Capítulo 25
Observo desde la ventana de arriba cómo Ian se aleja de la casa. Luego bajo a la cocina y me siento a la mesa, temblando. No puedo fiarme de él en absoluto.
Noto una mano suave en el hombro y doy un respingo.
Paula.
—¿Se ha ido? —pregunta.
—Sí.
—Es lo mejor.
—Eso espero. —La realidad de lo que acabo de hacer me golpea como un puñetazo en el pecho. He echado al padre de mis hijas. Sin él no tendré un techo sobre mi cabeza durante mucho más tiempo. Sin él soy madre soltera de gemelas. No sé cómo voy a salir adelante.
—He vuelto a deshacer el equipaje en el dormitorio. Puedo quedarme todo el tiempo que me necesites.
—Sin Ian no podré pagarte —digo con desánimo. Sin Ian no podré pagar nada.
—No te preocupes por eso —dice, alargando la mano y acariciándome el pelo.
—Gracias. —Por un momento pienso en pedirle que se mude a la habitación de los invitados, pero luego lo reconsidero.
La necesito cerca, y si me está haciendo un favor me siento demasiado mal para pedirle que duerma allí.
—No debería tardar mucho. Creo que tendré que mudarme.
No hay manera de que pueda permitirme pagar las facturas.
—No seas impulsiva. No tienes adónde ir. Y si te vas, perderás cualquier derecho que tengas sobre la casa.
—Yo no tengo ningún derecho sobre ella. La casa es de Ian.
—Pero estás viviendo aquí, Katie. Con dos criaturas vulnerables. Has pasado más noches en esta casa que Ian. Si tú no te vas, Ian tendrá que echarte. Y no creo que llegue muy lejos echando a dos bebés diminutas de su hogar.
Los primeros días después de que Ian y yo nos separemos pasaron muy rápido, y Paula entra como un ángel eficiente y cuida de las gemelas y de mí.
Me prepara baños calientes y me deja llorar sobre la taza de té.
No puedo dejar de pensar en Ian. Le echo de menos, echo de menos la idea de nuestro futuro juntos.
Ojalá nada de esto hubiera pasado, ojalá siguiéramos juntos.
Pero cuando me llama, una y otra vez, rechazo las llamadas porque no soporto escuchar sus excusas.
Lloro todos los días. Paula se sienta conmigo y escucha.
Me ayuda a trazar un plan para sobrevivir los próximos meses.
Buscaré algún trabajo que pueda hacer mientras Paula cuida a las gemelas.
Cada vez que Ian tenga a las niñas aprovecharé para intentar conseguir turnos extra.
La cafetería del centro de Londres queda demasiado lejos, así que voy a llevar mi currículum a todas las de la zona y esperar poder encontrar algo.
El primer día que salgo a buscar trabajo me doy cuenta de que ninguna de mis ropas elegantes me queda bien. Combino un vestido premamá amplio con una rebeca holgada y me recojo el pelo en una coleta. Me maquillo un poco y me pongo tacones por primera vez en meses.
—Seguro que encuentras algo —dice Paula con ánimo. —Con tu experiencia.
—Gracias. —No puedo creer que esté buscando trabajo tan pronto después de tener a las gemelas. El cuerpo todavía me duele por todas partes, los puntos me escuecen y siento como si tuviera la regla permanentemente. Ni siquiera estoy segura de poder aguantar de pie todo el día.
—¿Estoy bien? —pregunto, necesitando que me tranquilicen.
—Estás bien. —Paula se inclina hacia delante y me mete un mechón suelto detrás de la oreja. —Pero ¿es esto lo que quieres hacer? ¿Volver a servir cafés? ¿Es lo que de verdad te gusta? —Suspiro. Suena igual que mamá.
—Sí —digo a la defensiva. No es que pueda hacer mucho más.
—¿Y tu música?
—¿Qué pasa con ella?
—Tocas el piano de maravilla. ¿Has pensado en dar clases?
—No... —digo. Nunca me lo había planteado antes porque no teníamos piano en el apartamento. Pero ahora mi mente echa a volar de repente, imaginándome sentada en el taburete del piano todo el día, ayudando a otros a aprender. —Aunque el piano está un poco desafinado. No suena bien.
—Podríamos afinarlo.
—Podríamos —digo, dándole vueltas y sonriendo. La verdad es que suena bien.
—Y yo podría hacer unos folletos y los repartimos por los buzones de la zona.
—No tienes por qué hacer eso.
—Me apetece. Sería una alegría verte feliz, haciendo algo que te encanta. Después de todo el estrés que has pasado con Ian.
Asiento, con la mente vagando mientras me imagino una vida completamente nueva. Una burbuja de ilusión me sube por el pecho. Por primera vez desde que se fue Ian siento esperanza.
Pero de momento necesito encontrar trabajo que pueda empezar lo antes posible.
Comienzo la búsqueda en la cafetería de enfrente.
No me hago muchas ilusiones. Las veces que he entrado siempre ha sido la misma señora mayor y arrugada la que servía los cafés, de mañana a noche.
Creo que es la dueña, y nunca parece tomarse un día libre.
No me imagino que el local gane suficiente dinero para permitirse una segunda persona.
Apenas tiene clientes. Pero aun así vale la pena intentarlo.
Solo tendría que cruzar la calle para ir al trabajo, y podría pasarme a ver a las gemelas en el descanso.
Me quedo esperando en el mostrador hasta que la dueña termina de atender a dos albañiles sentados en el rincón. Cuando vuelve a la caja, me mira de arriba abajo, fijándose en mi vestido planchado y mis tacones.
—¿En qué la puedo ayudar?
—Estoy buscando trabajo —digo. —Llevo los últimos diez años trabajando en cafeterías como barista. Me encantaría trabajar aquí.
—¿Barista? —dice, arqueando las cejas. Me doy cuenta de que «camarera» habría sido una palabra mejor. —¿Por qué quiere trabajar aquí en concreto? —pregunta.
—Me he mudado a la casa de enfrente. Tengo gemelas y, siendo sincera, trabajar aquí me vendría muy bien.
Me mira entornando los ojos.
—Ah, sí. Creo que la reconozco. La del cochecito doble.
Sonrío.
—Sí, esa soy yo. Y he estado aquí antes. Cuando estaba embarazada.
—Bueno, no creo que hayamos tenido nunca a nadie de esta calle pidiendo trabajo aquí. —Se ríe. —Es el salario mínimo, ya sabe.
—No hay problema —digo, notando una oportunidad. —Solo quiero estar cerca de casa.
Me estudia de nuevo, examinándome la cara.
—¿Es usted la que se mudó a la casa justo de enfrente?
Asiento y sonrío.
—Sí.
—Una elección extraña para alguien con niños pequeños.
—Bueno, la hemos arreglado ya.
—Tiene mejor aspecto. Aunque tampoco podía verse mucho peor. Soy un poco supersticiosa con las casas.
—¿A qué se refiere?
—Creo que guardan cosas. Las emociones de los que vivieron antes se le meten a la casa bajo la piel de algún modo, se filtran por las grietas entre los ladrillos, se convierten en parte de su tejido.
—Ah —digo. Recuerdo la sensación inquietante que tuve cuando me mudé, la sensación de estar vigilada.
Mira al otro lado de la calle.
—Llevo trabajando en esta cafetería desde que era adolescente. Mis padres la tenían antes de morir. Y no creo que nadie fuera feliz nunca en esa casa. Ni los adultos. Ni los niños. Nadie.
—Entiendo —digo, desplazando el peso incómodamente de un pie al otro sobre mis tacones desacostumbrados. —¿Cree que tendrá algún turno para mí?
—Bueno, aquí solo trabajo yo. Pero de vez en cuando necesito unas horas libres para citas médicas y cosas así. Aunque tendría que llevarse bien con nuestros clientes habituales.
—Puedo hacer eso —digo, sonriendo.
—Suelen quedarse un buen rato. Y aquí no les metemos prisa.
Somos un sitio acogedor. Les dejamos quedarse todo lo que quieran.
Teníamos una mujer que venía todos los días, durante horas.
Habría dicho que era nuestra mejor clienta, pero solo pedía una consumición cada vez.
Le gustaba sentarse junto a la ventana, mirando a la calle.
—¿Qué le pasó?
—Eso le iba a preguntar yo. Esa es otra razón por la que la reconozco. La he visto con ella. En la calle y aquí dentro también, una vez. Hace un tiempo. Antes de que dejara de venir.
Rebusco en mi cabeza de quién puede estar hablando.
—¿Se refiere a Paula? —pregunto.
—¿Paula? —La mujer da un paso atrás y me mira fijamente. Me siento incómoda y la manga del vestido me roza la cicatriz del brazo, haciéndola picar. —Ahora que lo pienso, no estoy segura de haber sabido nunca su nombre. Nos decíamos los buenos días, pero nunca nos presentamos... —Su voz se apaga.
—Paula es mi doula. Se ha mudado conmigo.
—¿Una doula?
—Algo así como una niñera, o una enfermera. Para ayudar con el cuidado de las bebés.
—Ah, claro. Eso lo explica. —Por un momento parece a punto de añadir algo, pero se contiene.
—Dele recuerdos de mi parte —dice. —Y déjeme su número de teléfono.
La llamo cuando necesite que me cubra en el local.
—Hace una pausa. —Le doy también el mío.
Estoy justo al otro lado de la calle. Así puede llamarme si necesita algo.
Me da una tarjeta de visita con el número de la cafetería y yo garabateo mi nombre y número en el reverso de uno de los folletos que hay junto a la caja.
—Le daré recuerdos a Paula —digo, esperando que añada algo más, que me cuente lo que estaba a punto de decir hace un momento.
Pero no lo hace. Solo sonríe.
Cuando me dirijo a la puerta, dice algo tan bajito que no estoy segura de haberlo oído bien.
—Tenga cuidado en esa casa —susurra.