14
Estamos otra vez en el sótano. Nos encierran aquí cada vez más a menudo. Ya no solo cuando viene el hombre, sino en otras ocasiones también. Siempre que papá cree que nos hemos portado mal.
Mi hermana casi no me habla ya. Cree que es culpa mía que estemos aquí abajo, que fue hacerle señas al hombre lo que empezó todo esto.
He intentado animarla proponiéndole planes de fuga: trepar hasta la ventanita que hay cerca del techo y salir a rastras, encontrar un túnel secreto detrás de unos ladrillos viejos, echar la puerta abajo. Cada idea es más descabellada que la anterior, pero al menos lo intento.
—Cállate —dice mi hermana de repente.
—¿Qué?
—Escucha.
Y entonces lo oigo. Es muy tenue, pero lo oigo.
El piano.
Es la nana que mamá nos toca todas las noches antes de dormir.
Debe de estar encima de nosotras. En la sala de música.
—¿Crees que la toca por nosotras? —pregunto.
—A lo mejor. Si sabe que estamos aquí abajo.
Frunzo el ceño. Tiene que saber que estamos aquí abajo. Pero no quiero pensar en eso. ¿Por qué no viene a rescatarnos?
En cambio cierro los ojos y escucho.
Me imagino que estamos ahí arriba con ella, que bailamos con la música, con los pies ligeros sobre las tablas del suelo. Unas lágrimas que no quiero dejar caer me resbalan por la cara. Me las seco con rabia con la mano. No es momento para llorar. Llorar es de bebés.
Mi hermana abre los ojos de golpe.
Me mira con asco.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta.
—¿Qué? —murmuro, sin entender. No estoy haciendo nada.
—Deja de llorar. —Me da una patada en la pierna. Casi no duele, pero me hace llorar más fuerte.
—Eres una llorona.
—No lo soy —digo, intentando desesperadamente contener las lágrimas, que solo parecen caer más deprisa.
Me da otra patada, más fuerte esta vez, y luego corre al otro lado de la habitación. Se queda de pie dándome la espalda, con la cara vuelta hacia la pared. Veo cómo le tiembla el cuerpo, la oigo sorberse los mocos. Ella también está llorando.