Capítulo 30
Al día siguiente Melissa viene a verme después de una comida de trabajo en la zona. He abierto todas las ventanas de la casa para intentar deshacerme del olor a humedad, pero persiste, impregnando cada habitación.
Melissa llega tarde, y cuando ya empiezo a pensar que no va a venir, aparece a las siete, después de que Paula haya acostado a las gemelas.
—Hola —arrastra las palabras mientras me envuelve en un abrazo—. Qué ganas tenía de verte. Ha sido un día estupendo.
Sonrío con cautela. Melissa lleva años sin beber alcohol, pero hoy está claramente perjudicada.
—Pasa. Las gemelas acaban de acostarse.
—Ay, qué pena, tenía muchas ganas de verlas. Pero a ti más todavía. He traído champán para celebrar mi buena noticia.
—¿Qué buena noticia? —pregunto con cautela, mientras le cojo la botella y la meto en la nevera. No puede estar embarazada. Si lo estuviera, no habría traído el champán.
Me sigue a la cocina y le sirvo un vaso de agua que le tiendo. Se lo bebe de un trago y se limpia la boca con el dorso de la mano.
—Acabo de cerrar un montón de negocio nuevo con mi cliente. Tres millones de libras. ¿Te lo puedes creer?
—Claro que sí. Se te da genial tu trabajo. Por eso te hicieron socia.
—Gracias. Al menos tú me apoyas. Graham nunca me felicita cuando tengo éxito. Creo que voy a separarme de él.
Le recibo el vaso de agua y se lo relleno.
—Vamos al salón a sentarnos.
—¿No vamos a abrir el champán?
Frunzo el ceño. Melissa necesita despejar la cabeza de verdad.
—Estoy dando el pecho, así que probablemente no debería —digo.
Pero Melissa ya ha abierto la nevera y está descorchando la botella.
—¿Dónde tienes las copas de champán?
Suspiro.
—En el armario de arriba a la derecha.
Me pasa una copa pequeña y las dos pasamos al salón.
—Vas muy deprisa, lo de dejar a Graham. —Me sorprende que se lo esté planteando en serio.
—Sí, he estado pensando en lo que dijiste cuando nos vimos. Me inspiraste, echando a Ian. Bien hecho. —Levanta su copa para chocar con la mía. Siento un pinchazo de culpa por haber sugerido el divorcio tan a la ligera en nuestra última conversación. Nunca pensé que fuera a hacerlo.
—Me alegra muchísimo haber dejado a Ian. —Respiro hondo—. Resulta que está casado.
—¿Casado? —Melissa se ríe con una carcajada borracha—. ¿En serio?
—Sí. Hace veinte años.
—¿Qué? —Se gira hacia mí con los ojos muy abiertos y me pasa el brazo por encima—. Lo siento mucho. No te mereces esto. Nunca lo hubiera esperado de Ian. ¿Sospechabas algo?
Frunzo el ceño, sintiéndome avergonzada y estúpida. Las señales estaban ahí. Simplemente elegí ignorarlas porque quería que nuestra relación funcionara.
—No estaba muy presente —admito—. Incluso se perdió los primeros días de vida de las gemelas porque estaba con su mujer. —Al decirlo en voz alta, la magnitud de su traición me golpea de nuevo y se me llenan los ojos en lágrimas.
—¿Qué? Lo mato. —Veo una rabia sin disimular en los ojos desenfocados de Melissa—. Si no llega mamá antes. ¿Le has dicho ya que han roto?
—Claro que no. Se va a poner furiosa conmigo por haber sido tan estúpida. No puedo con eso ahora.
—No te preocupes. —Melissa me da una palmadita en la espalda—. Podemos hablar con ella juntas. Yo le digo que dejaré a Graham y tú le dices que Ian está casado. —Arrastra las palabras—. Puede estar enfadada con las dos al mismo tiempo. Compartimos el dolor.
Sonrío. No estoy segura de que vaya a recordar nada de lo que he dicho por la mañana, pero me alegra habérselo contado.
—Ian hace que Graham parezca un santo —digo.
—Bueno, supongo que tampoco es para tanto. Es que no lo quiero.
—Algo de pena me da —admito—. Es un buen tipo.
—Creo que ese es el problema. Lo elegí porque era un buen tipo. Y tenía un buen trabajo. No por ninguna otra razón. No creo haberle querido de verdad nunca. Simplemente no quería casarme con alguien como nuestro padre.
—¿Qué? —pregunto, desconcertada—. ¿Por qué dices eso?
—Tú no recuerdas cómo era.
—Recuerdo cosas —digo, sin querer admitir que recuerdo muy poco.
—Yo era mayor. Me acuerdo de todo.
—Pero querías ponerle su nombre a tu hijo. Así que no podía ser tan malo —digo. Está borracha y diciendo tonterías. Quizá debería acostarla directamente y dejar que duerma la borrachera. Es una pena; quería seguir hablando con ella sobre Ian, pero puede esperar a otro día.
—¡Nunca le pondría su nombre a un hijo mío! Ni siquiera quería que tú lo hicieras.
—Pero mamá dijo…
—¿Qué dijo mamá? —Melissa suele ser tan serena y comedida. Pero ahora tiene la cara encendida y parece furiosa.
—Dijo que no podía llamar Frances a mi bebé porque tú habías reservado el nombre para el tuyo. —Frunzo el ceño.
—¿En serio? Vaya chiste. —Pero Melissa no se está riendo.
—¿No querías llamar Frances a tu hijo?
—No. No quería que tú llamaras así a tu hija porque papá no era el tipo de persona a quien le pondrías el nombre a un hijo. No era un buen hombre. Pero mamá no quiere que lo sepas. Prefiere que guardes para siempre una imagen idealizada de nuestro padre.
—Pero era buena persona. Me llevaba al parque, me empujaba en los columpios, me acompañaba al colegio. Me entendía.
—¿De dónde has sacado esa idea?
—Es que recuerdo…
—Yo no me fiaría de tus recuerdos.
—¿Qué quieres decir?
—Recuerdas lo que mamá quiere que recuerdes. Te ha ido enseñando fotos a lo largo de los años, fotos de ustedes dos sonriendo, él llevándote al colegio ese único día en que lo hizo, ustedes dos tocando el piano juntos. Pero todo es una ilusión.
—Pero las fotos son reales. Esas cosas ocurrieron.
—Ocurrieron. Pero no a menudo. Eras demasiado pequeña para recordar cómo era él realmente.
Mamá reescribió la historia para ti. Pensó que sería mejor que le recordaras como un buen padre, así que solo habló siempre de los buenos momentos.
Pero yo era demasiado mayor para que eso funcionara conmigo. Yo sabía la verdad.
—No me lo creo.
Melissa suspira y mira hacia abajo, hacia su copa vacía, de repente arrepentida. Parece más tranquila ahora, como si la conversación hubiera empezado a quitarle la borrachera.
—Se suponía que no tenía que contártelo nunca. Mamá siempre me lo decía. Lo cual tenía sentido cuando tenías seis años. Menos ahora. Pero ella todavía quiere protegerte.
Noto un revuelco en el estómago. Siempre pensé que mamá y Melissa no me entendían, pero que mi padre sí. Ahora Melissa me está diciendo que me equivocaba en todo.
—¿Cómo era entonces? —pregunto.
—Desagradable y borracho la mitad del tiempo —arrastra las palabras.
—No me lo creo. Puede que no fuera perfecto. Pero era un buen hombre. Mamá siempre lo decía.
Melissa se ríe.
—¿Ah sí? Aunque sigue sufriendo hoy, años después de su muerte. Todavía tiene los dolores de cabeza.
Se me abren los ojos como platos.
—¿Qué tienen que ver con papá?
—La lesión en la cabeza se la hizo cuando estaba con él.
Nunca supe exactamente qué pasó. Pero cuando salieron él estaba de mal humor, enfadado con ella por alguna tontería.
No volvieron esa noche. Ella fue al hospital con una conmoción.
Me acuerdo porque tuve que prepararme la cena yo sola mientras estaban en urgencias.
Después vino la policía a interrogarlo. Creían que se había golpeado la cabeza cuando papá la empujó contra una pared, pero debieron de quedar satisfechos con lo que les contó porque no fue a más.
Desde entonces tiene los dolores de cabeza y los mareos. Fue culpa suya.
—Pero podría haber sido simplemente un accidente. Los accidentes ocurren todo el tiempo.
—Puede —dice Melissa—. Mira, lo siento. No debería haberte contado cómo era realmente. Sé lo mucho que te importan tus recuerdos de él. Olvidémoslo.
—No lo entiendo. Si papá era tan terrible, ¿por qué mamá lo pinta como un hombre maravilloso? Incluso ahora sigue diciendo que le echa de menos.
—Quiere que la gente crea que tuvieron un buen matrimonio. Le dice a todo el mundo que el amor de su vida murió. Que tuvo que rehacer su vida después. Cree que les impresiona. Suena mucho mejor que la verdad.
Cuando Melissa se fue por fin, todavía me encuentro dando tumbos.
No estoy segura de cuánto de lo que ha dicho es verdad.
Estaba muy borracha. Suspiro y me sirvo un vaso de agua.
¿Podría ser que todo lo que creía saber sobre mi padre fuera mentira?
Me rasco la cicatriz del brazo, rebuscando en la memoria.
Pero todos mis recuerdos de mi padre son solo instantáneas.
Como fotografías. Quizás Melissa tenía razón.
Paula entra y se sienta a mi lado.
—Es tarde —dice—. ¿Estás bien?
—Sí —respondo.
—He oído a Melissa. He intentado no molestarlas, para darles espacio a las dos.
—Gracias.
—Has estado llorando.
—Es que me ha disgustado un poco, nada más.
—La oía desde arriba. Ha despertado a las gemelas.
—Lo siento.
—No pasa nada. ¿Qué ha pasado?
—Es por nuestro padre. Dice que era un borracho. Cree que una vez le causó una conmoción a nuestra madre. Que él tuvo la culpa de los dolores de cabeza que todavía tiene hoy.
—¿De verdad?
Le cuento lo que dijo Melissa. Analizo cada palabra, intentando entender qué quiso decir, por qué nunca me lo había contado antes.
—Quién sabe por qué ha dicho todo eso —dice Paula—. Quizás quiere hacerte daño.
—¿Pero por qué querría hacerme daño? —Si acaso, Melissa y yo nos hemos estado llevando mejor últimamente.
—Tiene celos, ¿no? De tus bebés.
—Supongo.
—Las familias son duras —dice Paula—. Yo tampoco tenía una buena relación con mi hermana. Era maliciosa, como Melissa.
—Melissa no es mala persona —digo—. De pequeñas éramos muy unidas.
—Su relación es de una sola dirección. Está tan ocupada con el trabajo que casi no te ve, y cuando lo hace, te suelta algo así.
Siento que me arde la cara. Paula tiene razón.
—Es difícil pensar en el pasado. Yo crecí por aquí —continúa Paula—. Cada esquina me despierta un recuerdo.
Me fijo en que usa la palabra «despierta», como si los recuerdos le resultaran incómodos, como si le dolieran.
—Eso debe de ser difícil.
Pienso en cómo se sentaba en la cafetería todos los días, mirando fijamente a la calle. Me pregunto si es algo de la zona lo que la trajo aquí, algo de lo que no puede desprenderse.
—Es difícil superar las cosas que nos hicieron daño en la infancia.
Miro a Paula, sorprendida. Solo es un poco más joven que mi madre. ¿Puede ser verdad que las infancias difíciles nos persigan para siempre?
Pienso en lo que dijo Melissa.
—Solo desearía que mi familia fuera honesta conmigo. Todo el mundo debe de haberme mentido durante años, fingiendo que mi padre era buena persona. Por lo que parece, mi hermana le detestaba de verdad.
—No siempre se puede confiar en las hermanas. Yo odié a la mía.
—¿Por qué?
—Supongo que siempre competíamos por la atención de nuestros padres, como si en realidad solo hubiera sitio para una de las dos. Por fuera nos parecíamos mucho. Pero por dentro no, claro. No en personalidad. Mi hermana era una manipuladora de mierda.
—Vaya —digo, impactada. Por mucho que Melissa me sacara de quicio, jamás me expresaría así de ella.
—Pero se le daba bien disimular quién era realmente, fingir. Mis padres siempre la prefirieron a ella antes que a mí.
—Mamá siempre pareció preferir a Melissa. Lo hacía todo bien. Sacó buenas notas, luego se casó y se hizo abogada. A su lado nunca me siento suficiente.
—Intentan hacerte sentir así. Intentan hacerte daño. Pero en el fondo siempre supe que mi hermana no era mejor que yo.
—¿La ves ahora? —pregunto.
—Murió —dice Paula, con total naturalidad.
—Lo siento mucho.
—No lo sientas. No era buena persona, Katie.
—¿Qué hizo?
—¿Qué no hizo? Me hizo daño.
—¿Cómo? —pregunto, sin estar segura de querer saberlo.
—De pequeña me torturaba.
—¿Tus padres no le ponían freno?
Paula se ríe.
—No, se salía con la suya con todo. En parte por eso me hice doula. Supongo que quería ayudar a familias jóvenes, evitar que acabaran como la mía. Quería proteger a los niños.
—¿Su relación nunca mejoró, ni siquiera de adultas? —Pienso en cómo mi relación con Melissa había empezado a mejorar.
—No tuvimos ocasión. Murió cuando todavía éramos niñas.
Siento un nudo en la garganta.
—Debió de ser muy duro para ti.
Paula me mira con una expresión completamente impenetrable.
—Claro, una parte de mí estaba triste. Era mi hermana, al fin y al cabo. Pero otra parte estaba feliz. Era libre.