Capítulo 34
Pasan dos semanas antes de que consiga concertar una visita al apartamento de Caroline, la amiga de Paula.
Mientras bajo del último autobús después de dos horas de viaje, siento un cosquilleo de ilusión.
El apartamento suena perfecto. Me muero de ganas de firmar un contrato por un sitio nuevo donde vivir, para poder asentarme en mi nueva vida, solo yo y las niñas.
No he encontrado nada más que sea adecuado, así que tengo muchas esperanzas puestas en este apartamento.
Me he puesto mi vestido de embarazo, con unos tacones azul marino y unos pendientes a juego. Paula le ha contado a Caroline toda mi situación, pero aun así quiero causar buena impresión. Muchos caseros son reacios a alquilarme cuando les digo que soy madre soltera con gemelas recién nacidas.
Llego a la dirección, respiro hondo y pulso el portero automático del apartamento.
Sin respuesta. Espero un minuto y miro en el móvil los datos que me ha enviado Paula por mensaje. Es la dirección correcta, sin duda.
Vuelvo a pulsar el portero.
Sin respuesta.
Llamo al número que tengo de Caroline, pero no atiende. Pruebo con Paula, pero tampoco contesta.
Me quedo merodeando en la puerta diez minutos, pero nadie entra ni sale. Las llamo a las dos de nuevo. Sin respuesta.
Doy unas vueltas más a la manzana, tanteando la zona. Parece segura y acogedora. Justo el tipo de sitio donde podría criar a las gemelas. Después de diez minutos vuelvo y pulso el portero otra vez. Quizás está estropeado.
Pruebo a llamar al apartamento de al lado, pero no me abren sin saber quién soy.
Miro el reloj. Si no me voy ahora, me pierdo la toma de las gemelas.
Llamo una última vez, luego le doy una patada al suelo y me pongo en camino a casa.
Cuando llego a casa, estoy cansada y frustrada, furiosa con los retrasos del metro y con haber desperdiciado toda una tarde.
—Hola —dice Paula cuando entro—. ¿Qué tal ha ido?
—¿Por qué no atendías el teléfono? —pregunto, enfadada—. He intentado llamarte. Caroline no estaba.
—Lo siento. Estaba ocupada con las gemelas. Han estado muy irritables esta tarde. ¿Has llamado a Caroline?
—No atendía —digo con tono acusatorio—. ¿Pero por qué no estaba en el apartamento? Pensaba que habías quedado con ella.
—A lo mejor salió un momento —dice Paula vagamente.
—He viajado hasta el otro lado de Londres para llegar allí.
—Bueno, eso no es culpa mía. Ella dijo que estaría. ¿Estás segura de que tenías su número bien? —Paula va a la cocina y la sigo. Coge un post-it de la isla central de la cocina, con un número apuntado con letra clara—. Aquí está.
Cojo la nota y comparo el número con el del móvil. El último dígito es diferente.
Aprieto el puño de frustración.
—No me lo puedo creer. Estaba llamando al número equivocado. Nunca voy a encontrar dónde vivir.
—Solo piensas en ti misma, Katie.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que te he hecho un favor. Y has vuelto a casa enfadada conmigo por no atender el teléfono. Cuando estaba cuidando a tus gemelas. Gratis.
—Lo siento…
—Te he encontrado un apartamento, le he dicho a Caroline que serías una inquilina estupenda. Lo único que tenías que hacer era ir a conocerla. Pero ni siquiera fuiste capaz de apuntar bien su número. Y vuelves echándome a mí la culpa de que no estuviera allí.
—Te lo agradezco, Paula… Lo siento si no lo ha parecido. Es que me ha decepcionado no ver el apartamento. Sabes que lo estoy pasando mal.
—Sí que lo sé. Conozco cada detalle de eso.
—Ah, yo…
—Nunca me preguntas nada. Nunca piensas en mí. Nunca te preguntas cómo puedo estar yo. —Dobla y desdobla un paño de cocina entre las manos.
Caigo en que tiene razón. Apenas sé nada de ella, de su vida ni de su pasado.
—He sido un poco egocéntrica últimamente. Lo siento. ¿Qué te pasa?
—¿Qué crees que me pasa? ¡Te vas a ir! Perderé mi trabajo.
—Pero Paula, si ni siquiera te estoy pagando. Te he agradecido que te quedaras conmigo, he necesitado tu ayuda. Pero ya puedo arreglármelas sola. Y yo misma me estoy yendo. Voy a estar en un apartamento diminuto. No habrá espacio…
—Me estás quitando mi hogar.
Me quedo desconcertada.
—¿Quieres quedarte aquí? ¿No quieres volver a tu casa?
Por primera vez me pregunto dónde vivía antes. Lo malo que debía de ser para que pasara tanto tiempo sentada en la cafetería de enfrente.
—Sí, quería quedarme aquí —dice—. Esta casa es preciosa. Me encanta.
—Pero la van a vender. Las dos tenemos que irnos.
—Creo que no te das cuenta de los sacrificios que he hecho por ti. —Suena igual que mamá cuando hablaba de haber pagado la escuela de música. Su voz está cargada de amargura.
—Sí que me doy cuenta, Paula. Has hecho muchísimo por mí.
—Dejé mi hogar por ti.
—¿Perdona?
—Me has oído. Dejé mi hogar. Cuando empecé a trabajar a cambio de alojamiento y manutención, no podía permitirme seguir pagando mi antiguo apartamento. Así que lo dejé. Para cuidarte.
—¿De verdad? —No lo entiendo. ¿Por qué haría eso? Sabía que no la iba a necesitar para siempre. Y fue ella quien propuso trabajar a cambio de alojamiento y manutención.
—Sí. Porque me importabas, Katie. Porque quería ayudarte. Y ahora me lo agradeces así. Me dejarás sin techo.
—¿No tienes adónde ir?
—No. Y he visto los apartamentos que has estado mirando. Son todos de un dormitorio. Ni siquiera se te ha pasado por la cabeza llevarme contigo, ¿verdad? Y tienes la desfachatez de pedirme que te ayude a buscar sitio. Pues yo también estoy ocupada, ¿sabes? Buscándome mi propio sitio. Por tu culpa.
—Lo siento mucho, no tenía ni idea. —Pero lo que dice no tiene ningún sentido. ¿Por qué habría dejado su propio apartamento para venirse aquí conmigo?
—Nunca tienes ni idea. Porque nunca piensas en mí.
Me lo soltaste un día de repente. Como antes.
Cuando volvió Ian. Esperas que me vaya a la primera de cambio.
Cuando a ti te conviene. Cuando encuentras sitio donde vivir.
No te importo nada. Lo único que soy para ti es un hombro en el que llorar, una figura materna, porque tu propia madre no te quiere lo suficiente, porque eres supremamente egoísta.
Mírate, Katie. Mira tu vida. Ian te ha dejado.
Nadie quiere ayudarte. Pero yo me he quedado aquí.
He aguantado todo tu egoísmo, te he escuchado lloriquear sobre tu infancia no del todo perfecta.
Lo he hecho todo por ti. Y así me lo pagas.
Estoy temblando cuando subo a mi habitación.
Camino de un lado a otro, rascándome la cicatriz del brazo.
No me puedo creer que Paula no tenga adónde ir.
Caigo en que no sé nada de ella. Nunca pedí referencias.
Nunca comprobé sus titulaciones. Confié en ella desde el primer día.
En cuanto me ayudó en el parto se creó un vínculo entre nosotras, como si fuera de la familia.
Pensaba que solo quería ayudarme, pero ahora no estoy tan segura.
Tengo la sensación de que quería un sitio donde vivir más de lo que quería ayudarme.
Y ha capitalizado mi confianza, me ha hecho sentir que le debo algo. No sé cómo voy a escapar de ella.
Recuerdo lo desconfiado que era Ian de Paula cuando volvió. Quizás tenía razón. A mamá tampoco le gustaba nunca, pero yo pensé que era envidia. Quizás los dos veían algo que yo no podía ver, porque estaba tan en deuda con Paula, tan dependiente de ella, que no quería verlo.
Recuerdo cómo Ian insistió en pedirle referencias una vez que volvió a la casa para vivir conmigo.
Sé que planeaba seguirlas, pero no estoy segura de que llegara a hacerlo.
No estuvo en la casa el tiempo suficiente.
Encontré las facturas sin pagar muy poco después de que volviera.
El día que le pedí a Paula que se fuera.
Me quedo completamente inmóvil, pensando en ello.
Paula vivía con nosotros a cambio de alojamiento y manutención.
Y había dejado muy claro que no quería irse.
Le había dicho que no podía quedarse ahora que Ian había vuelto.
Salí, y cuando volví, las facturas sin pagar estaban encima de la mesa, como si me estuvieran esperando.
¿Habría dejado Ian las facturas a la vista, sabiendo lo furiosa que me pondría?
¿O fue Paula quien las puso ahí? ¿Maniobró para que Ian se fuera?
Llamo a Ian con el corazón a mil.
—Katie, qué alegría saber de ti.
—Ian.
—Espero que no te importara que Sabrina me ayudara con las gemelas el otro día.
Casi lo había olvidado.
—Claro que me importó.
—Insistió ella. Siempre quiso tener hijos, pero no pudo ser. Le encantan los niños.
Frunzo el ceño. Sé que me odia. No quiero que esté al cargo de mis hijas.
—Prefiero que las cuides tú solo.
—Por supuesto —dice Ian—. Se lo digo. Pero recuerda que quiere cobrarte alquiler. De momento la he convencido para que no lo haga. Pero no te recomendaría ponerte en su contra. Puede ser muy cruel.
—Supongo que tú lo sabrás. La has engañado suficientes veces para comprobarlo.
Ian no dice nada.
—En fin, da igual. Estoy buscando otro sitio donde vivir. No te he llamado por eso. Lo de nosotros se acabó.
—¿Entonces por qué has llamado?
—Creo que puede que tuvieras razón sobre Paula. No estoy segura de poder fiarme de ella.
—Siempre hubo algo raro en ella. Lo dije desde el principio.
—Pensé que simplemente no te caía bien.
—Se comportaba de una manera tan extraña, trabajando gratis, poniendo fotos suyas por toda la casa…
—Sí, supongo. —Ignoré todas las señales, estaba demasiado agotada del cuidado de las gemelas y demasiado distraída con las mentiras de Ian para preocuparme por su comportamiento extraño.
—¿Llegaste a llamar a sus referencias? —pregunto.
—No, no me dio tiempo antes de irme.
—¿Puedes darme sus números?
—Claro, te los mando. ¿Vas a llamarles?
—Sí.
—¿Pero para qué? ¿No se va a ir ahora que tú te mudas?
—Se supone que sí. Pero está resultando difícil.
—Dime si puedo hacer algo para ayudar. No la soporto. Con mucho gusto te libraría de ella.
Le hago la pregunta que me ha estado rondando.
—Ian, aquel día que te eché, cuando descubrí que no habías estado pagando la hipoteca, ¿dejaste tú las facturas sin pagar encima de la mesa de la cocina?
—No. Ni siquiera las había mirado bien. Había metido todo el correo de la casa en un cajón. Sabía que no podía pagarlas. Iba a hablar con Sabrina, pedirle que pagara. Pero no quería que descubriera que no tenía ningún inquilino y que estabas viviendo allí tú. Todavía estaba pensando qué hacer.
Lo imagino pensando en Sabrina desde que nos mudamos juntos y siento que me sube la rabia. Pero me la trago. Necesito llegar al fondo de esto.
—¿O sea que no las dejaste tú?
—No, claro que no.
—¿Crees que pudo haberlas puesto Paula?
—Mmm… Yo no las dejé allí, así que supongo que pudo haber sido ella —dice Ian despacio—. ¿Pero por qué?
—Sabía que si te quedabas viviendo allí, ella tendría que irse. Y no quería. ¿Recuerdas cómo reaccionó cuando le pedimos que se fuera? Se encerró en su habitación.
—Me acuerdo. Estaba furiosa.
—Y ahora dice que no puede irse porque no tiene adónde ir. Que lo ha dejado todo por mí.
—¿No tiene su propio sitio adonde volver?
—Al parecer no. Creo que plantó esas facturas para que te fueras tú y ella pudiera quedarse.
Ian hace una pausa.
—Nunca me fie de ella.
—Ya lo sé. En eso quizás tenías razón. —Me siento tensa. Por razones que no alcanzo a entender, Paula se ha incrustado por completo en mi vida, en la vida de mis gemelas. Se me pone la piel de gallina. Tengo que alejarme de ella.