Capítulo 29
Vuelvo a trompicones a la estación de tren con la cabeza a mil. Apenas puedo creer lo que me acaban de decir. Ian está casado. Llevan juntos veinte años. Estoy tan furiosa que no puedo pensar con claridad.
Llamo a Ian. Ha estado intentando ponerse en contacto conmigo desde que lo dejamos, y descuelga de inmediato. A diferencia de cuando estábamos juntos y era tan difícil localizarle.
—Katie, qué alegría que por fin me hayas llamado.
He estado preocupado por ti. Ya he arreglado lo de las facturas.
Fue todo un malentendido enorme. De alguna manera me anularon la tarjeta del banco y no salió ninguno de mis domiciliados.
Pero ya está solucionado. Me muero por compensarte. ¿Puedo pasar por ti y llevarte a cenar?
Me quedo sin palabras ante la facilidad con que las excusas le salen de la boca.
—¿Qué me dices? —pregunta.
—Acabo de conocer a tu mujer —digo por fin.
Silencio.
—¿Sabrina? —Pierde un solo instante y continúa—. Dios mío. Puedo explicártelo todo. Llevo años queriendo dejarla. No la quiero. Estamos casados solo sobre el papel. —habla deprisa, como si no quisiera dejarme espacio para cuestionarlo.
—¿Y por qué no la has dejado, entonces?
—Es frágil. Tiene ciertos… problemas emocionales.
—No te creo. —Por primera vez lo veo con claridad. Dirá lo que haga falta para convencerme de que su matrimonio no es para tanto.
—Te ha dado la impresión de que seguíamos teniendo una relación física, ¿verdad?
—Ha dicho que estaban casados y vivían juntos como pareja.
Ian suspira.
—Ya ha hecho esto antes.
—¿Ah sí? ¿Le ha dicho a todas tus otras aventuras que lleva veinte años casada contigo?
—Katie, estás exagerando. Y lo entiendo. Tiene que haber sido un golpe muy duro. Y Sabrina puede resultar muy convincente con sus delirios. Todavía está enamorada de mí, ¿ves? Pero ya no estamos juntos, diga lo que diga ella.
—Ha dicho que fueron a terapia de pareja.
—Fuimos. Lo hice por ella. Y solo me confirmó lo que ya sabía. Que no había futuro para nosotros.
—Pero estabas viviendo allí.
—Bueno, sí, vivía con ella antes de mudarme contigo. Pero solo por conveniencia. Y tuve que volver allí cuando me echaste. No tenía adónde ir.
—¿Y tus otras propiedades?
—Están todas ocupadas, si no hubiera ido a una de ellas.
—El negocio va viento en popa, entonces.
Le oigo soltar un suspiro de alivio. Cree que está a salvo.
—Sí, nos va bien.
—¿Qué pasó con la oportunidad en Tailandia, Ian? ¿Conseguiste el contrato? —Le doy una última oportunidad de redimirse, de admitir la verdad.
—Pinta bien. No te creerías el hotel, Katie. Los planos son increíbles.
Voy a por todas.
—Sé que no estuviste en Tailandia, Ian. Cuando nacieron nuestras gemelas, estabas al otro lado de Londres. Con tu mujer.
—Katie, lo siento, yo…
—Se acabó, Ian. Para siempre.
En cuanto subo al tren, no puedo dejar de llorar. Todos mis sueños de un futuro con Ian se han hecho añicos. Nuestra relación ha sido una mentira desde el principio, nuestro futuro un cuento de hadas que nunca se haría realidad.
Estoy furiosa. ¿Por qué no me lo contó cuando estaba embarazada?
¿Por qué no me dejó empezar de cero sin él?
Podría haberme rehecho, encontrado mi propio sitio, mentalizarme para ser madre soltera, buscar apoyo.
Pero en cambio fingió que iba a estar presente, que íbamos a tener una relación de verdad, mientras seguía viendo a su mujer.
Y luego se perdió los nacimientos. Si hay algo imperdonable, es eso.
Cuando por fin llego a casa, al entrar oigo música de piano, y por un momento me transporto a mi propia infancia. Cuando mi madre estaba en casa siempre había música. Antes de hacerse daño en la mano, practicaba en casa para los conciertos, y después de la lesión tocaba por puro placer.
Entro al comedor y veo a Paula sentada en el taburete del piano, con los ojos cerrados, absorta en la música. Es una pieza sencilla, pero la toca bien. Las gemelas están en sus esterillas al otro lado de la habitación, mirándola fijamente.
—Hola —digo.
No se detiene. Me acerco y le doy un toque en el hombro.
Sus dedos se clavan en las teclas y se levanta del taburete de un salto como si la hubieran golpeado.
—Lo siento —digo rápidamente.
—No, tranquila. No me había dado cuenta de que eras tú.
Frunzo el ceño. ¿Quién pensaba que era?
—Las niñas han estado bien —dice deprisa. Luego me mira más de cerca y me aparta el pelo de la cara con la mano—. Has estado llorando.
Asiento.
—Es Ian. Está casado.
—Dios mío. Lo siento muchísimo.
Paula acuesta a las niñas y luego nos sentamos en la cocina.
—¿Cómo te enteraste? —pregunta.
—Los vi besándose. Luego averigüé dónde vivía Ian. Fui a verlo hoy. Ella estaba allí.
—¿No sabías dónde vivía?
—No, me dijo que vivía con su madre antes de que la ingresaran en una residencia, que tenía demencia y que se alteraría con extraños en casa.
Nuestra relación no era tan seria entonces.
Y después de quedarme embarazada, estaba tan contenta de que Ian siguiera conmigo y hubiera encontrado un sitio donde vivir que no se me ocurrió cuestionarlo.
—Pobrecita. Te ha engañado de verdad.
—Lo sé. No me puedo creer que no lo viera venir. He sido una estúpida.
—No es culpa tuya. Ian tiene mucho encanto. Entiendo perfectamente por qué confiaste en él.
—Pero a ti no te engañó, ¿verdad? —Recuerdo lo desconfiada que era Paula con Ian.
—Nunca me cayó bien. Pero llevo años acumulando experiencia con hombres malos. Supe desde el momento en que le conocí que algo en Ian no cuadraba.
—¿Por qué no dijiste nada?
—Por entonces no te conocía bien. Y cuando Ian no volvió de Tailandia, bueno, para ser honesta esperaba que no volviera en absoluto. No me fiaba de él.
—He descubierto que nunca estuvo en Tailandia.
—¿Qué?
—Se lo inventó. Estaba con su mujer.
—Me pareció sospechoso. Raro irse tan cerca de tu fecha de parto. Y tardar tanto en volver.
—Ya. Pero aunque estuviera con ella, ¿no habría vuelto cuando nacieron las gemelas?
—Todavía no tiene ningún sentido, ni siquiera ahora.
Ian ha admitido que mintió sobre Tailandia, que estaba con su mujer.
Pero si estaba al otro lado de Londres, ¿por qué no volvió cuando nacieron las gemelas?
¿Por qué mintió sobre que su teléfono no funcionaba?