19
El hombre está aquí otra vez, en el jardín.
Papá no puede haber sabido que venía porque ha salido con mi hermana.
Mamá le ha dejado entrar y él ha ido directo afuera.
Pensé que Mamá subiría a nuestra habitación para llevarme al sótano, pero no lo ha hecho.
Me quedaré arriba sin molestar, por si acaso.
Me arrodillo en una silla junto a la ventana, mirándole, esperando a que pasen las horas. Con la esperanza de que Papá no vuelva.
He pasado mucho tiempo en las vacaciones de verano escondiéndome en nuestra habitación, lejos de Papá.
He garabateado en la pared detrás del cabecero de mi cama, donde Papá no podrá verlo.
Hay un dibujo de mí y mi hermana, cogidas de la mano, con sonrisas en la cara, felices como lo éramos antes.
He dibujado a nuestros padres detrás de nosotras, Papá imponente sobre Mamá.
El hombre está hoy cerca de la casa, podando el seto justo debajo de mi ventana.
Está totalmente absorto en lo que hace. Quiero saludarle con la mano o llamar al cristal para que me vea, pero no lo hago.
Sé lo que pasó la última vez. Cuando termina, baja de la escalera y mira hacia arriba, a su trabajo.
Al principio creo que me está mirando a mí, pero ni siquiera me ha visto. Contempla el seto con atención.
Desde este ángulo puedo verle la cara con claridad. Granos salpican su piel pálida y lleva el pelo engominado hacia atrás. Es joven. No es un hombre en absoluto. Como uno de los chicos mayores que van al instituto al final de la calle.
Una mano me toca el hombro y doy un salto, a punto de caerme de la silla. Pero es solo Mamá. Me aparta el pelo de la cara con la mano.
—Lo estabas mirando —dice.
Asiento, sin saber muy bien qué intenta decir.
—Lo siento —digo con cautela, acordándome de lo enfadado que se puso Papá cuando saludé con la mano.
—¿Sabes quién es? —dice en voz baja.
—No. —La miro fijamente, veo las lágrimas que amenazan con caer desde las comisuras de sus ojos.
—Es tu hermano.