17
Mi hermana ha salido con papá. No sé a dónde ni por qué, pero la echo terriblemente de menos.
Siempre lo hemos hecho todo juntas. Desde el momento en que nacimos, éramos inseparables.
No necesitábamos a nadie más que la una a la otra.
Sabíamos que siempre estaríamos ahí para protegernos mutuamente.
Pero ya no. Mi hermana me odia ahora. Papá la ha puesto en mi contra.
—Ven conmigo —dice mamá con suavidad—. Escuchemos el piano. Siempre te hace sentir mejor.
La sigo despacio, arrastrando los pies. Cuando llegamos a la sala de música me siento en la alfombra del suelo mientras ella se acomoda en el taburete del piano.
Me quedo sentada en el suelo con el ánimo por los suelos mientras mi madre toca, con los dedos bailando sobre las teclas.
Normalmente me calmaría, pero hoy nada puede hacerme feliz.
Recuerdo cuando estábamos en el sótano y ella estaba aquí arriba, tocando sola.
Tenía que saber que estábamos allí abajo.
Estamos allí cada vez más a menudo. Pero nunca ha bajado a buscarnos.
Deja que papá haga con nosotras lo que quiere. No puede querernos. No de verdad.
Oigo que se abre la puerta principal. Papá debe de haber vuelto. Mamá ni siquiera levanta la vista, está tan absorta en la música. Papá entra pisando fuerte y yo me aprieto contra el rincón para alejarme de él.
—¿Qué estás haciendo? ¿Por qué no está hecha la cena?
Mi madre levanta la vista de su ensimismamiento justo cuando él cierra de golpe la tapa del piano sobre sus dedos con todas sus fuerzas.
Mamá grita y mis ojos se abren de horror.
Pero el sonido más estremecedor no es su agonía. Es la risa de mi hermana.