Capítulo 31
Al día siguiente, todavía estoy intentando asimilar todo lo que mi hermana me contó sobre mi padre cuando oigo unos golpes en la puerta. Insistentes y fuertes. Miro el reloj. Quizás mi alumno de piano ha llegado pronto. Termino de cambiarle el pañal a Alice y la ato en su sillita.
Los golpes se hacen más fuertes.
—Ya voy —grito.
Abro la puerta y me encuentro con la mujer de Ian.
—Lo sabía —dice—. Estás viviendo en su casa.
Asiento.
—Nos mudamos aquí juntos. Y no me voy a ir.
—Cuando viniste a mi casa el otro día supe que te conocía de algo. Solo tardé un poco en recordar. Fue aquí, delante de esta casa. Cuando estabas embarazada.
—¿Perdona? —Entonces me viene un vago recuerdo. Una mujer parada delante de la cafetería, cabello rubio ceniza, mirando fijamente la casa. Tenía que ser Sabrina. ¿Qué hacía aquí?
—Me dijo que eras una inquilina.
—No soy ninguna inquilina —digo, impactada. ¿Es eso lo que le había hecho creer a Sabrina? —Vivo aquí como pareja de Ian.
—¿Le estás pagando algo por vivir aquí?
—No —digo, enfadada—. Nunca me lo podría permitir. —Pienso en cómo me fui del apartamento compartido donde era feliz. Siempre me había pagado mis cosas hasta que me quedé embarazada.
—Así que crees que tienes derecho a vivir en su casa gratis, ¿no? Supongo que ahora pedirás manutención. Solo quieres sacarle todo lo que tiene.
—¡No es verdad! Lo amo.
Se ríe con amargura.
—Con razón está tan endeudado. No podíamos permitirnos reformar la casa a menos que tuviéramos un inquilino un tiempo para recaudar dinero primero. Y para cubrir la hipoteca y los plazos del préstamo. Dijo que lo había arreglado. En cambio te ha dejado vivir en la casa gratis.
La cabeza me da vueltas.
—¿Y a usted qué le importa? —pregunto, irritada—. Es la casa de él.
—Iba a tener que vender la casa para pagar el impuesto de sucesiones antes de que yo interviniera. Tuvo que pedir una hipoteca para cubrir el impuesto, pero no le prestaron suficiente. Su historial crediticio no es lo bastante bueno. Así que pedí yo un préstamo para ayudarle.
—¿El impuesto de sucesiones? ¿Quiere decir que heredó la casa? —pregunto, aturdida por la sorpresa—. ¿No es de su empresa inmobiliaria?
Se ríe.
—¿Qué empresa inmobiliaria? ¿Es eso lo que dice ahora?
—¿O sea que no tiene un montón de apartamentos por todo Londres? —Se me abren los ojos de par en par. Apenas puedo asimilar sus palabras.
—Claro que no. —Sabrina resopla.
—¿A qué se dedica entonces? —pregunto, clavándome las uñas en las palmas de las manos para controlar las emociones.
—Su último trabajo es de vigilante de seguridad.
Al menos eso es lo que me ha dicho. Cuando decía que hacía el turno de noche, supongo que estaba contigo.
No aguanta mucho tiempo en ningún trabajo.
Los pierde tan rápido como los consigue a base de encanto.
No colabora con los jefes, o intenta robarles.
La mayor parte del tiempo soy yo quien lo mantiene.
El corazón me late más rápido. Apenas puedo creer lo que está diciendo. Ian no es en absoluto la persona que yo creía. Todo lo que me ha dicho ha sido mentira. Nuestra relación se construyó sobre arena.
—Entonces esta casa, ¿de quién era?
—De su padre. Murió hace nueve meses.
—Nunca lo mencionó.
—Estaba distanciado de su padre. Nunca fueron cercanos. Creció por aquí, pero no en esta casa. Vivía con su madre.
He aprendido más sobre Ian en esta conversación de cinco minutos con su mujer que en todo el año que llevamos saliendo.
—Entiendo —digo—. Pero ¿qué tiene todo esto que ver conmigo?
—Pues que, como estás viviendo aquí y no hay ningún inquilino, Ian no puede permitirse mantener la casa. Vas a tener que empezar a pagar alquiler. A partir de hoy.
—Pero es que no me lo puedo permitir. —Noto un revuelco en el estómago. ¿Me van a echar de mi casa con mis gemelas?
Oigo pasos detrás de mí y aparece Paula con Alice en brazos.
—¿Hay algún problema? —pregunta.
Sabrina mira fijamente a Paula sin decir nada.
—Es la mujer de Ian —le digo a Paula.
El color ha desaparecido del rostro de Sabrina. Mira a Paula fijamente.
—Yo… —dice. Pero no termina la frase. De repente se desploma, con las piernas cediendo bajo su peso.
La cabeza se le echa hacia atrás y el cuerpo cae sobre los azulejos victorianos del umbral, golpeándose la cabeza contra el suelo frío, rebotando unos centímetros y girando de lado contra las baldosas.
Paula y yo nos quedamos un instante paradas sobre ella, paralizadas.
—Espero que esté bien —digo, arrodillándome a su lado—. Despierta —susurro, sacudiéndole el brazo—. Despierta.
—Voy a buscar una bolsa de hielo —dice Paula.
Cuando Sabrina vuelve en sí, respira deprisa.
Levanta la vista hacia la casa, con los ojos moviéndose de un lado a otro.
Empieza a intentar ponerse de pie torpemente, y me agacho para ayudarla. Dentro de la casa las gemelas empiezan a llorar.
—¿Está bien?
Se lleva la mano a la cabeza y hace una mueca de dolor. Por un momento parece que puede volver a desmayarse y parpadea rápidamente, mareada y desorientada.
Paula reaparece con la bolsa de hielo.
—¿Quiere entrar y sentarse un momento? —le pregunto a Sabrina, compadeciéndome de ella. No quiero que se vaya en este estado.
—Estoy bien —murmura—. Tengo que irme.
Se aleja de nosotras torpemente, hacia el camino de entrada.
La sigo y la alcanzo, agarrándole el brazo.
Se aparta de mí de un salto y cuando la miro a los ojos veo un terror puro. Todavía debe de estar desorientada.
—No voy a hacerle daño.
—Tengo que irme —dice—. Ahora.
—¿Quiere que la lleve al hospital?
—No, no, estoy bien.
Y dicho esto, se aleja apresuradamente hacia la oscuridad.
Cuando vuelvo a entrar en casa, Paula está con las gemelas en el salón.
—¿Qué quería? —pregunta.
—Que pagara alquiler.
Paula se ríe.
—Menos mal que se desmayó, entonces. Así se fue despavorida. —Paula sonríe para sí misma—. No creo que vuelva.