La mujer en mi casa Capítulo 23
49%

Capítulo 23

Ian y yo nos miramos horrorizados, con los ojos clavados en la puerta que Paula acaba de cerrar con llave.

—¿De dónde ha sacado una llave? —me pregunta Ian.

—No tengo ni idea. Yo no le di ninguna. Ni siquiera sabía que esa puerta tenía llave.

—Tiene que irse, Katie. No puede encerrarse en una habitación de nuestra casa.

Las sienes me palpitan con el inicio de un dolor de cabeza.

Tiene razón. Ver a mamá antes me lo ha dejado claro.

Paula se ha adueñado de todo: ha colgado fotos suyas por la casa, ha tomado el control de la rutina de las gemelas y me ha abrumado con un torrente constante de consejos.

Está más unida a mis gemelas que yo. Antes la necesitaba, pero ahora se ha instalado completamente en mi vida y en la de mis niñas.

Es demasiado. Se suponía que esto iba a ser solo un arreglo temporal, pero ahora actúa como si la casa fuera suya.

—Ha llegado el momento de que seamos una familia nosotros cuatro, Katie —dice Ian en voz baja.

Asiento. Por muy útil que haya sido Paula, y por muy agradecida que le esté por su ayuda, nunca iba a quedarse para siempre. Y ahora me he vuelto demasiado dependiente de ella. Eso tiene que cambiar.

Le paso las gemelas a Ian y llamo a la puerta.

—¿Paula?

Sin respuesta.

—¿Paula? Tenemos que hablar.

Las gemelas empiezan a berrear. Un coro de exigencias: leche, cambio de pañal, mimos. Por un momento me dan náuseas. ¿Cómo nos las apañaremos solos?

Ian mece a las gemelas mientras se las lleva por el pasillo hasta nuestro dormitorio para cambiarles los pañales, dejándome a mí lidiar con Paula.

—¿Paula? —llamo de nuevo.

Oigo la llave girando en la cerradura y la puerta se abre.

—¿A qué ha venido eso? —dice furiosa al abrir.

—Ian ha arreglado el techo de la habitación de los invitados para ti. Íbamos a pedirte que te mudaras allí.

—Ya veo.

—Pero en realidad, Paula, no estoy segura de que esto esté funcionando.

—¿Te refieres a lo de Ian? Ya te dije que nunca deberías haberle dejado volver.

—No, me refiero a que creo que ya no necesitamos tu ayuda. Has sido completamente imprescindible para mí, pero creo que ha llegado el momento de que Ian y yo nos valgamos por nosotros mismos.

—¿Tú y Ian? —Se ríe. —No tienes ni la más remota idea de cómo cuidar a tus propias hijas.

Sus palabras me impactan como un puñetazo y me echo atrás atónita. Siempre ha sido tan comprensiva. Pero ahora me está tirando a la cara mis propias dudas sobre mí como madre.

—Ya le he cogido el ritmo —digo, con las mejillas enrojeciéndome por la verdad a medias. —E Ian parece haberlo pillado bastante rápido.

—Hmm... Todo muy bien mientras esté aquí. ¿No te preocupa que no se pusiera en contacto contigo durante toda una semana después de que nacieran las gemelas?

Me ruborizo, ojalá no me hubiera confiado a ella cuando Ian estaba fuera.

—No, en absoluto —digo. —Ya lo ha explicado. —He desterrado esos pensamientos al fondo de mi cabeza, centrándome en lo atento y cariñoso que ha sido desde que volvió. Pero ahora me sacude un destello de incertidumbre.

—¿Y cuál fue su explicación?

—Mis mensajes no le llegaron.

—¿Y te lo crees?

—Sí. Ahora que Ian ha vuelto y nos hemos instalado, necesitamos empezar nuestra vida con las gemelas de verdad. Solos.

—Entiendo. —Se aparta de mí y veo que está disgustada.

—De verdad que agradecemos todo lo que has hecho, en serio. No podría haberlo superado sola.

Me mira con severidad.

—Lo sé. Estabas hecha un lío después de que nacieran las gemelas.

—Te lo agradezco enormemente. No sé qué habría hecho sin ti.

—Y sin embargo no lo parece, ¿verdad? No parece que estés agradecida en absoluto. —Hace una pausa y me mira directamente a los ojos. —¿Cuándo quieres que me vaya?

—Ehhh... —Daba por hecho que se iría de inmediato. —Creemos que ahora podríamos arreglarnos solos. Claro que te pagaremos por todo el trabajo que has hecho. Y algo más también, en señal de agradecimiento.

—¿Entonces mañana? ¿O incluso hoy? Mira, si tuviéramos un contrato en condiciones, tendrías que darme un preaviso para rescindirlo. Pero no tenemos contrato, porque esto lo he hecho como un favor. Como una amiga.

—Puedo darte el preaviso —digo rápidamente. —¿Cuánto necesitarías?

—Normalmente es un mes —dice Paula. —Pero no te preocupes. Está claro que quieres que me vaya ahora.

—No es que queramos que te vayas, Paula. Es que queremos intentarlo solos. Y no podemos hacerlo con otra persona en casa. Necesitamos encontrar nuestro camino como familia.

—Lo entiendo. Pero en realidad son las niñas lo que me importa, las niñas por las que me preocupo.

Quiero a tus gemelas, de verdad. Y me preocuparía mucho por ellas si tú e Ian tuvieran que cuidarlas solos.

Hasta ahora no es que te hayas lucido precisamente.

Dependes completamente de mí para casi todos los cambios de pañal, la limpieza, la colada, para consolarlas, bañarlas.

—Fuiste tú quien insistió en hacerlo todo. —¿Por qué lo está tergiversando todo?

—Porque veía que tú no podías. He tenido muchas clientas, Katie. Pero todas ellas podrían haberse apañado solas ya. Excepto tú.

Noto cómo me invade la duda. Quizás tiene razón.

—Puedo aprender —digo. —Puedo cambiar. —Quiero ser una madre de verdad para mis gemelas.

—Buena suerte. —Paula escupe las palabras.

—Podemos seguir en contacto —digo, desesperada por calmar la situación. —Puedes venir cuando quieras a ver a las niñas si las echas de menos.

—Tendré otras clientas —dice Paula con brusquedad.

—Como quieras.

—Todo esto no suena a ti, Katie. ¿Te lo ha metido Ian en la cabeza?

—No, es lo que yo quiero también.

—Bien —dice, con la voz serena pero los ojos oscuros. —Si eso es lo que quieres, empezaré a hacer las maletas. Pero estás cometiendo un gran error. Estoy preocupada por ti. Cuando se trata de Ian, estás ocultando la cabeza debajo del ala. Y sabes que no puedes fiarte de él.

Dejo a Paula haciendo el equipaje y bajo las escaleras.

Necesito aire y un rato a solas. Meto a las gemelas a toda prisa en el cochecito y salgo de casa.

Mientras paseamos por las calles del barrio, la gente se para a mirar a las niñas, a decirme lo pequeñas y preciosas que son.

Me cuentan anécdotas de sus propios hijos a esa edad.

Me doy cuenta de que casi nunca tenemos tiempo las tres juntas.

Normalmente es Paula quien las saca a pasear.

He tenido miedo de cuidarlas sola, miedo de no estar a la altura, pero ahora siento ilusión junto al miedo.