas? —Estoy al borde de las lágrimas, recordando cómo me tomó la mano durante el parto, recordando lo aliviada que estuve de que ella estuviera allí cuando Ian no podía.

—Katie, necesitaba que se fuera. Y una vez que se fue, necesitaba que se quedara fuera para siempre.

—¿Qué quieres decir con que necesitabas que se fuera? —Se me revuelve el estómago al recordar el correo anónimo que Ian dijo haber recibido, diciéndole que se alejara de mí o le contarían lo de su mujer. —¿Le mandaste tú un correo a Ian diciéndole que se largara? ¿Le estabas chantajeando?

—Sí. Pero no era por el dinero. Sabía que no lo tenía. Era para alejarlo de ti. Era lo mejor. Si supieras cómo es realmente...

No puedo creer lo que estoy oyendo.

—¿Qué quieres decir? ¿Te refieres al hecho de que estaba casado? Sé que es horrible, pero no necesitaba que le castigaras tú en mi nombre. Podrías haberme dicho simplemente lo que estaba pasando.

Paula suspira.

—No es eso. Es mucho peor que eso. Necesitaba protegerte.

—¿Protegerme de qué?

—De Ian.

—¿Qué? —No tiene ningún sentido.

—Leíste los artículos del periódico sobre lo que le pasó a la chica del sótano, ¿verdad?

Asiento.

—Entonces sabes que Ian era el hermano de la chica que murió.

—Sí. —¿Paula también lo sabía? ¿Y nunca dijo nada?

—En esta casa vivían dos chicas. Gemelas, como las tuyas.

Las gemelas deben de ser cosa de familia en la de Ian.

Cuando descubrí que ibas a tener dos bebés, pensé que tus hijas tendrían la oportunidad de ser felices aquí.

De reescribir la historia. Siempre y cuando no dejara que Ian se acercara a ellas.

—¿Por qué? —pregunto. —¿Por qué no querías que Ian se acercara a ellas?

—Porque sé lo que le pasó realmente a su hermana.

Se me encoge el pecho y apenas puedo respirar. No estoy segura de estar preparada para lo que está a punto de decir.

—Los periódicos decían que detuvieron a su padre.

—Así es. El padre de Ian casi fue a la cárcel por ello.

Mucha gente por aquí cree que la mató él.

Pero otras personas, gente que conocía un poco mejor a la familia, creen que no fue él en absoluto.

Creen que fue Ian. Estaba celoso de que ella viviera en esta casa tan grande, mientras él vivía a unas pocas calles de aquí en un piso de protección oficial con su madre.

—¿Qué? —pregunto sin aliento. —¿Creen que Ian la mató? —La cabeza me da vueltas.

—Sí. Tenía que mantenerlo alejado de ti. Para protegerte. A ti y a las gemelas.

No consigo entenderlo. Ian será un mentiroso, pero nunca ha sido violento. Y entonces no era más que un niño.

—¿Lo detuvieron? —pregunto.

—No, la policía no pudo probarlo del todo. Pero todos los que conocían a la familia sabían que había sido él. —Alarga la mano y me la pone en el hombro. —Incluida yo. No me cabe la menor duda. Ian la mató.