Capítulo 38
Camino lo más rápido que puedo con el carrito doble, maniobrado entre árboles y farolas a toda velocidad mientras intento calmar mis pensamientos desbocados. Pero por más rápido que vaya, no consigo sacudir el horror de mi cabeza. Una niña murió en mi casa. En el sótano.
Pienso en los dibujos a lápiz de la pared del dormitorio, en la niña borrada de la foto del sótano. Tenían que ser ella. La niña que murió.
Una gota de lluvia me cae encima y doy media vuelta hacia casa antes de que arrecie. En casa, cojo el móvil. Busco mi propia dirección junto con «muerte sospechosa» pero no obtengo ningún resultado. Fue hace tanto tiempo. Cuarenta años. Probablemente los registros no están en internet.
Voy a la cocina y me sirvo medio vaso de vino para calmarme. Y entonces recuerdo. Los periódicos viejos que había visto en el armario bajo las escaleras. La mayoría se los había llevado alguien, pero quedaba una caja polvorienta en el rincón.
Me meto corriendo en el armario y saco la vieja caja de cartón de periódicos. La caja se deshace entre mis manos, pero los periódicos permanecen intactos. Los voy pasando. Son todos periódicos locales. De hace cuarenta años. Contengo la respiración.
En la página 3 del primero, veo el titular.
TRÁGICO ACCIDENTE DOMÉSTICO SE CObrA LA VIDA DE UNA NIÑA.
Recorro el artículo rápidamente en busca de información. Es definitivamente sobre la niña que murió en esta casa. Menciona la calle y una niña que cayó por los escalones del sótano hasta morir.
A mitad del artículo veo las palabras:
Su padre ha sido detenido bajo sospecha de asesinato y su hermana gemela ha sido enviada a un centro de acogida.
Ahogo un grito, sin poder creer lo que estoy leyendo. La niña que murió era gemela. Habían vivido aquí, en esta casa, igual que mis gemelas.
Recuerdo cuando le dije a mi vecino por primera vez que esperaba gemelas. Se echó hacia atrás sobresaltado. Pensé que simplemente se había sorprendido, pero ahora me doy cuenta de que debió de quedarse impactado ante la coincidencia.
Debajo del periódico hay una revista científica.
Una de psiquiatría. Del tipo que mi madre guardaba en el revistero cuando estaba formándose para ser enfermera psiquiátrica.
Frunzo el ceño, perpleja, y paso las páginas.
A las pocas hojas hay un estudio centrado en una niña cuya hermana gemela había muerto.
La niña no aparece identificada porque es menor, pero está claro que se trata de la gemela superviviente.
Leo los detalles del caso. Son espantosos.
Las dos gemelas habían sido maltratadas por su padre.
La gemela que murió era una abusona que ayudaba a su padre a maltratar a su hermana.
La gemela superviviente describió un catálogo de abusos que iban desde los insultos hasta los golpes y las patadas, todo a manos de su hermana. Solo paró cuando su hermana murió.
La gemela que quedó fue enviada de inmediato a un hogar de acogida.
Hay páginas de análisis del impacto que los psiquiatras creen que el abuso tuvo en la niña.
Me estremezco. Pobre chica. No puedo imaginar que te utilicen de saco de boxeo un padre, y menos aún una hermana gemela. Tuvo mucha suerte de sobrevivir.
Dejo la revista y paso al siguiente periódico.
«El padre local proclama su inocencia en la muerte de su hija en el sótano», dice el titular.
Noto unos dedos suaves posarse en mi hombro y doy un brinco, soltando un grito.
—¿Estás bien? —pregunta Paula, pero mis gemelas, al captar mi alarma, ya están llorando histéricamente.
—Lo siento, es que… —Me giro hacia Paula y veo la expresión de preocupación en sus ojos. Coge a Alice en brazos y la mece, calmándola.
—¿Qué pasa?
—Paula, ¿sabías que había un sótano en la casa?
Me mira y suspira, observando los artículos del periódico sobre la mesa.
—Sí —dice simplemente—. Crecí por aquí. Sé lo que pasó.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—¿De qué habría servido? Me quedé tan impactada cuando dijiste que ibas a tener gemelas.
Parecía que la historia se repetía. Y ya dabas muestras de tenerle tanto miedo a la casa.
No iba a decirte que aquí había muerto una niña.
Te habría hecho sentir horrible. Mucho mejor que no lo supieras.
Para que pudieras empezar de cero sin ese peso.
Asiento.
—Es todo tan espantoso. No puedo asimilarlo.
—Quizás deberías olvidarlo sin más —dice Paula—. Intenta no pensar en ello, y no bajes al sótano.
—¿Por qué no?
—Puede no ser seguro. Los escalones podrían estar resbaladizos. Podrías caerte. —Su voz es inexpresiva. La miro fijamente un momento, con los pelos de la piel de punta.
—¿Quieres que lleve a las gemelas arriba a dormir la siesta? —pregunta.
—Sí —digo, agradecida, aliviada de poder entregárselas para poder concentrarme.
Cuando se fue, vuelvo al artículo del periódico.
Una fuente policial ha informado de que existen pruebas que sugieren que Luke Ainsworth había ejercido violencia sobre sus hijas gemelas durante varios años.
Lo leo de nuevo. Luke Ainsworth.
El mismo apellido que Ian. Tiene que ser el padre de Ian.
Trago saliva. Eso significa que la niña que murió era la hermana de Ian. Y Ian nunca lo mencionó.
A la mañana siguiente le doy a Paula cinco libras y le pido que compre unos pañales baratos para las gemelas. Quiere llevarse a las niñas con ella, pero insisto en que se queden conmigo.
En cuanto se va, voy con las gemelas a su habitación.
Sé que no debería estar mirando entre sus cosas, pero no puedo evitarlo.
Sabía lo que había pasado en esta casa y nunca me lo dijo.
Y hay tanto en ella que sigue siendo un misterio.
¿Por qué no tiene adónde ir? ¿Por qué no tendría su propio sitio?
¿Qué otros secretos guarda? Reviso el cajón de su mesilla.
Solo ropa interior. De verdad que tiene muy poco, y me da vergüenza estar mirando.
Pero entonces mi mano se cierra sobre algo de plástico al fondo del cajón.
Un teléfono.
No el Samsung de Paula. Es un smartphone de primera generación, bastante básico. Debe de ser un teléfono antiguo. Quizás proporcione alguna pista sobre quién es realmente.
Pulso el botón de encendido y me sorprende descubrir que no tiene contraseña.
Paso rápidamente por sus contactos. Solo tiene unas veinte personas en la lista. Pero tiene sentido. Desde que vive conmigo, no ha quedado con ningún amigo ni familiar. Me dijo que sus padres y su hermana habían muerto y que no tiene hijos. Me pregunto si tiene algún familiar vivo.
Mi número está en sus contactos. También hay una entrada para Ian. Abro el contacto. Es definitivamente el número de Ian. ¿Por qué lo tiene? Frunzo el ceño. Nunca le he visto usar este teléfono.
El siguiente contacto, Hanna, tiene un prefijo telefónico alemán. Recuerdo que Paula me contó que había trabajado de niñera para una familia alemana antes de volver a Inglaterra cuando su padre enfermó. ¿Podría ser esa familia?
Ninguna de las referencias que Paula le dio a Ian me ha devuelto la llamada, y me muero de ganas de hablar con alguien que haya contratado a Paula antes.
Anoto el número y luego saco mi teléfono y llamo.
Sin respuesta. Dejo un mensaje de voz explicando que Paula está ayudando a cuidar a mis hijas y pidiéndole a Hanna que me llame al móvil o al fijo.
Sé que hay muy pocas posibilidades de que lo haga.
Tengo que dejar el mensaje en inglés porque no sé alemán. Pero vale la pena intentarlo.
Volviendo al teléfono de Paula, voy a los mensajes. Me sorprende encontrar una gran cantidad de mensajes de texto entre ella e Ian. El corazón me palpita desbocado mientras los abro. El más reciente es de justo después de que nacieran las gemelas.
Tomaré el siguiente vuelo de vuelta. Te amo.
Trago saliva. ¿La ama?
Luego leo el siguiente.
He intentado llamar pero no te localizo. ¿Quizás mala línea? Tengo muchas ganas de conocer a las niñas.
Justo antes de esos mensajes hay una larga cadena de textos de Paula a él.
¿Por qué no contestas mis llamadas?
¿Cuándo vuelves?
Las niñas tienen muchas ganas de conocerte. ¡¡Llámame!!
¡Espero que recibas estos mensajes pronto! Estoy agotada, pero todo es tan emocionante.
Sigo intentando llamarte, pero no tengo respuesta.
Hay un montón de mensajes. Me resultan familiares. Y mientras los voy pasando, entiendo por qué. Son todos los mensajes de texto que yo le envié a Ian después de dar a luz. Y han sido enviados desde el teléfono de Paula al de Ian de una vez. El día antes de que volviera a verme.
Me quedo mirando el teléfono paralizada. Ian me dijo que mis mensajes le llegaron todos a la vez. Decía la verdad.
Vuelvo a los mensajes y subo hasta los más antiguos.
Empezaron justo antes de que nacieran las gemelas, después de que me dijera que se iba a Tailandia.
Los mensajes de Ian están claramente dirigidos a mí, preguntando cómo iba la barriga y poniéndome al día sobre sus supuestos negocios.
Pero yo nunca los recibí. Los recibió Paula.
Siento que voy a vomitar. Ian me había dicho que me había enviado mensajes.
Habíamos pensado que los textos no habían llegado.
Pero había estado contactando con Paula, creyendo que era yo.
¿Cómo pudo haber confundido el número de Paula con el mío?
No tiene ningún sentido. Se me revuelve el estómago.
Voy a los contactos del teléfono y pulso en mi propio número, conteniendo la respiración, con miedo de lo que pueda encontrar.
Hay una cantidad enorme de llamadas perdidas a Paula.
Todas con fecha del tiempo en que estuve en el hospital con las gemelas.
Yo no la había llamado desde el hospital.
Ella estaba conmigo. Había creído que estaba llamando a Ian.
Veo la misma serie de mensajes de texto.
Los que creía que iban a Ian. El pulso se me acelera y la rabia me va subiendo.
No me puedo creer que haya hecho esto. Ian decía la verdad sobre no haber recibido mis mensajes ni mis llamadas.
Paula los recibió. Los interceptó. Fue ella quien se aseguró de que Ian no supiera que había dado a luz.
Ella fue quien le impidió volver a conocer a sus bebés.