Capítulo 27
Me quedo mirando, intentando procesar lo que tengo delante. Ian. Besando a otra mujer.
—¿Se encuentra bien, señorita? —me pregunta un camarero mientras se abre paso entre la gente para alcanzar el abrigo de un cliente.
—Estoy bien.
Fuera, el beso termina, pero Ian y la mujer siguen abrazados, con sus brazos envolviéndola con fuerza.
—Los baños están arriba.
—Gracias —digo distraída, mientras los veo separarse.
Se dicen unas palabras y luego él le rodea la cintura con el brazo y se alejan juntos, con la mano posada en su cadera exactamente igual que cuando está conmigo.
Van hacia un coche aparcado a unos metros, suben y se marchan. Noto un revuelco en el estómago.
Cuando regreso a nuestra mesa, mi hermana ya está de pie con el bolso en la mano.
Nos despedimos fuera del restaurante, prometiéndonos que nos veremos más.
Pero apenas escucho sus palabras. Tengo la cabeza inundada de la imagen de los labios de Ian encontrándose con los de aquella mujer, su mano en su cadera, la escena repitiéndose una y otra vez a cámara lenta.
Me ha sido infiel. O bien ya ha encontrado a alguien nuevo.
Vuelvo a casa a paso rápido con el carrito, casi sin percibir los llantos de mis propias hijas.
Cuando llego, Paula ya está allí. Por una vez le agradezco que se lleve a las gemelas sin más, riñéndome por no haberlas alimentado mientras estábamos fuera y diciéndome que ahora hemos roto por completo su rutina.
Me dejo caer en el sofá e intento encontrarle sentido a lo que vi en el restaurante. Estoy destrozada. Encontrar las facturas sin pagar ya fue bastante malo, pero esto. ¿Cómo ha podido fallarme así? ¿Cómo puede ser tan cruel? ¿Y cuánto tiempo lleva engañándome?
Cierro los ojos, con las lágrimas escociendo, y el beso vuelve a reproducirse en mi cabeza. No quiero verlo; no quiero recordar. Nuestra relación se ha terminado definitivamente. Ya no hay nada que hacer.
Saco el móvil y busco a Ian en Google. No sé qué espero encontrar, cuando la verdad me ha estado mintiendo a la cara todo este tiempo.
Ian nunca ha sentido nada por mí, está claro.
Nunca fui a su casa, nunca conocí a ninguno de sus amigos.
Mantenía todo separado y compartimentado.
¿Cómo no lo vi? ¿Cómo pude ser tan estúpida?
Nunca he sido de las que sospechan en las relaciones.
Siempre he aceptado a la gente tal como es, pero ahora me pregunto si he sido demasiado ingenua.
Solo he buscado a Ian una vez antes. Fue después de nuestra tercera cita, cuando acababa de descubrir su apellido.
Entonces no encontré nada que me alarmara, aunque tampoco lo esperaba.
Simplemente sentía curiosidad. Al principio se suponía que no iba a ser más que un lío pasajero. Nunca imaginé que acabaríamos aquí.
Esta vez soy más meticulosa. Repaso página tras página de resultados.
Al fondo escucho a las gemelas llorando y a Paula intentando calmarlas.
Al principio su voz es tranquilizadora, pero luego sube de tono y se vuelve más irritable.
Solo la había oído así una vez. Cuando le pedí que se fuera de la casa.
Parpadeo, prestando atención al sonido. Está enfadada con ellas.
Aparto la vista de la búsqueda al oír que la voz de Paula sube más.
—Mocosa —dice—. Tómate la medicina.
¿Qué medicina? No toman ninguna, salvo Calpol.
Los gritos de Frances han parado. Mientras subo las escaleras corriendo, los llantos de Alice también se apagan.
Me encuentro con Paula en lo alto de las escaleras.
—No te preocupes —dice—. Están dormidas.
—¿Qué medicina les estabas dando?
—Solo Calpol. Creo que han cogido un poco de frío. ¿Cuántas mantas les pusiste encima cuando saliste antes con el carrito?
—¿Mantas? Llevaban jerseys puestos. —Aunque el calor agobiante del verano ya ha remitido, todavía hace buena temperatura.
—Ya ves, algo habrán cogido. La próxima vez tienes que ponerles mantas en el carrito.
—Sí, claro —digo, sintiendo un pinchazo de culpa—. Voy a echarles un vistazo.
—Acaban de dormirse. Podrías despertarlas.
—Entraré de todas formas. —Abro la puerta despacio, con Paula pegada a mis talones.
Desde el umbral veo que las dos están profundamente dormidas. Me acerco a las cunas y observo cómo suben y bajan sus pequeños pechos, y siento que me tranquilizo. Paula tiene razón. Están bien.
—¿Satisfecha? —pregunta Paula, sonriendo.
—Lo siento. Es que me preocupo a veces. Sobre todo por Frances.
—Eres madre primeriza. Es completamente normal preocuparse. Pero yo ya he visto todo antes.
Bajo de nuevo y vuelvo al móvil. Necesito saber más sobre Ian: dónde vive, quiénes son sus amigos, su pasado. Es una locura haber estado con él tanto tiempo sin saber nada de todo esto. He tenido hijas con él sin saber quién es realmente. Me siento tan estúpida.
Sobre todo quiero saber quién es la mujer a la que estaba besando.
Quiero saber adónde ha ido; si está con ella.
Busco Ian Ainsworth junto con Wimbledon, ya que me había dicho que vivía por allí.
Hay páginas y páginas de resultados para Ian Ainsworth, pero ninguna vinculación con Wimbledon que pueda ver.
Pero lo que de verdad me sorprende es que aparentemente no existe ningún registro de alguien con ese nombre como director de ninguna empresa inmobiliaria. Si hubiese montado una empresa de éxito, ¿no habría alguna constancia de eso en internet?
Frunzo el ceño. Tiene que haber otra manera de averiguar adónde ha ido.
Me pregunto si aún conservará la casa donde vivía antes de mudarse conmigo, si habrá vuelto allí.
Busco su dirección en 192.com pero no encuentro nada.
Debe de estar en el listín privado. Y entonces pienso en su tarjeta de crédito que todavía tengo en el monedero.
La que fue rechazada. Voy al monedero, saco la tarjeta y la doy vueltas entre los dedos.
Las tarjetas de crédito siempre están vinculadas a una dirección.
Me pregunto si llamando al banco podría conseguirla.
Pero nunca me la darían. Su dirección podría estar en su cuenta de Amazon o de eBay.
Pero no tengo acceso a esas. Entonces recuerdo: una vez me dio los datos de su tarjeta de crédito en el móvil cuando pedimos comida a domicilio por internet durante un fin de semana romántico en Irlanda.
Tuvo que poner la dirección donde tenía registrada la tarjeta.
Me devano los sesos y recuerdo el nombre del restaurante de comida a domicilio.
Cuando accedo a mi cuenta en su página web, los datos de la tarjeta de Ian siguen ahí.
Y junto a ellos, una dirección en Morden donde está registrada.
Me río para mis adentros, olvidando por un momento que he arruinado mi vida por completo, y sintiéndome satisfecha con mi trabajo de detective.
Aquí es donde vivía Ian cuando me conoció. Me pregunto si estará allí ahora.
Anoto la dirección en el móvil. Merezco saber quién es Ian realmente. Mañana iré. Le haré frente. Averiguaré quién es esa mujer. Por el bien de mis hijas.
Qué sola me siento por las noches, sin mis gemelas, sin Ian.
Estoy destrozada. Quiero a Ian. Pero no fue suficiente.
No fui suficiente para él. El techo que Ian arregló ha vuelto a gotear y el agua corre por las paredes.
Sorbo con fuerza, intentando contener las lágrimas.
Detrás del papel pintado que se desprende veo unos dibujos a lápiz de la familia.
Ha caído más papel, y debajo hay otro dibujo.
Esta vez es solo una familia de tres. Una madre, un padre y una niña pequeña.
Rasco el papel pintado y veo más marcas.
A los pies de la familia yacen dos niños.
Mientras que las demás figuras están dibujadas con delicadeza, estos dos niños están tachados con trazos gruesos y oscuros de lápiz, arañados con fuerza.
Me inquieta, aunque sé que los dibujos son de hace años.
Ojalá Ian estuviera a mi lado, aunque solo fuera por el consuelo de otra persona respirando en la habitación.
Otro cuerpo con quien compartir este camino.
Por las noches los pensamientos dan vueltas en mi cabeza, una espiral interminable de angustia.
En el silencio, me parece escuchar el leve llanto de un bebé. Aguzo el oído y estoy segura de que suena como los débiles quejidos de Frances. El corazón me da un vuelco.
Me levanto, me pongo un camisón por encima del cuerpo sudoroso y camino por el pasillo hasta la habitación de Paula, pasando por encima de un peluche que alguien ha dejado caído cerca de lo alto de las escaleras.
Oigo un repiqueteo sobre el suelo de madera y enciendo la luz a tiempo de ver una rata enorme con el rabo ondeando tras ella antes de desaparecer por un agujero en el rodapié.
Ahogo un grito. Se me pone la piel de gallina.
Intentando borrar la imagen, escucho junto a la puerta de Paula por si oigo a las gemelas, pero no hay ningún sonido.
Sé que debería sentirme aliviada, pero no es así.
Solo quiero tener a mis niñas cerca, verlas respirar, sentirlas entre mis brazos.
A veces me da tanta envidia que Paula duerma al lado de ellas, que huela su suave perfume de bebé, que vea cómo suben y bajan sus pechos, que escuche sus suaves respiraciones.
Está ahí para atenderlas cuando lloran, para consolarlas. Eso lo quiero yo. Soy su madre.
Pero de momento solo necesito verlas, saber que están bien.
Llamo a la puerta. No hay respuesta.
—¿Paula? —llamo a través de la puerta, volviendo a llamar.
Debe de estar profundamente dormida. ¿Cómo va a oír a las gemelas si se despiertan si ni siquiera oye mis golpes tan fuertes?
Pienso en cómo últimamente me ha traído a las gemelas menos veces para las tomas nocturnas, diciéndome que ya casi duermen del tirón.
¿Será eso verdad, o es Paula la que duerme a pierna suelta mientras mis gemelas lloran?
Abro la puerta.
La habitación está vacía.
Sin Paula.
Sin bebés en las cunas.
—¿Paula? —susurro, sin poder creer lo que veo.
Salgo de la habitación rápidamente, de vuelta al pasillo.
—¡Paula! —grito.
La casa está en completo silencio.
Compruebo el baño, luego bajo corriendo las escaleras, con los pies retumbando en los peldaños de madera.
Voy de habitación en habitación, pero no hay ni rastro de ellas.