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Los días se van haciendo más calurosos. En el colegio se oye el zumbido de un cortacésped por la ventana y huele a hierba recién cortada. Ahora hacemos todas las clases de educación física fuera, en el campo del colegio, corriendo, saltando y lanzando balones.
Los demás están emocionados con el final del trimestre, pero nosotras no.
El verano se cierne sobre nosotras. Los otros niños hablan emocionados de las vacaciones, de playas, de viajes en avión.
Pero mi hermana y yo sabemos que sin la seguridad del colegio, las vacaciones de verano solo pueden significar una cosa. Más tiempo con papá.
Como siempre, mi hermana no me espera a la salida. Vuelve a casa lo más rápido que puede, casi como si estuviera huyendo de algo. Huyendo de mí.
Yo me entretengo, dándole patadas a las piedras de la acera, mirando cómo rebotan hacia la trayectoria de los coches que pasan.
Cuando llego a casa, mi hermana está en el salón en el sofá, al lado de papá, viendo un documental de naturaleza. Los dos miran la televisión en silencio mientras un león despedaza una gacela. Papá da un trago a su cerveza. Me quedo parada en el umbral, sin saber si entrar.
—Ya ves —le dice papá a mi hermana—. Ahí fuera rige el de la ley del más fuerte. Así es como debe ser, como estamos diseñados.
—Sí, papá —asiente mi hermana.
—La humanidad ha evolucionado demasiado.
Fíjate en la medicina, por ejemplo. Es una gran cosa, pero mantiene con vida a gente que no debería estarlo.
Ancianos, bebés, enfermos graves. Muchos de ellos habrían muerto sin la medicina.
Muchos de ellos deberían haber muerto. Los hospitales interfieren con la selección natural.
Quiero decir algo, contarle que está diciendo tonterías, pero mi hermana ya le está dando la razón.
—Tienes razón, papá.
—Pónganse ustedes dos de ejemplo. —De repente levanta la vista de la tele y me señala desde el umbral, y no puedo evitar dar un respingo—. Sin atención médica, solo una de ustedes habría sobrevivido. —Me mira fijamente—. Quizás así es como debería haber sido.