La mujer en mi casa 16
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Estamos terminando de cenar cuando papá vuelve del pub. Lo olemos antes de verle, el humo rancio lo tiene pegado a la ropa.

Viene de buen humor, y cuando mi madre se levanta de la mesa a recibirle, él la envuelve en sus brazos y la besa apasionadamente. Miro a mi hermana, pero ella no me devuelve la mirada. Desde aquí me llega el olor de su aliento e intento no toser.

Se gira hacia mi hermana y le da un beso en la mejilla.

Noto que ella lo odia, odia las cerdas de su barba en la mejilla, odia el olor a sudor y a tabaco que le rodea.

A veces siento exactamente lo mismo que ella al mismo tiempo.

Es como si estuviéramos unidas por un cordón invisible que nos une la una a la otra.

No se aparta a pesar de la incomodidad. En cambio le sonríe.

—Hola, papá.

—Te he traído un regalo. —Hurga en el bolsillo de los vaqueros y saca un posavasos, azul y verde y húmedo por los bordes.

—Gracias —dice ella, y esta vez veo que lo dice de verdad. Tiene toda una colección en su habitación. Le gusta enseñármela para darme envidia.

Este tiene buena pinta. Me gusta cómo el azul y el verde se funden en el dibujo, y la letra rizada del frente.

—¿Me dejas verlo? —pregunto.

—No —dice mi hermana, y lo aparta protectora.

—Es un regalo para tu hermana —dice papá—. ¿Es que no lo entiendes?

Bajo la mirada al suelo.

—¿No le has traído uno a ella? —pregunta mamá.

—Claro que no. Ella no se lo merece.