La mujer en mi casa Capítulo 37
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Capítulo 37

Subo las escaleras del sótano temblando. ¿Se ha cerrado la puerta por la corriente de aire? ¿O alguien la ha cerrado de golpe? ¿Y si estoy atrapada aquí abajo? Nadie me va a encontrar. Mis hijas se quedarán sin madre.

Miro las barras de cobertura en el móvil. Sin señal.

Sigo subiendo los escalones, con cuidado de mantener el equilibrio. Recuerdo el agua corriendo por la pared y me preocupa que los peldaños de piedra también puedan estar húmedos. Me imagino resbalando, golpeándome la cabeza y deslizándome despacio escaleras abajo, sin que nadie me encuentre jamás.

Cuando llego arriba, empujo la puerta de madera. No se abre.

—¿Paula? —llamo—. ¿Paula? —Pero entonces recuerdo que ha salido por el día. No volverá hasta esta noche tarde. Y faltan horas para que Ian regrese con las gemelas.

Empujo la puerta con más fuerza, pero nada. Apretando los dientes, me lanzo contra ella con el hombro, soltando un grito de dolor cuando el brazo choca contra la madera maciza. Por fin el pestillo cede y la puerta se abre de golpe. Caigo a través de ella, todavía aferrada al móvil.

Me golpeo la cabeza en las tablas de madera del armario, pero estoy bien.

Salgo a rastras del sótano rápidamente y cierro la puerta detrás de mí, con la respiración entrecortada.

¿Cómo puede haberse cerrado la puerta con la corriente en el aire quieto del armario? ¿Estaba alguien intentando encerrarme?

Los pensamientos se me atropellan. Me digo a mí misma que es solo porque me he golpeado la cabeza, que tiene que haber una explicación racional para el colchón, para el cepillo lleno de pelo.

Pero no puedo dejar de temblar. Porque cuanto más intento racionalizar todo lo que ha estado pasando, más convencida estoy de que hay algo de verdad a lo que temer.

Salgo del armario a gatas y me quedo de pie apoyada contra la pared, con la adrenalina a tope.

Grito dentro de la casa.

—¿Hola? ¿Paula? ¿Ian? —Nada—. ¿Hay alguien? —Me pregunto si algún agente inmobiliario habrá venido a enseñar la casa a un posible comprador. Podrían haber cerrado la puerta del sótano sin darse cuenta de que yo estaba dentro.

Pero la casa está en silencio. No parece haber nadie. Compruebo cada habitación por si acaso. Nadie.

Volviendo a coger el móvil, recupero el aliento.

Llamo a mi amigo Mick, el de mantenimiento que trabajaba conmigo en la cafetería.

Después de ponerle al día sobre las gemelas, le pregunto si puede pasarse a poner una cerradura en el sótano.

Del tipo con llave, para que nadie excepto yo pueda entrar.

Queda en venir justo después del trabajo.

Más tarde, cuando las gemelas están durmiendo la siesta y espero a que llegue Mick, me suena el teléfono.

Me sorprende ver que es mi madre. Se supone que está en Francia con Melissa. Descuelgo en pánico, preocupada por que haya tenido un accidente en vacaciones. Ni siquiera hablé con ella antes de que se fuera. Estaba demasiado impactada por lo que me había contado Melissa.

—Katie —dice sin aliento—. Necesito hablar contigo.

—Mamá, ¿qué pasa? —La mente me da vueltas de preocupación, imágenes de accidentes trágicos destellando como una presentación de diapositivas.

—Melissa me ha dicho por qué no has venido de vacaciones con nosotras. Me ha dicho que te contó lo de tu padre. —las palabras le salen a borbotones, como si no pudiera respirar entre frase y frase.

—Mamá, yo… —Me alivia que no haya tenido ningún accidente, pero una mezcla de rabia y tristeza me burbujea por dentro. Necesito hablar con ella de mi infancia, pero ni siquiera sé cómo me siento yo misma al respecto.

—Tienes todo el derecho a estar furiosa, Katie.

Debería haberte contado cómo era tu padre hace años.

Pero cuanto más tiempo lo fui dejando, más reales me parecían las mentiras.

Quería creerlas yo misma. Quería creer que había tenido un matrimonio feliz antes de que él muriera.

Quería olvidar todos los recuerdos horribles.

—Me dejaste creer que era un hombre bueno, que me cuidaba.

—Sí que te quería. Simplemente no estaba mucho tiempo. Siempre estaba en el pub.

—¿Por qué me lo dejaste creer? ¿Sabes lo que se siente al darte cuenta de que todos tus recuerdos de la infancia son falsos? —Siento como si el suelo bajo mis pies se hubiera movido, los cimientos mismos de mi identidad sacudidos.

—Ya habías pasado suficiente. Tu padre había muerto. Tenías esa herida horrible en el brazo. No quería que nada más te hiciera daño.

—Pero en su momento yo tenía que saberlo. Me dejaste olvidar, sobrescribiste mis recuerdos con lo que tú querías que creyera.

—Pensé que eras suficientemente pequeña para olvidar.

Y me sentía muy culpable. Debería haberme separado de él.

Nunca debería haberlo dejado estar en sus vidas, en la de Melissa y en la tuya.

Cuando te hiciste daño en el brazo en el pub, me eché la culpa.

Pensé que lo único que podía hacer por ti era darte una crianza estable y dejarte creer que habías tenido una infancia feliz.

Cuando empecé a interesarme por la atención psiquiátrica, leí muchos libros de autoayuda y psicología.

Tanto de eso trataba sobre cómo una infancia infeliz te destroza de adulto.

Pacientes que veo ahora, que reviven cosas de su infancia una y otra vez.

Pensé que podría darte los beneficios de una infancia feliz simplemente diciéndote que así había sido.

Me parecía lo mínimo que podía hacer por ti.

—No sé qué pensar, mamá. Me mentiste sobre tantas cosas.

Pienso en cómo me mintió también sobre sus propias heridas; nunca dejó entrever que tuvieran nada que ver con papá.

Quitaba importancia a sus dolores de cabeza para que yo no me preocupara.

Y luego pienso en cómo mamá se interpuso ante el vaso, dejando que se rompiera en ella en lugar de en mí.

Intentaba protegerme entonces. ¿No habrá estado solo intentando protegerme desde entonces?

—Espero que puedas perdonarme, Katie. Tuve que llamarte en cuanto Melissa me confesó que te lo había contado. Sé que he cometido un error.

Me adentro en el dormitorio y miro a mis bebés, dormidas en sus cunas. Sé que yo tampoco soy perfecta. A veces voy a meter la pata. Espero que cuando sean mayores ellas también me perdonen.

El timbre interrumpe mis pensamientos.

—Mamá, tengo que irme —digo rápidamente. Será Mick, y bajo las escaleras corriendo antes de que llame más fuerte y despierte a las niñas.

Cuando le abro, todavía lleva el uniforme de trabajo. Mira a su alrededor por la casa, fascinado por sus rincones y recovecos.

—Es una belleza —dice, inspeccionando la roseta victoriana del techo.

—¿Y qué es tan urgente para que me llamaras de improviso? —pregunta.

—Bueno, es que he encontrado un sótano.

—¿Has encontrado un sótano? —Levanta las cejas—. ¿Quieres decir que no sabías que estaba ahí?

Le enseño el armario bajo las escaleras, apunto la linterna del móvil dentro y señalo la puerta del fondo.

—En la vida había visto algo así —dice—. ¿Te importa si echo un vistazo?

—Claro que no. De hecho, me gustaría. Creo que alguien ha estado viviendo ahí abajo.

—¿En tu sótano? ¿Te crees que estás en una película de terror o algo?

—Se ríe, pero se calla cuando ve mi expresión—.

No te preocupes, lo comprobaré yo, doncella en apuros —se burla.

Le doy un manotazo en el hombro por vacilarme, sintiendo un alivio al notar que el ambiente de la casa se ha aligerado.

Abre la puerta y entra, calzando la puerta con su caja de herramientas. Sus botas de trabajo bajan los peldaños con paso seguro.

—¿Es este colchón lo que te hace pensar que alguien ha vivido aquí? —pregunta.

—Sí —digo.

Desde lo alto de las escaleras le veo hincarlo con la mano.

—Yo diría que lleva aquí mucho tiempo. Años y años, de hecho. Está lleno de moho. Dudo mucho que alguien haya dormido en él últimamente.

—¿Estás seguro?

—Bueno, nunca se puede estar del todo seguro, pero creo que les convendría más dormir en la calle que entrar en tu casa, pasar por el armario bajo las escaleras y bajar hasta aquí a dormir.

Este colchón lo dejaron aquí tirado sin más.

Seguramente hace años. El ayuntamiento cobra por recoger los colchones, ¿sabes?

Probablemente les resultó más fácil a los antiguos propietarios dejarlo aquí abajo y olvidarse de él.

Como lo plantea Mick, resulta absurdo pensar que alguien estaría durmiendo ahí abajo. Sé que debería sentirme aliviada, pero no consigo quitarme el malestar que me corroe por dentro.

—Estas fotos también llevan aquí mucho tiempo, creo —dice—. Tienen pinta de ser antiguas. Curiosas, eso sí.

—¿Fotos?

—Ven a echar un vistazo.

Me acomodo en los peldaños y bajo despacio, pero sin el temblor de antes. Con la linterna de alta potencia de Mick, puedo ver que es simplemente una habitación.

Está de pie junto a la pared, apuntando la linterna a un par de fotografías antiguas colgadas en la pared que antes no había visto. Las fotos están desvaídas y dañadas por la humedad, pero puedo distinguirlas más o menos.

Una es de una familia, una madre y un padre y dos niñas.

Están de pie junto a una playa, mirando a la cámara con el ceño fruncido.

La madre va vestida con sensatez, con una bata de flores, y las dos niñas van vestidas igual.

Solo se ve la cara de una de las niñas. La de la otra ha sido borrada a arañazos, quizás por el paso del tiempo y el deterioro, pero parece más deliberado que eso.

Parece como si la hubieran borrado con las uñas.

La segunda foto muestra solo a las dos niñas, cogidas de la mano.

Hermanas, vestidas de manera idéntica, con el pelo moreno en coletas.

De nuevo, la cara de una de ellas ha sido borrada.

Esta vez no hay duda de que es deliberado.

Quien dañó la foto rascó con tanta fuerza que hay un agujero en medio de la cara de la niña.

—Son muy raras —digo, estremecida.

—Sí. Pero de hace muchísimo tiempo. Deben de llevar aquí décadas. Todas las casas tienen su historia.

Me acerco más a las fotos. Quien dañó la fotografía estaba claramente furioso. Entonces me fijo en las marcas a lápiz en la pared, a su lado.

Más dibujos, como los de arriba. Una familia de tres. Una madre, un padre y una niña. Todos sonriendo.

Me estremezco. ¿Dónde está la otra niña? ¿La que han borrado en la foto? ¿Qué le pasó?

Él se gira para volver a subir las escaleras.

—¿Ahora sí estás tranquila de que nadie vive en tu sótano? —dice, sonriendo.

—Sí —respondo—. Gracias.

—Supongo que no necesitas que te ponga la cerradura. No tendría mucho sentido, ya que alguien tendría que entrar en la casa antes de poder llegar al sótano.

—Tienes razón —digo, sintiéndome un poco ridícula. Pero mientras subo los peldaños, no puedo quitarme de la cabeza las imágenes de la familia; la manera en que la cara de la niña había sido borrada con tanta saña que había desaparecido por completo.

Mick se fue y me quedo sola en la casa. Solo yo y las gemelas.

Paula todavía no ha vuelto. Subo a despertar a las niñas de la siesta, les doy el pecho y luego me siento en el sofá abrazándolas.

No puedo evitar sentir miedo. Hay una parte entera de la casa que no sabía que existía.

Un sótano secreto con un colchón y fotografías de una familia.

Y lo raro es que Ian tenía que saberlo. Lo ha incluido en los planos del arquitecto. ¿Por qué nunca me lo mencionó?

Necesito salir de la casa. Meto a las gemelas en el carrito y camino hacia la salida. Mi vecino de al lado está en el jardín, podando su seto perfectamente recto.

—Hola —dice.

—Hola —respondo. Intento alejarme rápidamente. Quiero evitar sus preguntas, pero está bajando de la escalera.

—Llevo un tiempo intentando hablarle. Veo que ha puesto la casa en venta.

—Sí —digo, sin saber muy bien qué explicación darle.

—Es una lástima —dice—. Me alegraba tenerle de vecina. Me alegraba que alguien estuviera reformando la casa por fin.

—Al final nos quedaba demasiado grande.

—¿Han venido muchos a verla?

—No, ninguno.

—Supongo que la gente no olvida. Va a ser difícil de vender. Es una pena que el proyecto sea demasiado grande para usted. Parecía el tipo de persona capaz de dar la vuelta a esta casa. De pasar por alto su pasado y convertirla en un hogar feliz.

Me río con amargura.

—Las cosas no han salido exactamente así. ¿Y qué quiere decir con pasar por alto su pasado?

—Ah —dice—. Daba por hecho que lo sabía. Aunque fue hace mucho tiempo. Más de cuarenta años. Pero la gente de por aquí tiene mucha memoria. Por eso dudo que tenga mucho interés. Ningún vecino de la zona la compraría.

—¿Qué pasó? —pregunto, de repente con miedo. Pienso en las fotos del sótano, en la niña con la cara borrada.

—Murió una niña allí.

—¿En mi casa? —digo, sintiéndome desfallecer.

—Sí. Se cayó por las escaleras. Dicen que la empujaron.

—¿La empujaron?

—Pensaron que había sido el padre, pero nunca pudieron probarlo.

Me revuelve el estómago.

—¿Qué escaleras? ¿En qué parte de la casa? —Pero ya sé lo que va a decir.

—En el sótano.