Capítulo 36
Al día siguiente, todavía tengo la cabeza dando vueltas después de todo lo que me contó mi hermana.
Ian está cuidando a las gemelas y Paula salió esta mañana diciendo que iba a buscar sitio donde vivir.
Me alivia tener algo de tiempo a solas para pensar.
He decidido no ir de vacaciones con mamá y Melissa.
No puedo soportar la idea de fingir que no estoy furiosa con las dos por haberme mentido sobre la muerte de mi padre. Necesito distancia de ellas.
El cartel de Se Vende ya está colgado delante de mi casa, pero todavía nadie me ha llamado para concertar una visita. Ian me ha dicho que soy bienvenida a quedarme hasta que se venda y parece que eso podría tardar meses, pero tengo una necesidad desesperada de salir de aquí y empezar de nuevo.
Quiero alejarme de Paula cuanto antes. Me dijo que se había confundido de día para la visita al apartamento de Caroline y que ahora Caroline ha encontrado otra inquilina.
Ni siquiera estoy segura de que el apartamento estuviera nunca en el mercado.
¿Pero para qué demonios me habría enviado allí?
Quizás ha estado tan furiosa conmigo por irme que se inventó el apartamento para entretenerme y ganar más tiempo en la casa.
Aunque se ha portado muy bien cuidando a las bebés, simplemente no puedo fiarme de ella.
Busco en el cajón superior del aparador del comedor los documentos que necesitaré si por fin encuentro un apartamento de alquiler.
Justificante de ingresos, extractos bancarios, justificante de domicilio y el pasaporte.
Creo que el pasaporte puede haberse caído por detrás, así que miro en el cajón de abajo, sacando las hojas de papel de encima.
Me detengo un momento al ver lo que son.
Son los planos de un arquitecto con un proyecto detallado de la casa.
Ian debía de haberlos encargado cuando estaba reformando la casa mientras yo estaba en el hotel.
Por un momento siento lástima por él. Tenía unos planes muy ambiciosos para este sitio.
Los estudio. El primer dibujo muestra una cocina comedor de planta abierta y zona de estar.
En la primera planta, se han añadido baños en suite a los dormitorios dobles y el cuarto trastero se ha convertido en un vestidor para el dormitorio principal.
Y luego hay un despacho en el ático. Paso las hojas.
Hay otra página más. Se ha marcado un piso en el sótano.
Parpadeo, mirando fijamente los planos. Esto no puede ser. La casa no tiene sótano.
Pero tiene que tenerlo. Aparece claramente marcado en los planos.
Se me pone la piel de gallina. Hay una habitación entera en mi casa que ni siquiera sabía que existía.
Salgo al recibidor y camino por él de punta a punta, palpando las paredes.
No hay ni sombra de una puerta que lleve a un sótano, ni señal de nada tapiado.
Hay una estantería al fondo del recibidor, llena de libros viejos y papeles que no son míos.
Deben de ser del padre de Ian. Con mucho cuidado, voy sacando todo de las estanterías.
La estantería pesa más de lo que parece.
Rasca las tablas del suelo llenas de polvo y se tambalea de manera precaria mientras la empujo despacio a un lado.
Espero encontrar una puerta detrás, pero no hay nada. Absolutamente nada.
Me acuerdo del armario bajo las escaleras.
Me asomo con la linterna del móvil para iluminarlo.
Cuando el techo gotea y tuve que volver a conectar la corriente en el cuadro eléctrico, el armario estaba lleno de pilas de periódicos y revistas.
Recuerdo haberme apretado para pasar entre ellos.
Pero ahora solo queda una caja de periódicos y una aspiradora.
Ian debió de haberse llevado el resto antes de irse.
Sin todo el desorden, puedo ver una puerta al fondo del armario.
Parece que podría ser simplemente otro armario, pero me pregunto si lleva al sótano.
Respiro hondo y me acerco. Corro el oxidado pestillo y giro el tirador agarrotado con cautela.
La puerta se resiste un poco cuando tiro de ella hacia mí.
Al otro lado hay oscuridad absoluta. Me invade el miedo mientras apunto la linterna del móvil a los peldaños de piedra que bajan, y un desnivel abrupto a cada lado. Me rasco el brazo con fuerza.
El corazón me palpita desbocado mientras cruzo la puerta y empiezo a bajar los escalones, apuntando la linterna a cada peldaño para comprobar que no hay obstáculos.
Me obligo a seguir avanzando, respirando el aire polvoriento.
Me aterra pensar qué puede haber aquí abajo.
Recuerdo las ratas que salieron disparadas de la casa el primer día que vine a verla. ¿Habrán venido del sótano?
No hay barandilla, nada a lo que agarrarse. Se me sube la sangre a la cabeza y por un momento pierdo el equilibrio. Me estabilizo y apunto la linterna más abajo, hacia el espacio oscuro. Distingo una forma gris y grande en el rincón del suelo, pero por lo demás parece que no hay nada.
Me pregunto para qué se usaría esta habitación. Como lavandería, quizás. O como almacén. Oigo un repiqueteo y algo corre debajo de mí, haciéndome dar un brinco. Pero sigo adelante.
Al pie de los escalones, veo que hay espacio a ambos lados.
Giro la linterna a izquierda y derecha, iluminando las paredes y el techo.
Puedo ver agua corriendo por la pared del fondo; más humedad.
Hay un charco en el rincón, estancado y marrón.
Con razón no consigo quitarle a la casa ese olor a podredumbre.
Doy un paso tentativo y noto que el zapato se hunde en algo blando. Por poco me resbalo y grito, apuntando la linterna hacia abajo para ver una pequeña forma peluda. Una rata aplastada y en descomposición.
Entonces algo suave me roza y doy un salto, soltando el móvil. Lo oigo golpear contra el suelo. Debió de chocar contra algo porque la linterna se apaga y el sótano queda completamente a oscuras y el único sonido es mi respiración, rápida y frenética.
Tengo que encontrar el móvil. No quiero palpar el suelo con las manos desnudas.
¿Pero qué otra opción tengo? Sin el móvil ni siquiera estoy segura de poder encontrar las escaleras para volver a subir a la casa.
No hay luz en absoluto, ni siquiera desde el umbral, que solo da al armario oscuro bajo las escaleras.
Intento encontrar el móvil con los pies.
Estoy segura de que lo solté a mi derecha, así que avanzo centímetro a centímetro por el suelo.
Al final choco con algo sólido. Las escaleras.
Suelto un suspiro de alivio. Si pudiera maniobrar para volver a subirlas.
Pero recuerdo el desnivel a cada lado. Tendría que subir a gatas.
Extiendo la mano y la deslizo por el peldaño hasta que la noto descender al siguiente escalón. En la oscuridad, empiezo a moverme despacio hacia el pie de la escalera. Piso algo duro.
¿El móvil?
Me agacho, temblando de los nervios.
Al tocar el tranquilizador plástico, levanto el móvil y pulso el botón de inicio. Proyecta un débil resplandor y vuelvo a activar la linterna.
Mientras la apunto de nuevo por la habitación, tengo la certeza de que hay algo agachado, listo para saltar desde las sombras y atacarme.
Pero no hay nada.
Recorro la habitación con la linterna varias veces más para tranquilizarme y calmar el corazón desbocado.
En el rincón del fondo del sótano, la forma borrosa se ha convertido en un colchón individual viejo, con manchas de moho que lo han vuelto de blanco a gris. Encima hay un cepillo de pelo, enredado con cabello negro y grueso.
¿Ha estado viviendo alguien aquí abajo?
Pienso en los ruidos que oigo a veces por las noches. Mi preocupación por los invasorres ilegales cuando me mudé. Los crujidos y golpeteos de la casa. Los lejanos llantos de las bebés. No pueden haber venido de aquí, ¿verdad?
Quiero salir de aquí. Ahora mismo. Me pongo en marcha hacia las escaleras cuando oigo un fuerte golpe.
Cuando apunto la linterna hacia arriba de los peldaños con el corazón tronando, veo que la puerta se ha cerrado de golpe, dejándome atrapada.