La mujer en mi casa Capítulo 28
59%

Capítulo 28

¿Adónde han ido?

No están en la casa. He buscado por todas partes, arriba y abajo.

Y sin embargo, cuando me quedo inmóvil en el silencio, puedo escuchar el leve sonido de un bebé llorando. Estoy segura de que es Frances. Reconocería su débil lloriqueo en cualquier parte. Pero ¿dónde está?

Paula debe de haber salido con las gemelas. ¿Pero adónde las habría llevado a las tres de la mañana? ¿Y por qué?

Un pensamiento me cruza la mente. ¿Se las ha robado? ¿Las quería para ella? Muchas veces parece más cercana a ellas que yo; mejor madre de lo que yo soy. Pero es solo porque sabe lo que hace. Su trabajo es cuidar de niños. Es una profesional.

Me pregunto si debería llamar a la policía. ¿Para decirles qué? ¿Que la niñera ha salido con las niñas? ¿O que Paula y las niñas han desaparecido? No tiene ningún sentido.

Por un momento pienso en llamar a mamá. Pero no soporto que me juzgue. No puede ver a Paula. Me dirá que se las ha llevado, que evidentemente no puedo fiarme de ella.

Pero tengo que hacer algo.

Cojo las llaves y salgo a la calle. Miro en las dos direcciones pero no hay ni rastro de mis niñas ni de Paula.

—¡Paula! —grito, con la voz propagándose en el aire quieto de la noche—. ¡Paula!

Una cortina se mueve al otro lado de la calle. El apartamento encima de la cafetería. El dueño me está mirando. La cortina vuelve a cerrarse.

Entro de nuevo en la casa con el corazón a mil. Tengo que llamar a la policía ahora, por si acaso.

Subo las escaleras a toda velocidad y cojo el móvil.

Y entonces escucho algo al pie de las escaleras.

Salgo corriendo del dormitorio y miro hacia abajo, con los ojos muy abiertos.

Paula está en el recibidor, meciendo a las bebés en los brazos y haciéndoles arrullos.

Se sobresalta al verme.

—¿Katie? ¿Qué haces levantada?

—Es que… me pareció oír a Frances llorando… y cuando fui a tu habitación no estabas. Las niñas tampoco.

—Las gemelas estaban inquietas. Las he sacado a dar una vuelta para calmarlas. Ya están mejor. Mira, Alice está profundamente dormida.

Bajo las escaleras despacio, con la cabeza dándome vueltas.

Miro a las gemelas en sus brazos. Tiene razón. Alice duerme plácidamente, pero Frances sigue con cara de angustia, con la frente sudada y los ojos moviéndose de un lado a otro.

—Voy a darle el pecho a Frances —digo—. Puede que esté deshidratada.

—Está bien. Solo necesita dormir.

Saco a Frances de los brazos de Paula. Está fría y pegajosa y siento una necesidad desesperada de protegerla.

La estrecho contra mí, invadida por una oleada de insuficiencia.

¿Qué le pasa? ¿Por qué es tan pequeña y tan débil?

¿La he empeorado yo por no ponerle mantas cuando salimos antes?

La llevo al salón y le ofrezco el pecho.

—Súbela pronto —llama Paula desde el salón, antes de subir las escaleras con Alice—. No querrás estropearle la rutina.

Pero esta vez Frances se engancha sin dificultad y mama con ganas. Y mientras la tengo cerca, caigo en algo. Paula dijo que había sacado a las gemelas a dar una vuelta. Pero cuando había bajado, el carrito seguía en el recibidor. ¿Dónde habían estado?

A la mañana siguiente siento una necesidad desesperada de estar cerca de mis niñas. El miedo de anoche no me ha abandonado. Les cambio los pañales, las alimento y las abrazo. Cuando Frances se queda dormida en mis brazos, me pregunto si de verdad podría con esto yo sola, sin Paula.

Pero tengo que volvérselas a entregar porque hoy doy mi primera clase de piano.

Los folletos que imprimió Paula han surtido efecto claramente, pues ya tengo cinco alumnos apuntados.

Recorro la casa a toda prisa con el ambientador por el recibidor y la sala del piano, para intentar disimular el olor putrefacto que sube por las tablas del suelo.

No he tenido tiempo de prepararme nada, aparte de hacer afinar el piano.

No he podido dejar de pensar en Ian besando a aquella mujer, repitiéndolo en mi mente una y otra vez.

En cuanto termine la clase voy a ir a la dirección que encontré.

Me aterra pensar en lo que voy a encontrar.

Paula ha accedido a llevar a las gemelas a dar una vuelta.

Me siento un poco incómoda por lo de anoche, pero no hay alternativa si quiero la casa en silencio mientras doy clase.

Y no puedo permitirme criticarla; también la voy a necesitar para que cuide a las niñas cuando vaya a casa de Ian más tarde.

La clase sale bien, y mientras veo al niño de diez años alejarse de la casa charlando emocionado con su padre sobre el piano, siento un orgullo profundo. Me imagino una vida nueva sola con las gemelas, y una carrera dando clases de piano.

La dirección que tengo de Ian está al otro lado de Londres y voy en tren y luego en metro para llegar.

Cuando llego, me quedo sin palabras. Es una casita pequeña entre medianeras, de planta baja y un piso.

Del tipo con el que yo solo podría soñar, pero que resulta claramente demasiado pequeña para alguien como Ian.

Compruebo la dirección. Es la casa correcta.

Me invade la rabia. Ensayo mentalmente lo que voy a decirle, cómo voy a contarle exactamente lo que pienso de él.

Respiro hondo y llamo a la puerta.

Abro la boca al escuchar el pestillo, lista para soltarle todo.

Pero detrás de la puerta no está Ian.

Es una mujer. Cabello rubio ceniza. Ojos azules penetrantes. De la edad de Ian.

No hay forma de confundirla. Es la mujer del restaurante.

Doy un paso atrás, conmocionada.

—¿Sí? —dice, mirándome de arriba abajo.

Sin maquillaje tiene un aspecto diferente. Más mayor, más curtida. Lleva un paño de cocina en la mano y detrás de ella el recibidor está impecable y reluciente.

—Hola —balbuceo.

—¿Qué quiere? —dice con impaciencia.

—Es por Ian —suelto rápidamente, antes de que pueda cerrarme la puerta en las narices.

—¿Ian? —Su expresión no cambia y por un momento me preocupa haberme equivocado por completo.

—¿Le ha pasado algo? —pregunta, destruyendo mi ilusión.

—No, está bien. Que yo sepa.

—¿Y usted quién es? —Hace una pausa—. ¿No será otra de sus chicas? —Me mira con rabia—. Dijo que lo dejaría… Lo prometió.

—¿Perdone? —¿Sus chicas? Repito en mi cabeza, atónita.

—¿Tiene una aventura con él?

—No. No es eso… —La cabeza me va a mil—. Llevamos un año juntos.

—¿Un año? ¿Lleva un año viéndola?

—Sí —digo, impactada—. ¿Y cuándo empezó su relación con él? —pregunto—. ¿Fue después de que nosotros lo dejáramos? —Las preguntas se me escapan llenas de esperanza, pero tengo un presentimiento que se me hunde en el estómago.

Se ríe.

—¿Cree que un año es mucho tiempo? Pues me temo que yo la supero. Llevamos casados veinte años.

Trago saliva y siento que el color me abandona la cara.

—Eso no puede ser. Ian estaba conmigo. —¿Ha estado casado con ella durante toda nuestra relación? Noto un revuelco en el estómago.

—¿Dónde le dijo que vivía?

—Yo creía que… o sea, estaba viviendo con su madre… y luego se vino a vivir conmigo —digo en voz baja. Pero ahora lo veo todo con claridad. Dijo que vivía con su madre para que yo no hiciera preguntas. Y yo fui suficientemente estúpida para creérmelo.

—¿Dónde creía que estaba la mitad del tiempo? —dice la mujer.

—Decía que estaba trabajando.

—A mí me decía que estaba trabajando cuando debía de estar con usted. Quería creerle. Sabía que no debía. No es usted la primera, ni mucho menos. Siempre más jóvenes.

Me revuelve el estómago. No soy especial para él, soy una más entre muchas.

La realidad de mi situación me golpea de lleno.

¿Cómo pude estar tan ciega? Ian casi nunca se quedaba a dormir conmigo.

Su teléfono estaba casi siempre apagado.

Nunca conocí a sus amigos ni a su familia.

Las señales estaban ahí, pero yo no quería verlas.

Una vez que supe que estaba embarazada e Ian dejó de ser una relación pasajera, no me podía permitir cuestionar su honestidad.

Lo necesitaba fiable. Necesitaba que fuera un buen padre para mis hijas. Así que creí lo que quise creer.

—¿Tienen hijos? —pregunto. No soporto la idea de haber podido destruir una familia.

Alice y Frances podrían tener hermanos o hermanas.

Ian podría haberlo vivido todo antes: el embarazo, los cuidados de las bebés recién nacidas.

Puede que ninguno de esos momentos fuera especial para él, porque ya los había vivido antes con otra persona.

—No —dice con rapidez—. No tenemos.

Siento un alivio enorme, a pesar de todo.

—Nosotros tenemos gemelas —digo, con la voz que me tiembla.

Su cara se ha quedado pálida.

—¿Gemelas? ¿Con Ian?

—Sí. Dos niñas.

—¿Qué edad tienen?

—Un mes.

—Dios mío. —Se lleva la mano a la boca—. ¿Ha estado fingiendo que nuestro matrimonio va bien mientras usted tenía a sus hijas? Hemos estado yendo a terapia de pareja. Probablemente estaba dando a luz mientras yo intentaba salvar mi matrimonio. ¿Estuvo él? ¿Estuvo cuando dio a luz?

—No —digo—. Estaba trabajando en Tailandia.

—¿Tailandia?

Y entonces caigo. La semana que Ian estuvo fuera en Tailandia fue imposible dar con él. No puede ser que me haya mentido sobre algo tan grave. No puede haber faltado al nacimiento de las niñas por estar con esta mujer. ¿Verdad?

—¿Estaba con usted la primera semana de agosto? —pregunto.

—Sí —dice ella.

—¿Y no fue al extranjero?

—No.

La verdad me cae encima como una losa.

—Tengo que irme —digo, entre lágrimas. Cuando cierra la puerta, me desplomo en su umbral y lloro a mares.